Capítulo veinte

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Bueno, aquí va. Este es un muuuuy largo capítulo. Espero que os guste, y espero también vuestros votos y comentarios, que ya sabéis que son mi razón de vivir (¿Yo, exagerada?)

Besos miles y ¡Feliz lectura!


—¡Ese maldito bastardo! ¿Cómo se atreve? ¡Le mataré! De modo que quiere mis tierras, ¿verdad? Pues le enterraré en ellas. ¡Así se quedará tranquilo para toda la eternidad!

Lord Hugh de Rose gritaba y despotricada ante la perpleja mirada de su hija, que jamás le había visto en semejante estado de furia. Estaba de pie, erguido en toda su guerrera estatura, dando porrazos en la mesa con los puños, totalmente perdida la compostura. 

Al principio, había comenzado preguntando con cautela al MacNeil sobre los detalles de la historia que traía del Castillo de Cromarty. Se mostraba incrédulo ante la posibilidad de que William hubiera sido apresado, pero cuando fue conociendo el alcance de los planes de Urquhart para apoderarse de sus tierras y de la mano de su hija, el tono de su voz fue subiendo hasta alcanzar los gritos actuales. Ella misma había recibido una buena reprimenda por haberse atrevido a fugarse en medio de la noche, siguiendo las indicaciones de aquel villano que pretendía destruirlos a todos. Sarah agradecería por siempre a Brodick que no le contara a su padre nada acerca de su encuentro con los forajidos en el camino, porque de seguro le habría encerrado en su habitación hasta que cumpliera los cuarenta años.

Observaba atónita la transformación que había sufrido su padre en el corto transcurso de aquella cena, de la que solo Brodick y sus hombres estaban probando algún bocado. Había pasado, en un abrir y cerrar de ojos, de la habitual apatía que le caracterizaba a la cólera más exacerbada; y eso, pensó, le gustaba sobremanera. Tal vez todo lo que necesitaba el Laird de los Rose para salir de la inopia en la que vivía permanentemente, era que alguien le buscase las cosquillas. Se debatía entre el entusiasmo por el cambio de su progenitor y la más absoluta indignación por lo que aquel miserable de Thomas Urquhart había maquinado contra ellos.

Recordó todas las semanas que habían pasado tranquilos, pensando que su hermano se había retrasado por cualquier minucia. Y luego la preocupación ante su desaparición, unida a la frustración de que nadie la creyera. Se preguntó en qué condiciones le tendrían, si le habrían torturado, si le estarían proporcionando un techo y comida. Su cuerpo bullía de intranquilidad y sentía una agonía que no cesaría hasta que pudiera volver a contemplar su bello rostro. Elevó un ruego al Hacedor para que se encontrase a salvo y porque alguien estuviese cuidando de él. Comprobó que, en el salón, las cosas seguían caldeadas y que Brodick intentaba en vano calmar el ánimo de su padre:

—Lord Hugh, calmaos. Tenemos que pensar en una estrategia de rescate.

—¿Estrategia? Yo os diré cuál es la estrategia. Ahora mismo saldré con todos mis hombres hacia Cromarty. ¡Voy a arrasar esa maldita fortaleza! La desmontaré piedra por piedra. Sacaré de allí a mi hijo y después... ¡descuartizaré a ese cabrón! Le sacaré las tripas y...

Brodick la miró en aquel momento con una sonrisa bailando en sus labios. Se sonrojó cuando recordó que ella también había amenazado a sus asaltantes con aquello de sacarles las tripas y supo que él también lo estaba recordando.

—Hugh, calma —terció Friedrick Rose—. Recuerda que Lord Urquhart es un barón apreciado por el Rey. No podemos entrar por la fuerza en su castillo y desmontarlo. Podrían tomar represalias si es asesinado.

—¡Bravatas! Juan puede mandar todo lo que quiera en Edimburgo y firmar todos los acuerdos que le dé la gana, pero en las Highlands son los jefes los que imparten la justicia. ¡Y en este feudo mando yo! Y pienso hacer pagar a ese malnacido el haberse atrevido a atentar contra mi hijo.

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