El viento azotaba las ventanas de la Mansión con furia, y la lluvia repiqueteaba contra los cristales como si buscara una entrada. En la sala de estar, la chimenea crepitaba, pero el fuego no lograba disipar el frío que se cernía sobre la familia.
Draco estaba sentado en un sillón de cuero, las piernas cruzadas, el rostro inescrutable. Narcisa contemplaba las llamas, con la mirada perdida. Lucius, por su parte, hojeaba un libro con desinterés, un vaso de whisky de fuego entre sus dedos.
El silencio era casi un cuarto miembro de la familia. Un elfo doméstico entró con una botella nueva y, al servir, un par de gotas de licor se derramaron sobre la alfombra. Un error insignificante. Pero no para Lucius.
—Torpe e inútil —espetó con voz afilada.
El elfo se encogió, murmurando disculpas apresuradas, pero antes de que pudiera retroceder, Lucius levantó la pierna y le propinó una patada seca en las costillas. El pequeño cuerpo se desplomó con un gemido ahogado antes de desaparecer con un chasquido.
Draco no reaccionó de inmediato, pero su mandíbula se tensó y su labio superior se crispó apenas en una mueca de asco. No era la primera vez que veía algo así. No sería la última.
Un trueno retumbó en el cielo, como si la tormenta se burlara de su silencio.
Draco giró apenas la cabeza hacia su madre y, en voz baja, susurró:
—Madre, ¿podemos hablar de nuevo sobre el compromiso?
Narcisa no apartó la vista del fuego, como si no lo hubiera oído. Pero Lucius sí.
—¿Y por qué deberíamos hacerlo? —inquirió, sin molestarse en levantar la mirada del libro.
Draco exhaló con discreción, reuniendo paciencia.
—Con respeto, padre, quisiera hablar de esto con mi madre. A solas.
Lucius cerró el libro con un golpe seco.
—No veo por qué deberíamos concederte tal privilegio.
Draco enderezó los hombros y apretó los puños sobre los apoyabrazos del sillón. Su mirada seguía fija en su madre.
—Madre —su voz se volvió apenas un murmullo —¿podemos hablar en privado?
El silencio se extendió. Narcisa parpadeó lentamente, y por un instante, Draco pensó que accedería. Pero su espalda siguió rígida, y cuando habló, su tono era vacío.
—No, Draco.
Un trueno estalló afuera, iluminando por un segundo el rostro impasible de su madre. Draco sintió la rabia bullir en su estómago. Claro. Siempre igual. Siempre de su lado.
No lo mostró. Su expresión siguió intacta, aunque su pecho ardía. Su madre ni siquiera lo miraba.
—Ah, Draco... —murmuró Lucius, con esa arrogante satisfacción suya —Te comportas como un niño que no entiende cómo funciona el mundo.
Draco cerró los ojos un instante.
—Si no eres capaz de soportar una simple conversación —continuó su padre, con una pausa medida —tal vez tampoco estés listo para ser el heredero de esta familia.
Draco sintió la sangre congelarse en sus venas. Sus dedos se crisparon en el cuero del sillón. Y, por primera vez en su vida, sintió el impulso de gritar. El menor de sus deseos en este momento era ser el heredero de ese espectáculo tan lúgubre al que llamaban familia.
Pero no lo hizo.
No le daría ese placer a su padre.
Lucius se acomodó en su sillón con la satisfacción de quien acaba de aplastar un insecto.
—Siempre fuiste un niño caprichoso, Draco —dijo, con el mismo tono condescendiente de toda su vida —Pensé que, a tu edad, habrías aprendido a aceptar tu lugar.
La ira subió dentro de Draco.
—¿Mi lugar?— su propia voz le sonó extraña, baja pero cargada de veneno —¿Y cuál es mi lugar, padre? ¿El de un simple peón en tus juegos políticos? ¿El de otro nombre más en tu interminable lista de alianzas y estrategias?
Lucius no se inmutó.
—Tu lugar es el que yo decida.
Draco se puso de pie de golpe.
—No soy un objeto que puedas mover a tu antojo.
Su padre lo miró con algo similar al aburrimiento.
—Eres lo que yo diga que eres.
El joven Malfoy no podía sentir mas que ira. Durante toda su vida había soportado esa mirada despectiva, esa superioridad absoluta, ese control disfrazado de crianza.
Esta vez, no iba a callarse.
—¿Sabes qué, padre? — Dejó caer la formalidad con intención —No me extraña que hayas sido el perro faldero del Señor Tenebroso— Sus ojos, encendidos por la furia, se clavaban en los de su padre —Es lo único que sabes hacer: inclinarte ante quien tenga más poder que tú— Escupió, sus hombros temblaban, su respiración era errática. Pero no apartó la mirada ni un segundo.
La bofetada fue inmediata.
El ruido seco resonó en toda la sala. Narcisa se puso de pie rápidamente; un susurro ahogado escapó de sus labios.
El impacto hizo que la cabeza de Draco se girara con violencia, un ardor punzante extendiéndose por su mejilla.
Lucius se quedó de pie, su expresión más dura que nunca.
—Ten cuidado con lo que dices, muchacho — Con un cuidado medido, levantó el mentón de Draco, obligándolo a mirarlo a los ojos. —No estás por encima de esta familia. No estás por encima de mí.
Draco respiró hondo. El aire le quemó los pulmones.
Miró a Narcisa. Tenia la mirada fija en un punto vacío evitando sus ojos, se veía inquieta pero, ella no hizo nada. Ni siquiera parpadeó.
Por supuesto que no.
Draco sintió algo recorrerle la piel. Una revelación amarga.
No hay nada para mí aquí
Dio un paso atrás.
—No te preocupes, padre— su voz fue fría —No volveré a decir nada inconveniente.
Lucius asintió.
Draco lo miró una última vez, luego a su madre.
Y sin decir más, salió de la habitación.
Pero no se detuvo ahí.
Esa noche, mientras la tormenta rugía afuera, Draco Malfoy cruzó las puertas de la Mansión y desapareció en la oscuridad, buscando en ella escapar por lo menos un segundo de su realidad.
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"Destino Perfumado"
FanfictionLuna Lovegood siente una extraña y atrayente sensación cuando está cerca de Draco Malfoy, un misterio que no descansará hasta desentrañar. Decidida a descubrir por qué tiene ese efecto sobre ella..☪️🐍
