Capítulo veintiocho

7.1K 908 168
                                        


¡Buenas! ¿Qué tal va el viernes? El mío es un poco locura, pero me ha alegrado el alma cuando ha sonado la alarma para publicar en Wattpad. Tengo que ponerme al día con los comentarios. A ver si este finde os saco un hueco en una siesta de esas que yo no duermo. Ah, comprobaréis que es un capítulo muy cortito, motivo por el cual voy a publicar dos, para que luego digáis que soy una malota... Una santa! Eso es lo que soy. Jajajaja.

¡Miles de besos para todas!

¡Feliz lectura!



—¿Cómo? —Sarah se volvió boquiabierta hacia Brodick, resistiéndose a creer lo que acababa de escuchar.

—Te he preguntado si has yacido con este hombre, Sarah. —La voz de su padre era de reprobación.

Su corazón se disparó en una alocada carrera mientras todo el color abandonaba su rostro. Sintió como si el suelo se abriese a sus pies, incapaz de asumir que él le había contado a su padre sus escarceos. ¿Por qué? ¿Qué le había llevado a tamaña traición? Ni siquiera una flecha directa a su pecho le hubiera causado tal conmoción. Sus manos temblaban, sujetas a su falda, mientras su confundida mirada iba de la cara enojada de su padre a la expresión culpable de Brodick. Se lo había contado todo. No había duda. Estaba ahí, en su rostro, en el titubeo de sus ojos.

—Padre...

—¡Por Dios, Sarah! —William bramó desde el rincón de la biblioteca, donde se estaba celebrando la pequeña encerrona. Comenzó a pasearse furioso por la sala, como un león enjaulado, mirando con instinto asesino a Brodick, sus ojos llenos de decepción.

Un agujero doloroso comenzó a perforarle el pecho ante las expresiones de su padre y su hermano. Les había fallado. Había manchado su honor con aquella acción y la de toda su familia; y se sentía muy miserable por ello. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras luchaba desesperadamente por retomar el control de sus emociones. No iba a ponerse a llorar, no iba a agachar la cabeza. Lamentaba el daño que les estaba causando a ellos, pero no se avergonzaba de haberse entregado al hombre que amaba, aunque le pagase ahora con esta traición.

—Lo lamento... —No supo si la habían escuchado. Su garganta apenas respondía a sus órdenes. Él no decía nada; sólo estaba allí apoyado contra la puerta, mirándola con una expresión indescifrable y sin ayudarla en absoluto.

—Está bien. —Su padre se sentó en la mesa y comenzó a escribir sobre un papel—. Le diré al padre Clashmore que publique hoy mismo los edictos para los esponsales. No quiero que las consecuencias de esto nos golpeen en la cara.

—¿Qué? ¿Esponsales? —Se estremeció; cuando pensaba que ya nada podía estremecerla.

—Niña, lo que habéis hecho tiene unas repercusiones. El MacNeil está dispuesto a asumir su responsabilidad; os casareis lo antes posible.

Una capa de dura indignación se fue formando alrededor de sus heridas. Brodick "asumía su responsabilidad", había dicho su padre, asestando otro duro golpe a su dignidad. Iba a casarse con ella para protegerla de su propia indecencia, para acallar las lenguas cuando se descubriese que se había entregado de manera descarada a un hombre libre, un mercenario sin patria y sin ley.

Sarah se precipitó sobre la mesa, sobresaltada. Tenía que pensar en algo. No podían obligarle a casarse.

—No, Padre, por favor, escuchadme... —Miró hacia donde se apoyaba Brodick contra la jamba de la puerta—. Él partirá muy pronto para Edimburgo, ¿verdad? Tiene que ir a recuperar sus tierras... Padre...

—Él... —interrumpió Lord Hugh con la mano alzada— se ha comprometido a renunciar a eso también, muchacha. Como te he dicho, asumirá las consecuencias de sus actos, igual que lo harás tú.

¡No! Aquello no podía estar pasando. Su padre no podía obligarle a quedarse con ella de por vida y renunciar a su sueño. La odiaría. Volvió a mirar a Brodick y vio la verdad de las afirmaciones de su padre en sus ojos. No lo negaba. Incluso asintió levemente.

¿Cómo habían llegado a esto? ¿Cómo iba a salir de este embrollo?

Su mente trabajaba a pasos forzados buscando una salida. No podía permitirlo. Recuperar su feudo y vengar la traición de su tío era todo por lo que él había luchado durante toda su vida, desde que era un crío; y ahora ella se lo iba a arrebatar.

— No podéis obligarnos, padre. No quiero casarme con él. ¡Me niego a tomarlo como esposo!

—No puedo creer que seas tan inconsciente hija. ¿Te niegas a asumir las consecuencias de tus acciones? No me parece propio de ti —se lamentó.

No lo era. Nunca, jamás, había evadido sus responsabilidades; y no lo estaba haciendo ahora. Sólo se negaba a obligar a un hombre, al hombre que amaba, a unir sus vidas por una cuestión de honor. No aceptaría sus limosnas. Puede que no entendiese qué estaba ocurriendo, ni cómo se había visto obligado a revelar la naturaleza de su relación, pero estaba segura de que una boda no era lo que Brodick deseaba. Él tenía metas que alcanzar y ella sólo sería un lastre en su vida. Además, ahora tenía muchos más deseos de asesinarlo que de casarse con él. Se enderezó, intentando armarse de toda su fortaleza y seguridad, consciente de que tenía una única oportunidad para ganar aquella pequeña batalla que se había encontrado por sorpresa.

—No me niego a asumir nada, padre. Ni me avergonzaré de lo que he hecho. —Su voz sonó con más firmeza de la que sentía en su interior, con un borde de acero que nunca se había visto obligada a usar en su vida—. Soy una mujer adulta, la señora de este lugar desde que faltó mi madre. Por eso, a lo que me estoy negando es a casarme contra mi voluntad. Aceptaré las consecuencias de mis decisiones, sean cuales sean. Me iré de vuestra casa si así lo ordenáis, pero lo haré sola. Me prometisteis que jamás me obligarías a contraer matrimonio, lo hicisteis ante la tumba de mi madre. Lo único que os pido es que seáis fiel a esa promesa.

Su padre la miraba consternado, un filo de pesar atravesando sus ojos y pocos segundos después... la rendición. Supo el momento preciso en que ganó aquella batalla, aunque estaba lejos de sentirse orgullosa por las armas utilizadas. La memoria de su madre era algo sagrado para ella y la había usado sin ningún pudor. Hugh de Rose soltó el aire que había estado conteniendo y se recostó contra el respaldo del sillón.

—Y así lo haré

La ofrendaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora