25. Perdiendo el control

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Cuando el cielo se abra en llamas no estaré para verte arder, lo siento, pero esta vez te venderé al diablo, necesitas la marca del fuego sobre tu piel, y aprender que en esta vida no hay nada que tarde o temprano no se pague con la sangre.

El soplido del viento, frio y cortante quebrando la tez de su rostro, abrasándole como las llamas del fuego que se morían en su interior, ahogadas por la falta de oxígeno que producía su radiante corazón.

Ante ella; un boquete sin fondo. Dios sabe dónde iba a parar.

Que irónico no temer caer sabiendo que alomejor, tras ese túnel parecido a la muerte misma, no había nada más que vacío o una plancha de cemento que le arrebatara la vida de un soplido.

––Salta–– Le pidió el robusto hombre. Martina dio un paso al frente, y seguidamente, como si se tratara de un mísero robot, simplemente, saltó. Sus ojos se abrieron con sorpresa al sentir aquel chute de adrenalina inyectada en vena como si una droga se tratara. Unos segundos de caída le hizo entender la ley de la gravedad tras años de estudio sin comprenderla; un cuerpo pesado o muerto caerá más rápido que un elemento con poco peso y débil masa.

Giró sobre sí misma en el aire, agitando prácticamente todas las extremidades de su cuerpo mientras sentía su corazón palpitar nuevamente a gran velocidad –que agradable sentir estar vivo. Lástima es seguir con vida y sentirte muerto– Sus ojos se cerraron, y tras escasos milésimas de segundo, sus manos se aferraron con fuerza a una cuerda elástica que la sostenía a varios metros de distancia del suelo. Su cuerpo se mecía, arriba y abajo mientras sus pupilas no tardaban en acostumbrarse a la tenue luz del lugar.

Un silencio estremecedor e inquietante le hizo caer en la duda de si estaba muerta.

––Buen aterrizaje––Comento alguien acompasado por unos aplausos lentos.

El pecho de Martina subía y bajaba alteradamente. Se incorporó un poco, girando sobre su propio torso para buscar a la persona de quien procedía aquella voz. Ante ella, docenas de siluetas alumbradas por la tenue luz que desprendía los farolillos la contemplaban con detenimiento, atentamente.

«Me siento desnuda» Pensó y seguidamente se fijó en una joven dama de cabello rubio que le llegaba hasta el pecho, con una mitad rapada. Sus ojos eran tan negros como el carbón y su sonrisa era lo suficientemente amplia como para permitir lucir unos afilados colmillos a los laterales de sus labios.

––Gracias, supongo–– Logro decir tras salir de su amargo aturdimiento.

––Ayudadla a bajar–– Ordenó y dos muchachos se acercaron a ejecutar la orden. Se fijó en los dos rostros, quedándose paralizada al reconocer los ojos verdes y el pelo negro de Uriel. Recordó las palabras de Irisviel aquel día «traidor». Apretó los labios entre si y seguidamente descendió de un salto, perdiendo parcialmente el equilibrio al tocar con los pies el suelo. Analizo el esbelto cuerpo de la joven, pudiéndola ver desde más cerca y averiguando que su flequillo le tapaba el ojo derecho. A su derecha había un chico con la misma tonalidad de pelo y el mismo color de ojos. Más alto que ella, aproximadamente le sacaba una cabeza y media. Analizo las siluetas, viendo que la chica tenía al descubierto su hombro izquierdo y parte de su clavícula, mostrando una marca negra echa a base de tinta que comenzaba en su pecho como la verdadera imagen de un dragón que cubría hasta casi llegar a su mandíbula con una cola que se rizaba inquieta. Parecía tener vida.

Bajo con sus dos pupilas, recorriendo su cuerpo en escasos segundos. Viendo como le gustaba vestir; unos pantalones vaqueros pitillo rotos como si fueran viejos de un tono azul desgastado cubrían sus piernas, y sus pies, a su vez, eran tapados por unas zapatillas roídas por el tiempo y por el desgaste contra el suelo.

