IV CABOS SUELTOS, parte final.

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Ese día amaneció lloviendo. Efectivos de la Guardia

Nacional y funcionarios policiales fueron

movilizados en previsión de cualquier evento

violento. Nadie llegó. Y a las 11:45 am un sismo

de magnitud 4.2 se registró en Guanare. La

protesta quedó reducida a catarsis a través de

mensajes encadenados.

La patóloga Amalia Pagliaro había citado a su

amigo el comisario Arias en un parque cercano a

su casa. Era una tarde fresca. Los niños

correteaban y reían. Ella destacaba en especial

eso, que reían. Se sentaron relajados en un banco.

Arias, con su gesto típico de las piernas estiradas

y los brazos extendidos, y Amalia, más bien

recatada, aunque un vestido casual de colores, le

daba un aire juvenil de informalidad. Ambos

estaban maravillados con una guacamaya que

estaba en un árbol cercano. «Por eso amo este

país», comentó Amalia de buen ánimo.

—Me llamó la maestra Rossany, la de

Margarita —dijo Arias a su amiga.

—Me sorprende el cariño que le has agarrado

a ella. Tú, usualmente tan distante con testigos y

protagonistas de los casos que investigamos —le

observó Amalia.

—Tienes razón, ella logró conmoverme. Creo

que fue quien más luchó para tratar de salvar la

vida de Dayan. Y es a quien siento más activa en

las redes sociales, quien más pendiente está de que

se haga justicia, y posiblemente sea una de quienes

más ha llorado al niño. Le comenté mi apreciación

de lo que puede suceder, y espero que se cumpla:

Gellinot y Anney recibirán la pena máxima.

Valentina es probable que esté cerca de ello.

—No sé si esas mujeres, me refiero a Gellinot

y Anney —precisó la patóloga—, tengan

conciencia de la monstruosidad que cometieron.

Me dicen que continúan siendo pareja. En mi

criterio, eso evidencia la complicidad de ambas en

el maltrato a Dayan.

—La llamada de Rossany fue para contarme —

indicó Orlando— lo que para ella es una señal de

Dios: Dayan apareció en la escuela. Estaban

pasando lista a los niños que salían, pues

entenderás que se han puesto más rigurosos en el

Colegio Papagayo, y de pronto una maestra nueva

que nunca conoció a Dayan, comenzó a llorar y

desesperarse porque un niñito a quien había

observado parado en la cola de salida, ya no

estaba. Lo buscó, lo buscó, y nada. Entonces la

directora le mostró una foto y le preguntó: «¿es

éste el niño que viste y ahora no encuentras?». Ella

dijo que sí. Era Dayan.

—Ya nos habían advertido que eso iba a

suceder —comentó con un suspiro Amalia.

—El otro que me llamó fue el inspector

Filippo, ¿lo recuerdas? —preguntó el comisario.

—¡Claro! Andaba muy abatido con este caso.

—Pues siguió abatido —agregó Orlando—.

Tanto, que se retiró del CICPC. Me dijo que

después de hablar con su esposa, que también se

vio muy afectada, decidieron comprarse un

terrenito y dedicarse a la agricultura. Le sentí

además, cierta molestia por lo que él califica de

«falta de diligencia» en la realización de la prueba

de ADN. «Hay un agresor de niños suelto por

Guanare», me dijo. También me asomó que en este

caso debería haber más detenidos.

—Los cabos sueltos —respondió Amalia—.

Es una lástima que se retire, me parecía un buen

policía.

—Por cierto —la atajó Orlando—, ¿por qué

estamos hoy en un parque? ¿Por qué no en un

teatro, o en tu casa, o en la mía, o en un

restaurante?

—Porque aquí, donde vemos a los niños

disfrutar, y mientras nos empapamos de alegría y

vida, te quiero dar una gran noticia. Una noticia

que me hace muy feliz: mi hija Valentina está

embarazada. Al fin voy a ser abuela —musitó

Amalia aferrada a la mano de Orlando, mientras

unas lágrimas se asomaban en sus ojos.

El comisario Arias se quedó en silencio

mirando el cielo. Pasados un par de minutos,

sonreído, susurró:

—Abuelo. Hay esperanzas.

El grito ignorado.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora