35. Gracias...

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La lluvia había cesado, pero el suelo del jardín seguía empapado. Draco estaba sentado al lado de la puerta de entrada, el rostro hundido en las piernas y el cabello pegado a la frente por el agua. Sus hombros temblaban levemente, y el frío de la noche calaba hasta los huesos.

—Draco— susurró una voz detrás de él, suave, cautelosa —Draco...

Alzó la vista apenas un instante y vio a Luna agachada frente a él, su cabello plateado le rozaba los hombros. No dijo nada. Se odiaba por haber llegado hasta su puerta, desesperado por un poco de calor... y aun así, ahí estaba, esperando que ella pudiera brindárselo. Permaneció inmóvil, atrapado entre la vergüenza y el alivio.

—Lo siento —murmuró finalmente, con voz baja, apenas audible —No quise arruinar tu cena.

Luna frunció ligeramente el ceño, confusa por la incomodidad que emanaba de él. Apoyó una mano en su hombro. Él no levantó la mirada.

—No arruinaste nada— dijo ella, con tranquilidad —Puedes pasar si lo deseas. Mi padre nunca ha sido mezquino con la comida.

Él apretó más el rostro contra sus rodillas, sintiéndose patético. —Lo último que quiero es conocer a tu padre en este estado.—

Ella frunció el ceño y, con una paciencia que lo desconcertó, deslizó los dedos por su cabello mojado hasta obligarlo a levantar un poco la cara. Solo entonces la vio notar su mejilla enrojecida, el leve rasguño que aún sangraba.

El recuerdo lo golpeó de inmediato: el anillo frío de su padre, hiriéndolo al mismo tiempo que la bofetada. Ni siquiera el dolor físico había sido lo peor, sino la humillación que lo atravesó como un cuchillo.

Luna, sin decir nada, rozó con el pulgar la herida, apenas un gesto, y Draco casi odió cuánto lo reconfortaba. Se sintió como un cachorro abandonado recibiendo la lástima de alguien... y, aun así, no logró apartarse.

—Puedes subir —susurró, señalando hacia la ventana verde —Es mi habitación. Subiré después de cenar.

Él apenas asintió, incapaz de sostenerle la mirada.

—Te veo arriba —añadió Luna, antes de desaparecer tras la puerta.

El ascenso por la pared fue torpe. La piedra estaba húmeda y cada movimiento lo hacía sentirse más ridículo. Se preguntó qué clase de excusas estaría inventando Luna para justificar los ruidos torpes que él estaba causando. Cuando al fin logró asomarse por la ventana verde, algo lo detuvo. Bajó la cabeza y se sintió como lo peor: apenas ella le había dado la confianza de hablar con él de nuevo y ya estaba trepando su casa para colarse en su habitación.

"Cretino."

No le importaba serlo la mayor parte del tiempo, pero con Luna... con ella no quería repetir la misma historia. Suspiró, notando el calor subirle al rostro. Claro que no haría nada estúpido. Solo quería estar con ella. Si Luna no lo hubiera querido allí, seguro se lo habría hecho saber. Entonces, entró.

Cuando aterrizó en el suelo, el aroma a lavanda y chicle lo envolvió por completo, y su rostro se tiñó de un rojo azafrán. Se cubrió la cara con una mano, consciente al fin de lo que estaba haciendo... y de lo que estaba pensando. Luna era tan pura, tan inocente, y aun así había aceptado a una serpiente como él en su dormitorio. Suspiró, recordando lo que lo había llevado hasta allí: apenas había posado un dedo en su mejilla, y la herida le hardio. Tan buena era ella, que lo había dejado entrar sin siquiera preguntarle qué había pasado, sin cuestionar por qué buscaba refugio después de todo lo que había hecho.

Levantó la mirada y el pecho se le estrujó. Las paredes estaban cubiertas de dibujos pintados a mano. Sabía que era talentosa, pero esto... esto lo sorprendió. Pasó la mano por una de las figuras, avanzando despacio, rodeando de objetos que jamás había visto. No podía decir si tenían algún propósito o si simplemente estaban allí porque encajaban con ella. Sonrió, casi sin querer, hasta que un pequeño cuadro captó su atención. Lo levantó con cuidado. En la foto, una mujer de cabello dorado alzaba entre sus brazos a una niña pálida, de ojos redondos, ambas sonriendo.

"Destino Perfumado"Donde viven las historias. Descúbrelo ahora