Capítulo trece

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¡Feliz lectura, familia!

El corazón de Sarah golpeaba en su pecho como si ya no hubiese espacio suficiente en él para latir. Le costaba respirar como nunca antes y podía sentir cada centímetro del cuerpo masculino, aunque ni siquiera la estaba tocando. No era miedo lo que sentía, no le temía a él, sino las emociones que bullían en su interior. Las crudas palabras de Brodick le hacían arder la sangre.

Cerró los ojos y se sujetó con más fuerza de la estructura de madera, evitando la tentación de apoyarse contra él, de buscar refugio para sus confusos pensamientos, para calmar el palpitar de su cuerpo.

Era vagamente consciente de que él estaba intentando evitar su ruina, advirtiéndole del peligro y eso ponía su corazón a danzar, porque solo un hombre noble, como ella sabía que era, podía renunciar a un ofrecimiento como ese para salvaguardar su honor y garantizar su seguridad. Su admiración por él subió un escalón más.

Devolviéndole la mirada, Sarah levantó su mano temblorosa y acarició con la yema de los dedos el bronceado rostro de Brodick. Adoraba su perfil anguloso, sus pómulos pronunciados y su mandíbula que parecía perfilada por un escultor, el indicio de su barba oscura, la rudeza de su atractivo. Le subyugaba.

—Vuestra actitud no hace más que demostrar lo que os digo. No me haríais daño, porque incluso ahora intentáis protegerme. No soy nada para vos, no me conocéis. Podríais coger lo que os ofrezco y ni siquiera tendríais que cumplir con vuestra parte. Y, sin embargo, me rechazáis, porque creéis que de esa manera me estáis salvando.

Sarah se sobresaltó cuando Brodick le tomó la muñeca y se la separó del rostro lentamente. Dio un paso atrás, mientras que la fría indiferencia se apoderaba de su expresión. La soltó y sonrió con desdén, con una frialdad que no le había visto nunca antes.

—Equivocáis mis motivos, milady. Me indigna que una muchachita como vos se ofrezca sin conocer los peligros a los que se enfrenta. Es abyecto. Pero, si rechazo vuestra oferta, es porque jamás he trabajado ni trabajaré para una mujer y porque tampoco me gusta desvirgar doncellas —le espetó cruzando los brazos sobre el pecho. Sarah no podía contestar, apenas podía respirar—. Una cosa son jugueteos tontos con una jovencita en un establo, pero para las cosas serias prefiero mujeres más sustanciosas y avezadas en el sexo. Si pensasteis que por un pequeño refregón como ese iba a estar deseando hacer cualquier cosa que me pidierais con tal de llevaros a la cama, debisteis pensarlo dos veces. —Diciendo esto, se giró sobre sus talones y se marchó.

Se le cayó el alma a los pies. Sarah sintió como los ojos le ardían por las lágrimas. Sus manos, que él había sujetado un instante antes, temblaban. Jamás había probado el sabor de la vergüenza y el escarnio, era realmente doloroso; en ese momento se sentía como la más indigna de las mujeres.

Había sido una estúpida; lo había confundido todo, pensando que él la desearía, que podría estar interesado en ella. Incluso cuando creyó que se burlaría de su propuesta, no imaginó que pudiera llegar a doler tanto el rechazo. No sólo no le había hecho reír, sino que le había repugnado. El hombre noble y gentil que le había hecho estremecer horas antes, se había convertido en un ser frío y cruel. Y sólo ella era la culpable.

Le había empujado más allá de cualquier posible diplomacia. Sabía que él había intentado ser cortés, incluso sintió que la protegía y quizá sólo intentaba no herirla, pero, al final, no le había dejado otra opción. Se había arriesgado y había perdido. Había desperdiciado su única oportunidad para encontrar a William; y, de paso, había conseguido el desprecio del único hombre que alguna vez había tocado su corazón.

Limpiándose las lágrimas de su cara, Sarah hizo acopio de fuerzas y enderezó su espalda. Ya no tenía caso castigarse. Se había equivocado, sí, pero hacerse un ovillo en el suelo y llorar no iba a solucionarlo. No iba a dejarse hundir por esto. Lo que necesitaba ahora era distraerse, llenar su cabeza con algo hasta conseguir mitigar la aflicción de su pecho. Después ya batallaría con su conciencia.

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