34

80 12 1
                                        


La lluvia caía incesante sobre los terrenos de la Mansión Malfoy, creando charcos que reflejaban el cielo encapotado. Dentro, los ecos de una acalorada discusión aún resonaban en las paredes. Draco, con el rostro desencajado y el corazón latiendo con furia, salió precipitadamente de la mansión, ignorando los llamados de su madre.

La tormenta lo acompañaba mientras cruzaba los terrenos; cada charco y cada ráfaga de viento solo aumentaban su prisa por llegar. Antes de darse cuenta, estaba frente a la cálida luz de una casa.

La casa de Lovegood. La estructura excéntrica se alzaba en medio del paisaje lluvioso, emanando una calidez que contrastaba con el frío que lo envolvía.

A medida que se acercaba, cada detalle se volvía más nítido. La lluvia golpeaba con fuerza las ventanas, pero la luz dorada en su interior permanecía intacta. Fue entonces cuando su mirada se posó en un cartel de madera, torcido y gastado por el clima:

"Cuidado con las ciruelas dirigibles."

Por un instante, sus ojos hinchados sonrieron junto a sus labios. Se preguntaba ¿Como podía sonreír en un momento así?

A través de una ventana iluminada, pudo ver el interior acogedor. Luna y su padre, Xenophilius, compartían la cena. Las risas suaves y las miradas afectuosas entre ellos eran evidentes incluso desde la distancia. Sintió una punzada en el pecho al compararla con la lúgubre escena de espanto que él acababa de vivir.

Era tan distinto. La comparación era inevitable y cruel. En su casa, la Navidad siempre era un acto ensayado, una reunión de apariencias donde cada palabra debía medirse con precisión. Su padre no le dirigía más que miradas cargadas de juicio, su madre intentaba sostenerlo todo con frágiles sonrisas. Y él... él simplemente no encajaba.

Un nudo se formó en su garganta.

La lluvia y sus propias lágrimas se confundieron en su rostro. No lo pudo evitar, no importaba lo patético que se viera. Su boca se torció en un intento fallido de contenerse, pero su cuerpo hablaba por él. Se apoyó contra un árbol, dejando que la tormenta rugiera a su alrededor, cubriendo el temblor de sus manos.

Y entonces, un estruendo iluminó el cielo.

El relámpago bañó el jardín con su luz momentánea, y en la ventana, Luna giró la cabeza, como si lo hubiera sentido.

Draco se tensó.

El pánico lo atravesó y, sin pensarlo, se movió rápido, tropezando hasta el pequeño pasillo junto a la puerta. Se dejó caer al suelo, con la cabeza gacha y la lluvia escurriéndose de su cabello.

Todo lo que tocaba, lo arruinaba.

Había arruinado la cena con su familia. Había arruinado cualquier intento de complacer a su padre. Y ahora, con su sola presencia, sentía que incluso podría arruinar la cena de Luna.

Se llevó una mano al rostro, ocultándolo en la sombra del pasillo. Tal vez si se quedaba allí lo suficiente, la lluvia lavaría todo. O tal vez, simplemente lo haría desaparecer.

"Destino Perfumado"Donde viven las historias. Descúbrelo ahora