––Me llamo An–– se aproximó a ella. Dispuesta a saludar ––¿y tú?

––Martina.

An soltó una sonora carcajada. Pequeñas risitas resonaron por lo bajo al igual que algunos murmullos.

––No me refiero a tu verdadero nombre. Un apodo con el que te podamos llamar, da igual cual sea, te reconocerán por ese, no por tu verdadero nombre.

Aun una sonrisa se filtraba en sus labios sin que ella se enterara. Le resultaba extraño aquella situación, se encogió de hombros y seguidamente, tras pensárselo durante varios segundos, espetó:

––Gata.

––Encantada de tenerte entre nosotros–– Extendió su mano, alargándola para saludarla. Pero Martina tan solo atinó a mirarla de arriba abajo en shock. Bajo la mano y tiro de ella para que reaccionara ––Ven. Te mostrare tus dormitorios. Vivirás con Zeta, JT y por ultimo Celeste, ahora seréis dos chicas con dos chicos, la pobre no dejaba de quejarse por que los chicos se la jugaban normalmente. Así que espero que les plantes un poco de orden.

Martina no respondió, tan solo la siguió los pasos, dejándose ser guiada y nada más llegar a la entrada y abrir la puerta con un pequeño chirrido que sonaba a oxido contemplo una escena bastante graciosa en la que una chica de azulados cabellos se dedicaba a gritar y a lanzar almohadones a dos personas, las cuales reían sin parar.

–– ¿IMBECILES. PERO COMO ME HABEIS ECHO ESA BARBARIDAD? ¡ME VOY A IR A QUEJAR A AN!

––Pero Celeste, no te enfades, venga, solo ha sido una broma–– Le respondieron. Un golpe bastante basto de la almohada hizo saltar las plumas de su interior.

La joven peliazul paro en seco, jadeante y a su vez con las venas de su cuello remarcadas. Se encontraba despeinada y a su vez alterada. Permitiendo ver que tan solo vestía con un sujetador negro y unos pantalones baggy sujetos por los tobillos por unos elásticos del mismo color que su ropa interior. Sus pies estaban descalzos sobre la moqueta y a su vez sus manos dejaban caer aun las plumas del objeto.

–– ¿Tenerme que decir el que?–– Preguntó An arqueando sus cejas.

Celeste giro sobre sus talones al reconocer la voz, ocultando tras ella la almohada. Sus cristalinos ojos se iluminaron al ver a Martina.

––Os presento a vuestra nueva compañera de habitación. Se llama Gata y... chicos–– Una cortante mirada se posó sobre los dos muchachos ––Controlaros.

Los dos jóvenes tomaron una compostura formal mientras se erguían cual soldado y asentían con la cabeza. Celeste no perdió el tiempo en presentarse, aproximándose descaradamente a ella mientras agarraba su mano y se pellizcaba a sí misma.

––Dime que esto no es un sueño ¡Una chica!–– Mascullo en tono victorioso. Gata no comprendía aquel comportamiento infantil pero logro sacarle una sonrisa. Por fin se sentía bien recibida en algún momento de sus 23 años.

Un joven de ojos marrones y pelo castaño, algo alborotado y ya con necesidad de cortarlo se aproximó a ella con una amplia sonrisa extremadamente varonil ––Hola, soy JT.

«Es muy mono pero parece ser un vacilón de tres a la cuarta y con experiencia en montar trampas» Extendió su mano para estrechársela pero este la agarro y le beso la mano con timidez.

––Yo soy Zeta–– Mascullo un joven de pelo verde eléctrico mientras agitaba a su son su mano en signo de saludo. Tenía más aspecto del típico pasota de universidad por el cual todas las tías están por él. Engreído y egocéntrico serían las palabras para describirle a simple vista. 


El futuro InciertoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora