34. De esto se trata...

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Adormilado por el aburrimiento, Le Bret recargó el codo en la rodilla y la barbilla en su mano y cerró los ojos, comprendiendo que nada podría hacer mientras la reportera no regresara.

Estaba cansado de ser siempre el testigo, de que nunca lo tomaran en cuenta. ¿A ese punto debía llegar su mejor amigo por no escuchar sus regaños? ¿Lo escucharía después de todo esto?

Siempre atrás, siempre siguiendo, siempre aguantando... ¿cuánto tiempo más? A veces se preguntaba si Cyrano realmente lo tenía por amigo o como una fuente gratuita de servilismo, esta era una de esas veces.


-¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí?

Una fuerte voz con notorio acento lo sacó de sus pensamientos de un sobresalto, al mirar quién interrumpía su enfurruñamiento hacia su mejor amigo se encontró con una poderosa mirada de reproche de un hombre vestido con ropas persas.

Por supuesto, el experto en poderosas miradas intimidantes era él, y no dudó en regresársela al desconocido mientras se ponía de pie frente a él.

Se miraron un par de segundos y el extranjero terminó por bajar la mirada primero.


-Así que El Persa.- aventuró Le Bret con una media sonrisa triunfante, había escuchado sobre él en el Palacio –Pensé que me encontraba en un lugar oculto, pero hoy parece muy transitado.

-¿De qué habla?- replicó El Persa recobrando altanería -Y no vuelva a llamarme con tal mote, mi nombre es Nadir.

-Mesieur Nadir, no tengo porqué explicarle mis acciones si no lo hace usted primero.- dijo el gascón con hipócrita cortesía sin dejar de sonreír.

-¿Sabe que estar aquí puede ser mortal? Si escucha el canto de la Sirena...-

-No debo seguirlo, una persona muy inteligente me lo ha dicho.- completó Le Bret.

-Así que conoce a Erik.- inquirió Nadir, notoriamente molesto.

-Claro.- mintió el otro sin titubeos, comprendiendo que al fin tendría algo de respuestas.

-Cada vez es menos discreto, lo cual no es bueno para éste juego idiota de El Fantasma de la Ópera.- bufó el persa, apretando los puños a los costados –Ahora incluso advierte a la gente sobre la Sirena. ¡Valiente "amigo"! Soy su único amigo en el mundo, soy quien le salvó la vida, y no pudo advertirme sobre la Sirena, pero bien que lo ha puesto a usted sobre aviso.

Le Bret no pudo evitar mirarlo sorprendido con los ojos bien abiertos un segundo, ¿qué era todo ese asunto de ser amigo de El Fantasma de la Ópera? Prefirió callar ante el hombre que parecía tener la lengua bastante encarrerada para soltarlo todo.

-La culpa la tiene esa Cristina, Erik es un genio, un maldito genio, excepto cuando esa mocosa está cerca.- continuó airado el persa –El amor idiotiza, mesieur, espero que nunca sufra esa maldición.

Le Bret no pudo contener un suspiro, de pronto se dio cuenta de que los reproches del tal Nadir eran los mismos que él había hecho sobre Cyrano tantas veces.

-Cuando Erik vivía en Persia tenía todo bajo control porque no estaba enamorado, cuando llegó a Paris tenía todo bajo control porque no estaba enamorado, cuando se instaló en éste Palacio construido en gran parte por él tuvo el control porque no estaba enamorado. Pero sólo apareció la corista huérfana y todo se vino abajo. Y si tan sólo escuchara... si tan sólo estuviera consciente de vez en cuando que no es el único poseedor de la razón.

CONVERGENCIAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora