http://youtu.be/8sgycukafqQ
Hablando conmigo misma.
Nunca lo habría imaginado, lo poco que me conozco, lo poco que sé del mundo, los escasos sentimientos desesperados, presas de un remolino de orgullo que no hace más que estar en la infinidad vacía de mi ser, ser.
Una palabra muy poco adecuada para mi existencia que, asumo con pena, ya no era humana, un humano siente, razona, vive.
A través de estas últimas horas he sido plenamente consciente del continuo estado de deterioro en mi alma y mente, desde aquellas tiernas lágrimas que me retenían al borde de mí, tomando la profunda decisión de muerte o convicción; pasando por aquellas miradas perdidas de un avanzado estado de vigilia y alegría dormida que, con torpes tropezones caía por los pasillos de la vida, sin juicio ni palabra, hasta finalmente llegar a ese enojo ciego, carente de oídos y con un corazón extirpado, que sostenía sobre un pie descalzo flotando entre la amargura y el tentativo olvido.
Pero ahora no había tiempo para esas cosas, mis muñecas me dolían después de ser apretadas durante tanto tiempo por las esposas de policía que me mantenían encadenada a la mesa, reprimí una macabra sonrisa de triunfo cuando uno de los oficiales que me había retenido llegó para liberarme, no podía haber pruebas que me condenaran de manera tan precipitada.
Las lágrimas caían frescas hasta la comisura de mis labios, donde su salado sabor no dudaba en hacerme saborear la falsedad de mi tristeza.
Aquella mañana habían encontrado el cuerpo de Lucas.
¿De verdad era falsa mi tristeza? Quiero decir, yo lo amaba, pero me traicionó de esa manera, ¿En verdad puede alguien amar a quien tanto daño le ha causado?
Pero que tonta soy, eso es el amor, tener ese extraño sentimiento a pesar de todo, no me causó ninguna felicidad haber terminado con su cálido pulso y apagar el brillo púrpura de sus ojos en los que me veía reflejada con cariño, aquellos días en los que aún era humana.
Ahora, solo soy un monstruo, que se la pasa de aquí para allá imitando con deseo aquello que alguna vez fui.
Respiré el aire fresco de la tarde al salir de la comisaría, tomé mi celular y llamé a Sam.
-Hey, ¿Dónde estás?- preguntó al contestar.
-Acabo de salir, ¿Tú dónde estás?-pregunté volteando a los lados en busca de mi amado.
-Creo que puedo verte- dijo pero al voltear y encontrarme con su mirada, sólo encontré una mueca de horror plasmada como una antigua pintura desgarrada por el tiempo- ¡Elinor!- alcancé a escucharlo gritar, todo fue tan rápido, pero ahora lo siento como si hubiera pasado en cámara lenta, la opresión contra mi nariz y boca, aquel fuerte aroma y el mareo que me introdujo a un profundo sueño.
-No de nuevo.-Pensé.-
Vaya inutilidad de justicia, estaba a menos de una cuadra de la comisaría y ya he sido secuestrada, de verdad es algo que pone mi sangre a hervir en fuego lento.
Los sueños que tenía eran felices, satisfactorios, sueños de lo que hubiera pasado si nada hubiera pasado. Reinventar la historia con una tinta más colorida y a mano suave, vivir como cualquier persona que haya conocido, tan libres del mal y del pecado que nos arrastró hacía aquellos precipicios desolados donde almas desesperadas refugian sus demonios en el mayor festín de hambre que pueda haber.
Poco a poco recuperé la conciencia, primero con un sonido hueco y distante, después el hormigueo de mis extremidades comenzaba a tomar fuerza hasta sentirme atada a una clase de asiento, el olor era terrible, putrefacto y siniestramente familiar, aún así me encontraba ciega en ese extraño y desconocido sitio, ante esa triste y ya conocida circunstancia que tan harta me tenía desde hace años.
Había algo sobre mi cabeza, quizá un costal mohoso que desprendía ese aroma a sangre, sudor y fétida humedad, la carencia de oxígeno, debido a la gruesa tela, comenzaba a causarme una asfixiante sensación de claustrofobia, acompañada de un calor sofocante que ahogaba mis pulmones y mareaba mi mente.
Cuando finalmente me quitaron ese repugnante harapo quedé vislumbrada por la triste luz cálida de un foco que colgaba en el roído techo de cemento, por fortuna me acostumbre rápidamente a ver una vez más. Pasé mi vista por el malogrado lugar en el que me encontraba cautiva.
