Capítulo diecisiete

9.6K 957 283
                                        

Que larguitas se me hacen las semanas hasta que nos volvemos a reencontrar! Pero ya está aquí el viernes, el día más bonito de la semana y aquí tenéis una nueva dosis de Sarah y Brodick. Ay, que no se me olvide. Me he inscrito para participar en los @Nikeawards en la categoría de histórica. Autoras que me leéis, animaos a participar, solo hay cinco cupos por categoría, así que daros prisa!

¡Feliz lectura!

Se había enamorado, perdidamente, irremediablemente, profundamente. No necesitó reflexionar sobre sus sentimientos, pues su corazón no se había resistido a reconocer que el furor y la dicha que la llenaban por completo era amor. Cuando había abierto los ojos esa mañana, la más absurda de las sonrisas se había dibujado en su cara y todavía no conseguía librarse de ella. El corazón le latía con regocijo y no podía pensar en otra cosa que en encontrarse de nuevo con Brodick.

Sarah cerró los ojos mientras se cepillaba el pelo, recordando la dulzura de las caricias y los besos compartidos la noche anterior. Todavía podía notar como la excitación la recorría al traer a su memoria las imágenes de como él la había acariciado y apretado contra su cuerpo duro y musculoso. La sensación de los labios y la lengua masculinas en su boca todavía le hacían temblar de emoción. ¿Y aquellos besos? Eran embriagadores como el hidromiel más fuerte, le hacían perder la cabeza y dejaban a su cuerpo laxo y sediento de más.

Las íntimas caricias en los pechos, en los muslos y en el centro de su ser le hacían sonrojar todavía; no en vano, se sentía un tanto libertina y atrevida por haberlas permitido. Pero, por Dios bendito, había estado indefensa ante el ataque de su pasión. No sabía que el contacto podía encenderla de aquella manera, llevándola al éxtasis más hermoso y explosivo que hubiera soñado que existiese. Era difícil de creer que semejante experiencia fuera posible.

Brodick MacNeil era puro fuego, rodeado de la más bella apariencia: la tentación en estado puro. Le subyugaba con sólo una mirada y ahora entendía que, junto con la admiración y la lujuria que le despertaba, habían ido creciendo otros sentimientos que habían amarrado también su corazón a aquel hombre. 

Era un hombre varonil y rudo, pero tenía un lado amable y tierno que en pocas ocasiones se permitía mostrar. Parecía reservado y hosco, pero si una miraba en las capas de dentro había más, mucho más. Y Sarah quería descubrir cada una de esas cualidades; quería ver su sonrisa y ser la causa de ella, quería sus caricias y sus palabras de amor. ¡Oh Dios, aquello no pintaba nada bien!

La realidad comenzó a imponerse en sus azucarados sueños y poco a poco sintió como el miedo se erguía lentamente en su estómago, como una serpiente que se arrastra, sigilosa, hasta alzarse en toda su altura. Él no había hablado de sentimientos, ni la noche anterior ni en ningún otro momento, y todavía escocía en sus ojos el recuerdo de cuando la había rechazado y evitado después de su oferta. Puede que se hubiese dejado llevar por la lujuria la noche anterior, pero eso no tenía por qué conllevar, necesariamente, que siguiese buscándola después. Podía considerarlo un error, como había sucedido en el establo.

«Ay, no».

La necesidad de verlo fue creciendo como un mal presentimiento. Tal vez, al comprobar su expresión, pudiera intuir cómo iba a reaccionar Brodick después de lo ocurrido. Elevando un ruego al cielo para que él no la apartase de nuevo, se puso uno de sus vestidos más bonitos, un entallado modelo que había cosido su madre hacía algunos años con sedas traídas de oriente. De un verde vívido y con piedras que adornaban el borde del escote, el vestido marcaba las sensuales curvas de sus pechos y su cintura, para caer holgadamente sobre las caderas. Se dejó el pelo suelto, tan sólo sujeto por dos pequeñas trenzas en las sienes y se puso una pequeña y delicada pulsera de oro que su padre le había comprado en la Feria de Aberdeenshire. Se miró al espejo, satisfecha con el resultado, esperando que su apariencia ayudase a derribar las barreras que la noche hubiera podido erigir en el corazón de su amado.

La ofrendaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora