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Luna recogió la camisa mojada del suelo y la colocó con cuidado sobre el respaldo de la silla. El ruido del agua en el baño llenaba la habitación. No entendía del todo por qué Draco se había puesto tan nervioso. ¿Qué tenía de extraño un torso descubierto? Todos los cuerpos eran solo eso: huesos, piel y cicatrices que contaban historias. Nada de eso era indecoroso, a menos que uno quisiera creerlo.

Sin embargo, la imagen de él se quedó en su mente. Su piel tan pálida y suave, las gotas de agua resbalando por su clavícula... Luna sintió cómo sus propias mejillas se encendían. Una sensación cálida le subió por el pecho, y por un instante, deseó acercarse y rodearlo con los brazos, como si pudiera protegerlo.

Se quedó inmóvil, desconcertada por ese impulso. ¿Sería eso ser indecorosa?

Finalmente draco salio del baño, con el suéter tejido aun puesto y unos pantalones a cuadro mostaza que su padre tenia olvidado en el armario, sonrió al verlo, era una imagen rara pero a la vez familiar.

—Te ves bien.

Draco rodó los ojos, deseando tragarse entero el reflejo que imaginaba de sí mismo.

Pero se contuvo. Lo último que quería era arruinar la extraña calma que Luna le estaba regalando.

Ella se inclinó hacia el escritorio y sacó un pequeño frasco de cristal. El líquido dentro era espeso, de un verde claro que olía a menta y a tierra húmeda.

—Ven —dijo con naturalidad.

Él la miró con recelo.

—¿Qué es eso?

—Ungüento de murtlap. Cura cortes y raspones —respondió mientras se sentaba en la cama y palmeaba el sitio frente a ella. Sus ojos lo observaron sin apremio, pero con la misma calma imperturbable que siempre lo desarmaba.

Draco, todavía con el suéter y los pantalones ridículos, alzó la vista hacia el techo. Las figuras pintadas parecían burlarse de él desde arriba: Potter, Weasley, la sangre sucia de Granger, todos mirándolo como si fueran los dueños de un cielo al que él nunca pertenecería.

—De verdad...— murmuró con desdén —¿No te parece un poco... extraño dormir bajo la cara de Potter? Como si fuera un altar.

Luna parpadeó, sorprendida por el tono.

—No es un altar. Son mis amigos —

Draco bufó, cruzando los brazos.

—Tus amigos— repitió con ironía —Claro, porque Saint Potter nunca se equivoca, y todos lo aman, y hasta merece que le pinten un cielo entero. ¿De verdad quieres verlo antes de dormir cada noche?

Luna ladeó la cabeza, y por primera vez no sonrió.

—Prefiero ver a quienes me han hecho sentir acompañada, antes que recordar a los que solo me hicieron sentir pequeña— dijo, sin levantar la voz.

Las palabras le cayeron como un golpe. Draco abrió la boca para responder, pero no encontró qué decir. Sabía que hablaba de él, de la crueldad con la que la había tratado antes.

El silencio se volvió espeso. Luna, como si no quisiera quedarse en ese lugar oscuro, bajó la mirada hacia el pequeño frasco verde entre sus manos.

—Mejor será que curemos esa herida —murmuró, cambiando de tema con suavidad.

Draco se tensó, incómodo, pero terminó por dejarse guiar hacia la cama. Sus pies lo llevaron solos hasta ella. Se sentó torpemente, evitando mirarla de frente.

Luna hundió los dedos en el ungüento y lo acercó a su rostro. La primera caricia de la pomada contra la piel le arrancó un sobresalto; no tanto por el escozor, sino porque sus manos eran cálidas, cuidadosas.

Draco apretó los puños contra las rodillas. Sentía que cada roce no solo calmaba la herida, sino algo más profundo, algo que llevaba demasiado tiempo sangrando en silencio.

—¿Cómo pasó esto? —preguntó Luna, con voz baja.

Draco apartó la vista.

—No importa.

Ella no insistió. Solo siguió aplicando el ungüento, con la misma suavidad de quien acaricia un recuerdo. Ese silencio lo atravesó más que cualquier palabra.

Cuando terminó, sus dedos se demoraron un instante más en su mejilla, y Draco, contra todo instinto, inclinó apenas el rostro hacia esa caricia.

Un nudo se le formó en la garganta. Quiso decir algo, una broma seca, cualquier cosa que lo protegiera... pero lo único que salió fue un murmullo torpe:

—Gracias.

Luna sonrió, como si ese "gracias" fuera mucho más de lo que aparentaba. Levanto la mano para aplicarle mas ungüento, Draco con la mirada al suelo sentía que su cara ardía, no solo porque había abierto la boca hace unos segundos, reclamando algo que no le correspondía, si no por la suavidad de los dedos de luna recorriendo su mejilla.

No pudo más. Alzó el brazo y atrapó con firmeza la muñeca de ella. No para detenerla, sino para sostenerse. Luna se quedó quieta, sorprendida, con los labios entreabiertos, y fue entonces cuando él la miró. Sus ojos grises, agitados como una tormenta en mar abierto, buscaron apresar los azules redondos y brillantes de ella.

—No entiendo por qué me dejas estar aquí...— susurró Draco, tragando con dificultad —Pensé que... que ya no te importaba.

Luna alzó la vista y descubrió en él una vulnerabilidad nueva, una grieta que jamás había visto en aquel muchacho acostumbrado a enmascarar todo con orgullo o desdén. Siempre había creído saber leer a las personas, aunque con él se había equivocado más de una vez. ¿Y si volvía a hacerlo ahora?

—Es porque me importas, que me alejé— murmuró con franqueza, dejando que su palma descansara en su rostro, como si quisiera recordarle que no estaba solo —Pero te lamentaste como un Augurey en la tormenta, y supuse que debía significar algo.

—Solo a ti se te ocurriría compararme con un pájaro que se pasa el día llorando... — murmuró, aunque sin la fuerza para apartar la mano de su rostro.

La miró con mayor intensidad, arqueando una ceja, intentando descifrarla; aun así, sintió que cada palabra quedaba grabada a fuego en su interior.

Una de sus manos seguía sosteniendo el brazo de ella, la otra se hundía en el colchón, tensando la tela bajo sus dedos. Se inclinó despacio, los labios apretados, el rostro ardiendo. Ella no se movió; sus ojos grandes lo observaban sin pestañear, con la misma fascinación de quien contempla a una criatura extraña que teme espantar con el más mínimo gesto.

Draco se detuvo a un palmo de su rostro, el corazón golpeando tan fuerte que parecía querer escapar. Podría hundirse allí mismo, en ese instante suspendido con ella, pero la inseguridad lo carcomía. No quería asustarla, ni perderla otra vez, ni prometer nada que no pudiera cumplir. Solo quería... solo quería estar cerca.

Se quedó anonadado, atrapado en la visión de ella. Sus pestañas parecían aún más largas bajo la luz tenue, sus mejillas estaban encendidas, y sus labios, apenas entreabiertos, tenían el color suave de un pétalo. Draco apretó los dientes: ninguna señal también era una señal, se dijo.

Entonces se inclinó un poco más y la besó. Al hacerlo, deslizó las manos hasta enmarcar su rostro, necesitaba sentir que no se había escapado. El vértigo en su pecho se volvió casi insoportable cuando descubrió, con incredulidad, que ella también lo estaba besando.

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⏰ Última actualización: Feb 15 ⏰

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