Fue ahí cuando deseé no estar viva, fue ahí cuando anhele que alguien me golpeara en la cabeza con tanta fuerza que me borrara de este mundo. Nada pasó.
Entre tantas cajas y bultos voluminosos que propinaban unas terroríficas sombras al lugar, pude reconocer aquel cuarto en el que había estado cautiva por meses, aquel recinto de mis últimos recuerdos con Rin, cuya alma podría decir que veo aún paseándose con una frívola mirada puesta en mi, aquella que tenía cuando murió justo en donde yo me encontraba atada firmemente a la locura.
Casi podía escuchar el rechinar de la cuerda que sujetaba su cuello, meciéndose al ritmo del crujir de sus dientes bajo el peso de una cabeza sin mente.
Un reflector iluminó de sorpresa por encima de mi cabeza.
-¿Pero qué?- susurré encogiéndome, traté de moverme, cosa que resultó plenamente inútil pues la soga que ataba a mis manos era terriblemente gruesa, aun así continué moviendo mis manos en un desesperado intento de aflojar el nudo, mi mente al fin empezaba a despertar.
-Que bueno que te tengo una vez más, no había podido estar tranquilo pensando en qué haría si algo te hubiese pasado.- aquella voz sin cuerpo visible me hizo estremecer, no por qué fuera aterradora, más bien por lo increíblemente conocida que me resultaba, me hacía sentir protegida y al mismo tiempo en un peligro atroz, una combinación de buenos recuerdos y ganas de vomitar de desprecio.-Has sido muy mala.- dijo en un suspiro.
-¿Quién eres? ¿Qué te importa a ti lo que haga o que me pase?- no sé de dónde saqué aquel torpe valor que me hacía responder con convicción.
-Claro que me importa, no quiero que dañen mis cosas.- esta respuesta me confundió, escuché su profunda risa desde una oscura sombra donde una figura de apariencia humana se movía. Seguí forcejeando con el nudo, hasta que pude tantearlo, agradecí a mi padre en mis pensamientos por haberme enseñado todo lo que sabía de nudos. La ira me venció, no hice más que escupir a aquella oscura imagen. Pude ver su mano pasar por su rostro.-Vaya, no tienes respetos por tus amigos, ¿Eh?- su voz sonó profunda, más tenue y grave con un enorme toque de sarcasmo y cinismo.
-Tú no eres mi amigo.- dije entre dientes.
Una vez más, rió a carcajadas.
-¿Segura?- dio un pasó fuera de la sombra que lo protegía como una fiera capucha nocturna, mi corazón murió al ver aquella tétrica máscara que tan mal había hecho, pero mi cara verdaderamente se desfiguró de horror y sorpresa cuando el sujeto tomó aquel oscuro artefacto dejando ver sus marcadas facciones, su cabello rubio, sus ojos claros, su tez blanca.
-¿A...Alan?- titubee en el abismo de culpa, los ojos de Lucas aparecieron en mi mente, sus palabras, su frío recuerdo me atormentó al caer en cuenta, ¡Lo había matado a sangre fría! Solo había sido una víctima más en mi charco de sangre.
-¿Sorprendida?- sonrío con ironía, yo quedé atónita, mirando el piso con mi boca abierta.- ¡Por favor Els! Sabía que tarde o temprano rastrearías mi celular, no me fue difícil plantarlo en la casa de Lucas, así mataba dos pájaros de un tiro- volvió a reír.
-¿Qué tenía que ver él con todo esto? ¿Y Janice?- le grité presa del llanto.
-Pues si no hubiera sido por qué el idiota casi te atropella, no habrías escapado, tenía que llamar a una ambulancia ¡Claro que si! Pudo haber seguido de largo, pero no, así lo quiso él, Janice comenzó a meterse mucho en mis asuntos, cosa que odio, así no podrían sospechar de mi, por lo cual también pude librarme cuando encontraron marcas de mis manos y ADN por tu cuerpo.- No podía procesar la información, Lucas estuvo cuidándome todo este tiempo, en verdad me amaba y Janice solo empezaba a sospechar, una víctima.- Por cierto, Lucas quería darte esto.- dijo él aventando una caja, que al caer contra el suelo se abrió revelando un precioso anillo. Pasé saliva como si me fuera la vida en ello.- Salió del país solo para conseguirlo, vaya tonto.- No salía del shock emocional cuando Alan sacó un revólver y me apuntó a la cabeza.
