Brodick no pudo resistirlo más; tenerla tan cerca, respirar su perfume de rosas, sentirla temblar... ni siquiera la rabia o los celos eran tan fuertes como para eliminar el deseo que sentía por ella. Le obsesionaba, le hacía desear cosas imposibles y le generaba una ansiedad que sólo se aquietaba al tenerla entre sus brazos.
La apretó contra la pared suavemente, sujetando con una mano su delicado cuello y con la otra su cintura, envolviéndola como había deseado hacer a cada instante que pasaban juntos. Su boca moldeó los labios femeninos, aspirando cada suspiro, cada gemido que escapaba, tenue, de su garganta. Ella subió ambas manos hasta su pecho y se aferró a su camisa, devolviendo, con las mismas ansias, la demanda de la boca masculina. Brodick acariciaba su espalda con una medida de desesperación, sintiendo que aún no era suficiente, que tenía que acercarse más, hasta que sus cuerpos fueran uno. Sujetó con firmeza su cabeza y la inclinó para recibir los envites de sus besos apasionados.
El sólo hecho de pensar que ella podía ofrecer o aceptar un trato como el que le había propuesto a él, con otro hombre, hacía que sus entrañas se retorcieran y que quisiera sacarla volando de aquel lugar y obligarla a reconocer que sólo se entregaría a él.
Abandonó sus labios, ignorando el gemido de protesta femenino y fue derramando más besos por la mandíbula, la columna de su cuello, donde rastrilló la piel con los dientes. Bajó la mano de su cabeza y la dejó vagar por el hombro. La joven se envaró cuando notó que seguía bajando hasta que las yemas de sus dedos acariciaron la curva cremosa de su pecho, pero no se detuvo; poco a poco llegó hasta el tenso pezón y sintió un vértigo en el estómago cuando comprobó que estaban duros por la excitación. Sarah abrió sus ojos, conmocionada, y su garganta dejó escapar lo que pareció un lamento. La respuesta de ella era tan ardiente que Brodick tuvo que contenerse para no arrancarle la ropa.
Dejó vagar su boca por su escote, hasta alcanzar las redondeces de sus senos. Acarició allí con su lengua, con sus dientes, como había hecho antes en su cuello y ella tembló; la muchacha llevó las manos hasta su cabello y enredó los dedos en las negras guedejas, sujetándolo allí, manteniendo su cabeza en aquella posición.
Ella estaba ardiendo. Brodick notaba cómo se estremecía y cómo demandaba más de sus caricias, cómo se empujaba contra su cuerpo, sin saber exactamente lo que estaba pidiendo, presionando la dulce unión de sus muslos contra él. Su sabor era mejor que cualquier cosa que él hubiera degustado jamás.
Su piel suave y aterciopelada se sentía como el puro cielo en sus labios. No tenía bastante de ella; quería besar y lamer cada pulgada de su delicado cuerpo. Con una mano, fue subiendo la falda del vestido, hasta que pudo tocar la piel de su rodilla por debajo de la tela, comenzó a acariciarla con suavidad, encajando su mano en su corva para levantar la pierna femenina hasta engancharla contra su cadera. Siguió explorando sus muslos, cubiertos por la tela de las calzas, notando la moldeada forma, hasta llegar a su redondeada nalga; apretó los tersos globos y la acercó todavía más a él. Ella gemía y se contoneaba siguiendo aquel enloquecedor baile de sus cuerpos.
Cuando Brodick localizó la apertura de sus calzas y acarició la tierna y húmeda carne entre sus muslos, se quedó rígida y de su garganta salió un quejido sordo y sorprendido. Levantó sus ojos hasta los de él y sus miradas se fundieron. Parecía conmocionada por las caricias que él dirigía ahora a la húmeda raja entre sus muslos, deslizándose por la suave y sedosa piel de los pliegues tan inocentemente escondidos. Mantuvo su mirada sobre ella, estudiando su rostro mientras comprobaba cómo respondía al placer con sus ojos tan verdes, llenos de anhelo y de necesidad.
Poco a poco, fue horadando en la húmeda entrada a su cuerpo, introduciendo la yema de uno de sus dedos, muy despacio, acariciando con vigor las paredes femeninas, que tan cálidamente lo recibían. La sensación de penetrarla era lo más erótico que él recordara alguna vez haber vivido. Ella no se apartaba ni le pedía que parase, fija su mirada en la de él. Por el contrario, parecía fascinada por las sensaciones; con una súplica silenciosa en la mirada. Mordía sus labios con desesperación, mientras de su garganta brotaban sensuales gemidos que no hacían más que incrementar las ansias de Brodick.
ESTÁS LEYENDO
La ofrenda
Historical FictionEl hermano de Lady Sarah de Rose ha desaparecido poco después de la muerte de su madre. Ante la apatía de su padre y la difícil situación de su clan, la joven doncella está dispuesta a todo, incluso a renunciar a su futuro y a su honor, con tal de a...
