Sarah se alejó del caballo y del hombre que tenía la capacidad de encogerle el estómago con su sola presencia. Evitaba mirarlo, porque, desde el momento en que se habían encontrado en el portón, le despertaba sensaciones contradictorias. Notaba una especie de incertidumbre en la boca del estómago, como cuando siendo una niña sabía que se iba a llevar una buena regañina de su padre y sus tripas empezaban a revolverse como si se fuese a descomponer.
Nunca se había sentido tan impresionada al ver por primera vez a otra persona, en toda su vida. Era fuerte, ancho, y... enorme; como si hubieran cogido una roca de la montaña y la hubieran esculpido con la forma de un hombre. Sobre su montura, que era una de las más hermosas que había visto nunca, le había parecido todo un dios de la guerra, con aquel semblante serio y hostil y el pelo negro e indómito que le caía por los hombros. Se fijó de nuevo en las dos pequeñas trenzas recogidas en la nuca, que sujetaban los mechones de sus sienes y le daban aspecto de primitivo guerrero. Un escalofrío recorrió su espalda ante aquel atractivo... ¿emisario? No, imposible, los emisarios del Rey no eran tan corpulentos, ni tan endemoniadamente viriles, ni hacían a las jovencitas como ella tener palpitaciones en el pecho. El arrogante caballero que veía delante suyo tenía todo de dios vikingo y muy poco de "sirviente de la corte", pero eso era lo que había dicho el mensajero que una hora antes les había informado de la llegada de este contingente de hombres.
—Mi señor, no es necesario que os quedéis con nosotros. Podéis pasar al salón y disfrutar del ágape que la cocinera ha preparado. Os garantizo que cuidaremos bien de Minas —le dijo mientras mojaba un trozo de tela blanca en la cuba de agua para limpiar la sangre reseca de la pata del animal.
Ian no se había separado de ella y estaba preparando otros jirones de tela para luego aplicar un líquido, una bebida alcohólica, que garantizaría que no apareciesen infecciones. No era muy amiga de acercarse a los caballos, mucho menos a un semental tan inmenso como aquel y sabía que Ian, que siempre tenía presente la muerte de su madre, también estaba temeroso por esta tarea que tenían entre manos. Pero Sarah sentía que debía compensar al vikingo por el hecho de que su padre no se hubiese dignado a bajar para recibirlos.
—Me agrada la compañía, si a vos no os importa la mía —repuso él con un amago de sonrisa que le dio un matiz más humano a su recio rostro.
«No, claro que no me importa. Sólo me hace aflojar las rodillas».
Podría concentrarse mucho mejor en su tarea si este gigante vikingo no estuviera siguiendo cada uno de sus movimientos. ¿Por qué no se iba? Le ponía muy, pero que muy nerviosa. Nunca había sido tan consciente de otra persona; estaba de espaldas a él y sin embargo notaba el poder de su fuerza rodeándola. Como si no tuviera suficiente con el nerviosismo que le causaba estar a merced de una bestia de guerra como aquella, sabiendo como sabía lo mortíferas que podían ser, además tenía que soportar la mirada fija de este impresionante espécimen de hombre en su nuca.
—Tened. Ya está empapado en Uisge Beatha. (1) —Sosteniendo un jirón de tela empapada frente a ella, Ian le miraba con ojos entrecerrados, estudiándola o advirtiéndola; no estaba segura.
Moira, la cocinera y curandera del clan, le había explicado que cuando se rociaban las heridas con aquel alcohol se evitaba que las infecciones se propagasen, del mismo modo que había insistido en que las telas que utilizase debían ser lavadas con agua limpia. Sarah aplicó la prenda mojada sobre el cuarto trasero del caballo que, para decir verdad, se estaba comportando de manera muy tranquila y correcta. Se notaba que estaba bien enseñado; y Sarah no tuvo más remedio que admirar la forma en que su señor trataba al animal, con disciplina y ternura, como había comprobado momentos antes. Cogió del suelo el pequeño tarro con la cataplasma que había elaborado Moira y colocó la sustancia sobre las heridas, lo que provocó un ligero corcoveo de Minas y un relincho de queja. Brodick le acarició el cuello, calmándolo y despertando en Sarah otro encogimiento inexplicable. Se agachó de nuevo, recogió todos los utensilios que había utilizado y rehízo el paquete, que entregó a Ian.
—Decidle a Moira que sea tan amable de preguntar a los hombres quien precisa de curas y que se ponga a ello con la ayuda de Cailin y Edna —pidió a Ian, quien ya se había colocado el fardo bajo el brazo y salía del establo echando miradas furtivas hacia el interior.