-Ahora vas tú- dijo.
En cuanto sentí la cuerda caer me abalancé sobre Alan, el arma disparo cerca de mi oído dejándome sorda del lado derecho, caímos enfurecidos al suelo forcejeando por nuestras vidas, quería matarle más que nada en este mundo. El arma cayó, me liberé de los golpes que Alan me propinaba con desesperación, tomé el revólver y me levanté, quizá demasiado rápido, por qué tuve que encorvarme presa del dolor, aun así, fui capaz de apuntarle a Alan quien me miraba con locura y satisfacción, sostenía sus manos extendidas a los lados de su cabeza.
-Felicidades, ahora eres como yo.- dijo.
-¡Yo no soy como tú!- Grité partida a la mitad, veía a mi amigo, pero no era capaz de encontrarlo.
-¿Sientes remordimiento? Eres una asesina, te has manchado las manos tú sola.- tenía razón. Abrí de lleno mis ojos, cataratas tristes del mar.
-¡Tú me hiciste esto! ¡Mataste a Rin! Lo hice por ella.- el arma en mi mano comenzó a temblar.
-¿Qué diría si supiera que la usas como pretexto para tu enfermizo pasatiempo? No eran hermanas cercanas de todas formas, siempre te quejabas de ella.- mis ojos se perdieron en el infinito.
-Ella no era mi hermana imbécil.- la tristeza me invadió, Alan parecía confundido.
-¿Entonces por qué tanta importancia?-mi mano quedo firme, me enderecé con una mirada fría, lo miré a los ojos con odio.
-Ella era mi madre.- lo último que vi al jalar del gatillo fueron los ojos de Alan al abrirse antes de que la sangre comenzará a recorrerlos en una marcha fúnebre, como un río tranquilo.
¿Era yo como él? La pregunta era en vano, bien sabía la respuesta, me quedé pérdida por un momento, hasta que unos fuertes golpeteos en la puerta distrajeron mi atención.
La puerta cayó con estrépito, Sam atravesó el marco y miró la escena con horror, luego me miró y corrió para abrazarme.
-Y..yo los maté.- dije con un hilo de voz. Pude sentir los músculos de Sam tensarse por unos breves segundos.
-Tranquila, ya pasó, todo estará bien.- sentí su mano acariciar mi cabello, me dolía, a pesar de todo aquello el seguía ahí.
-Vete.- dije con voz más firme.
-No Els, te lo dije, siempre estaré contigo.- traté de soltarme de su agarre.
-Vete.- sollocé una vez más.
-¡No lo haré Elinor! ¡Te amo sin importar nada!- la verdad que vi en sus ojos me dejó en claro lo que debía hacer.
Los ojos de Sam perdieron su brillo, entre abrió su boca donde la sangre comenzó a brotar, cayó en mis brazos luchando por respirar.
Me incliné con él para darle un beso, el beso, nuestro beso, quería decirle lo mucho que lo amaba, aliviar su dolor con el compás de nuestros danzantes labios que despertaron en mi aquel amor dormido que creí jamás volver a sentir.
-Es tuya, eres padre.- confesé al separarnos.- esta viva, con Sandra, hice la prueba, tú eres su padre.- sonreí a través de las lágrimas.- Te veo del otro lado.- Revisé el revólver.
-Elinor, no.- dijo Sam con las pocas fuerzas que le quedaban.- Aún podemos tener una vida juntos.-Pude distinguir en sus ojos un brillo de felicidad, me levanté y le apunté.
-Te amo.- el disparo atravesó su frente. Nuestra vida juntos no sería esta.
Besé sus labios una una vez más.
Salí del lugar y miré a la luna por detrás de las grises nubes que dejaban caer una terrible lluvia la cual había apenas comenzado, me detuve y cerré los ojos mirando al cielo, dejando a la lluvia enjuagar la sangre de mi rostro.
No seré como él.
Llevé la pistola a mi cien y jalé del gatillo, no escuché nada.
No sentí nada.
ESTÁS LEYENDO
La RED
Mistério / Suspense¿Qué se siente sufrir? ¿Qué se siente luchar? ¿Qué se siente estar entre ellos? ¿Qué se siente ganar? ¿Qué se siente volverse uno de ellos? ¿Crees conocer a tus amigos?
