Ese día amaneció lloviendo. Efectivos de la Guardia
Nacional y funcionarios policiales fueron
movilizados en previsión de cualquier evento
violento. Nadie llegó. Y a las 11:45 am un sismo
de magnitud 4.2 se registró en Guanare. La
protesta quedó reducida a catarsis a través de
mensajes encadenados.
La patóloga Amalia Pagliaro había citado a su
amigo el comisario Arias en un parque cercano a
su casa. Era una tarde fresca. Los niños
correteaban y reían. Ella destacaba en especial
eso, que reían. Se sentaron relajados en un banco.
Arias, con su gesto típico de las piernas estiradas
y los brazos extendidos, y Amalia, más bien
recatada, aunque un vestido casual de colores, le
daba un aire juvenil de informalidad. Ambos
estaban maravillados con una guacamaya que
estaba en un árbol cercano. «Por eso amo este
país», comentó Amalia de buen ánimo.
—Me llamó la maestra Rossany, la de
Margarita —dijo Arias a su amiga.
—Me sorprende el cariño que le has agarrado
a ella. Tú, usualmente tan distante con testigos y
protagonistas de los casos que investigamos —le
observó Amalia.
—Tienes razón, ella logró conmoverme. Creo
que fue quien más luchó para tratar de salvar la
vida de Dayan. Y es a quien siento más activa en
las redes sociales, quien más pendiente está de que
se haga justicia, y posiblemente sea una de quienes
más ha llorado al niño. Le comenté mi apreciación
de lo que puede suceder, y espero que se cumpla:
Gellinot y Anney recibirán la pena máxima.
Valentina es probable que esté cerca de ello.
—No sé si esas mujeres, me refiero a Gellinot
y Anney —precisó la patóloga—, tengan
conciencia de la monstruosidad que cometieron.
Me dicen que continúan siendo pareja. En mi
criterio, eso evidencia la complicidad de ambas en
el maltrato a Dayan.
—La llamada de Rossany fue para contarme —
indicó Orlando— lo que para ella es una señal de
Dios: Dayan apareció en la escuela. Estaban
pasando lista a los niños que salían, pues
entenderás que se han puesto más rigurosos en el
Colegio Papagayo, y de pronto una maestra nueva
que nunca conoció a Dayan, comenzó a llorar y
desesperarse porque un niñito a quien había
observado parado en la cola de salida, ya no
estaba. Lo buscó, lo buscó, y nada. Entonces la
directora le mostró una foto y le preguntó: «¿es
éste el niño que viste y ahora no encuentras?». Ella
dijo que sí. Era Dayan.
—Ya nos habían advertido que eso iba a
suceder —comentó con un suspiro Amalia.
—El otro que me llamó fue el inspector
Filippo, ¿lo recuerdas? —preguntó el comisario.
—¡Claro! Andaba muy abatido con este caso.
—Pues siguió abatido —agregó Orlando—.
Tanto, que se retiró del CICPC. Me dijo que
después de hablar con su esposa, que también se
vio muy afectada, decidieron comprarse un
terrenito y dedicarse a la agricultura. Le sentí
además, cierta molestia por lo que él califica de
«falta de diligencia» en la realización de la prueba
de ADN. «Hay un agresor de niños suelto por
Guanare», me dijo. También me asomó que en este
caso debería haber más detenidos.
—Los cabos sueltos —respondió Amalia—.
Es una lástima que se retire, me parecía un buen
policía.
—Por cierto —la atajó Orlando—, ¿por qué
estamos hoy en un parque? ¿Por qué no en un
teatro, o en tu casa, o en la mía, o en un
restaurante?
—Porque aquí, donde vemos a los niños
disfrutar, y mientras nos empapamos de alegría y
vida, te quiero dar una gran noticia. Una noticia
que me hace muy feliz: mi hija Valentina está
embarazada. Al fin voy a ser abuela —musitó
Amalia aferrada a la mano de Orlando, mientras
unas lágrimas se asomaban en sus ojos.
El comisario Arias se quedó en silencio
mirando el cielo. Pasados un par de minutos,
sonreído, susurró:
—Abuelo. Hay esperanzas.