Sarah se volvió y se topó con el guerrero, cuyo fornido pecho le quedaba a pocos centímetros a la altura de los ojos. Sobresaltada, levantó la vista hasta sus profundos ojos negros, que le hacían desear estar sentada en lugar de en pie. Notó que se le secaba la boca y tuvo que tragar saliva para mitigar el nudo que se le había formado en la garganta.
—Tenéis unas manos delicadas y capaces. Os agradezco inmensamente vuestros cuidados —dijo él, sosteniéndole la mirada con intensidad. Seguía con fascinación sus movimientos y le miraba con una expresión que la intrigaba.
—Es lo menos que podía hacer por tan noble... caballo —Dio un paso atrás y miró hacia la puerta del establo. Anhelaba poder escapar de aquel poderoso cuerpo que se interponía entre ella y la libertad. Sentía que el aire empezaba a escasear dentro.
—Mas vuestra dulzura y habilidad para mi... caballo debe ser recompensada, muchacha. —Se acercó a ella con aire seductor, acortando de nuevo la distancia entre ellos. Con el dorso de sus dedos acarició la suave piel del interior de su muñeca y la joven sintió una descarga de tensión. Acercó la cabeza a la suya y girando la boca hacia su oído le susurró—: y yo estoy deseoso de ser vuestra recompensa.
Sarah sintió que le flojeaban las rodillas y le faltaba el aliento. Tuvo que agarrar la tabla donde estaba atado Minas para mantener el equilibrio cuando se apartó de ella y, con una sonrisa cargada de intención, se dio media vuelta y salió con paso firme del establo.
Su corazón latía descontrolado y todavía era capaz de sentir el calor del aliento del guerrero en su oído, en su cuello; la huella de sus dedos en su muñeca como si le hubiese producido una quemadura.
Santo dios, este hombre la trastornaba. Mucho.
Sentía todo su cuerpo tenso y abrumado por las sensaciones que le había despertado con su cercanía. El desasosiego y la tensión, que se habían formado en su estómago con su primera mirada, habían ido creciendo hasta desencadenar aquella marea de calor que, ahora comprendía, era lujuria. Y ella pensaba que era incapaz de semejantes emociones...
Cuando se había enamorado, a la tierna edad de doce años, del escudero de su padre, el hermoso Aiden MacBean, había estado obnubilada por la belleza de su lampiño rostro y la inteligencia de sus ojos de color azul hielo. Él había sido siempre su amigo, su confidente; y ella le había admirado sobre todas las cosas. Ese amor tan puro y tan entregado que sentía había fracasado estrepitosamente cuando Aiden, tras una fiesta para la celebración de la cosecha y envalentonado por un par de jarras de vino, la había introducido en las lides de la pasión robándole un beso que a punto estuvo de hacer a Sarah perder su cena. Fue horrible, incluso asqueroso. La reacción de Aiden tampoco fue lo mejor de aquella noche. Se enfadó y la acusó de ser una niña tonta y frívola. Creyó entonces, y confirmó a lo largo de los años, que no se le daba bien relacionarse con chicos. Con ese convencimiento había vivido toda su vida, hasta hoy.
Lo que acababa de sentir ante la cercanía de este hombre no podía ser otra cosa que deseo. Notaba su cuerpo enardecido y su mente estaba más confusa que nunca. Sólo podía mirar la puerta por donde había desaparecido el guerrero y desear que volviera, con su voz grave y ronca, que le ponía la piel de gallina, y el calor de su musculoso cuerpo.
Sus intenciones habían quedado bastante claras y tuvo que reconocer que, a pesar de su escaso conocimiento, la promesa de recompensa del vikingo le había hecho anhelar una demostración. Sarah se reprendió a si misma por sus libertinos pensamientos. No debería estar soñando con los abrazos de... un desconocido. Por dios, ¿por qué no le había preguntado su nombre? ¡No sabía ni como referirse a él! Absurdo.
Soltándose del tablón que había sujetado un instante antes, Sarah reunió valor, se enderezó y dando una palmada al lomo de Minas, caminó hacia la puerta del establo, decidida a ignorar su descubrimiento y deseosa de que el fresco aire de las noches veraniegas de las Highlands le refrescase el rostro que, suponía, tendría del color de las bayas salvajes.
(1) Uisge beata: en gaélico antiguo significa agua de vida, un precedente del whisky escocés.
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La ofrenda
Fiksi SejarahEl hermano de Lady Sarah de Rose ha desaparecido poco después de la muerte de su madre. Ante la apatía de su padre y la difícil situación de su clan, la joven doncella está dispuesta a todo, incluso a renunciar a su futuro y a su honor, con tal de a...
