Había una vez, una princesa pelirroja prisionera en un armario debajo de la escalera.
La princesa vivía en un castillo que no era suyo. Con un sufrimiento que no debería. Hasta que un día, un semigigante apareció en la puerta de este, tiñendo su des...
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Dragones, dragones y más dragones
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LA gran Mansión Grindelwald se alzaba ante Lilith, completamente imponente. Aislada en su propio dominio, parecía asemejarse más al castillo de un antiguo rey alejado que a algo conocido por el ojo humano. Su silueta dominaba el horizonte con una magnificencia irreal: gigantescas torres de piedra negra se alzaban al cielo, unidas por balcones de mármol. Las columnas sostenían amplios pórticos adornados con leyendas.
Frente a la puerta, se extendían enormes jardines que le daban al lugar un toque majestuoso. A ambos lados de la escalinata se encontraban dos dragones, como fieles guardianes de la familia. Y, esperándola ahí, estaba él.
Ryan parecía molesto a medida que se acercaba. O bueno, más serio de lo que era con ella. Al verla, su rostro pareció iluminarse. Su sonrisa no se hizo esperar y, en solo dos pasos, ya se encontraba junto a ella.
-Ahí estás -dijo-. Te habías tardado.
-Hubo un problema con el carruaje -explicó, tomando sus brazos como si fuera algo natural.
-Harry ya se fue -le avisó, guía sola hacia dentro-. Estuvo esperando mucho, pero debería ir a casa de Ron.