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Querida Luna,

¡Feliz Navidad para ti y tu padre! Mi madre envió regalos junto con esta carta, y espero que lo disfrutes más que nosotros, sus desafortunados hijos, que estamos condenados a recibirlo cada año: su famoso suéter tejido. Tal vez no sea el más bonito, pero al menos es cálido, ¿no crees?

Para ser sincera, está un poco aburrido aquí sin ti. Habría sido divertido que tú y Harry pasaran la Navidad en la Madriguera, pero al menos tengo a Hermione para distraerme de mis bobos hermanos. Deberías venir un día de estos, seguro que mamá estaría encantada.

Con cariño,

Ginny

Una sonrisa cálida se dibujó en su rostro. Aun sin poder evitarlo, Luna se preguntó si Draco la estaría pasando tan bien como ella y los demás.

—Luna, mi pequeña, ven, estoy por servir la cena.

La voz de su padre la devolvió a la realidad. Guardó la carta con cuidado y bajó a la cocina, donde el aire estaba impregnado con el dulce aroma de especias, manzanas horneadas y algo que olía sospechosamente a musgo. Al pasar por la sala, se detuvo un momento para admirar el gran árbol de Navidad que su padre había decorado. Entre las ramas, pequeños gnomos mordisqueaban las cintas doradas. Antes, su padre solía fumigarlos sin piedad, pero Luna siempre los había considerado especiales, más que una simple plaga, y con el tiempo, la residencia Lovegood había acabado infestada de ellos.

Con la ligereza de quien ha crecido en un hogar donde lo inusual es la norma, se dirigió a la mesa y comenzó a acomodar los platos y cubiertos, solo dos, como siempre. Todo en par. Desde que tenía memoria, habían sido solo ellos dos, pero nunca sintió que faltara algo. El amor de su padre era un escudo contra la soledad, incluso contra esa sensación persistente que a veces la acompañaba en Hogwarts.

Sobre la mesa los esperaba un festín al más puro estilo Lovegood: pavo asado con relleno de setas silvestres, patatas doradas con un toque de miel de abejorro, coles de Bruselas encantadas para girar en el plato hasta que el comensal las atrapara con el tenedor, y un enorme pastel de calabaza con estrellas de canela flotando sobre él como si fueran luciérnagas.

—¿Cómo estuvo tu día, Luna? —preguntó Xenophilius, sirviéndole una generosa porción de pavo.

—Fue bonito, papá. Me llegó una carta de Ginny, nos desea una feliz Navidad.

—Ah, Ginny Weasley... Siempre me ha parecido que esa familia tiene una energía particular. Debe ser el color de su cabello —murmuró con una sonrisa.

Luna rió suavemente, pero su mente se desvió por un momento. No podía evitar preguntarse qué estaría haciendo Draco en ese momento. ¿Estaría disfrutando su cena como ella? ¿O acaso...?

Se quedó en silencio, mirando la tormenta que cernía por la ventana. Algo en su interior se sintió extraño, como un leve tirón en el pecho.

Luna entrecerró los ojos, tratando de concentrarse en lo que veía más allá de la ventana, como si algo estuviera pidiendo su atención. La tormenta rugía con fuerza, truenos retumbando por toda la casa. Un parpadeo de luz iluminó brevemente el jardín, y en ese fugaz destello, creyó ver una silueta alta. Sus ojos, de un inconfundible plata azulado, se abrieron con fuerza. El corazón le dio un vuelco, y sin pensar, soltó el tenedor que aún sostenía, dejando que éste cayera con un ruido sordo sobre el mantel.

Se levantó con rapidez, sintiendo cómo el aire frío de la tormenta se filtraba en sus pulmones a medida que avanzaba hacia la puerta. Su mente no dejaba de repetir una y otra vez una sola palabra: Draco. Sin embargo, la duda también la perseguía, porque, ¿qué haría él allí, a esa hora, en medio de la tormenta?

Al abrir la puerta con prisa, un viento helado la recibió, agitando su cabello y el vestido azul que llevaba puesto. Miró hacia el jardín, sus ojos recorrieron con rapidez cada rincón, buscando la silueta, pero... no había nada.

la tormenta comenzaba a disiparse, sin nada ni nadie que pudiera haber sido el reflejo de sus pensamientos.

Respiró hondo. Qué absurdo, pensó. A lo lejos, las luces de la tormenta se apagaron, y el silencio volvió a instaurarse.

—Cariño, ¿pasa algo? ¿Quieres que las coles giren más rápido? —preguntó su padre, sin levantar demasiado la vista de su plato.

Luna parpadeó, como si saliera de un trance.

—Lo siento... —empezó a decir, pero un sonido interrumpió sus pensamientos.

Fue un ruido sutil, apenas un murmullo entre la ventisca. Algo que podría haber sido solo el viento arrastrando las hojas...

Se giró hacia la puerta nuevamente, la inquietud anidándose en su pecho.

—¿Puedes empezar sin mí? Olvidé algo en el jardín —dijo con calma, aunque su voz llevaba un matiz extraño.

Xenophilius le sonrió y tomó su taza de té con parsimonia.

—Te espero, cariño. Aveces los asuntos en el jardín son prioridad. ¿No?

Luna le devolvió la sonrisa antes de salir al exterior y cerrar la puerta tras de sí.

El frío la envolvió al instante. La brisa helada le revolvió el cabello y agitó el dobladillo de su vestido.

Dio un paso hacia adelante, sintiendo la escarcha crujir bajo sus pies. La tormenta se había disipado en parte, pero la sensación de que algo —o alguien—había estado allí no la abandonaba.

Y entonces, apenas audible, dejó escapar un susurro que el viento casi se llevó:

—Draco... 

"Destino Perfumado"Donde viven las historias. Descúbrelo ahora