Capítulo treinta

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Queridas mías, hoy tengo las emociones a flor de piel. ¡Mañana me caso! Yo que tantos finales felices he leído, soñado y escrito; mañana afrontaré uno de los capítulos más importantes de mi vida, uno de los más felices, en el que uniré mi destino al de la persona que más amo en el mundo. Dejadme que os hable de ÉL.

Es honesto y leal, es cariñoso, muy muy muy hablador. Es un hombre divertido, aunque un poco refunfuñón. Admiro muchísimo su inteligencia y lo que es capaz de crear con sus manos, porque es un gran artesano, que mima cada detalle. Pero sobre todo, amo su forma de mirarme, de quererme de un modo absolutamente incondicional. No le importa que tenga ojos de panda, o que coja unos kilos, o que me falte alguna parte de mi anatomía: él siempre me ve preciosa; solo se me queda mirando con una sonrisa en la cara y me dice, después de doce años: "eres tan bonita". Así, como si me viera por primera vez. Me cree capaz de todo, me infla las alas y me da el espacio que necesito cuando se lo pido. Me hace reir, soñar y vibrar. Haría y daría cualquier cosa por su felicidad, porque no puedo imaginar a nadie que pudiera completarme como él lo hace.

Este es el hombre con el que me caso mañana y, a partir de ese momento, pienso dedicar las dos próximas semanas a disfrutar de él.

Así que os doy vacaciones, por un tiempo.

Como soy una mujer muy bondadosa (y os tengo un poco de miedo), no podía dejaros sin el final de la historia. Por tanto, hoy tenéis ración triple. Deseo de todo corazón que os guste y que os deje con una sonrisa en la cara. Os quiero mucho. Gracias por compartir esta bonita historia conmigo.

¡Feliz lectura, Wattpaders!








No hubo ninguna encerrona. De hecho, Brodick apenas le dirigió la palabra durante la cena y aunque sus miradas se encontraron varias veces, él parecía absorto en sus propios pensamientos. Hubiera dado todo lo que tenía por saber qué estaba pensando, qué sentía él después de lo acontecido en la biblioteca. ¿Se sentiría liberado?

    Era un hombre de principios muy férreos y el honor se contaba el primero de ellos. Había logrado entender que se hubiera visto obligado a confesar su afrenta contra su clan al acostarse con ella, lo cual no quería decir que ese fuera el destino que desease. Era lógico pensar que se hubiera ofrecido para el matrimonio porque lo consideraba su obligación; pero Sarah le había liberado de su penitencia y tal vez su mente ahora ya no reparaba más en ella, sino que estaba muy lejos, en la Isla de Barra, luchando con sus demonios. De hecho, él no parecía ni apenado ni preocupado en aquel mismo momento. Su expresión era ausente y pensativa, pero en absoluto disgustado.

    Ella, por su parte, se sentía fastidiada por esta nueva actitud. Podrían pasar mil años y jamás llegaría a comprender a este hombre tan complejo. Su rostro a veces reflejaba fielmente sus emociones, pero se temía que eso sólo sucedía cuando él permitía que los sentimientos aflorasen. El resto del tiempo su expresión era inescrutable, como ahora. Se esforzaba en no observarle con demasiado detenimiento, pues no quería que nadie se diera cuenta de que no podía quitarle los ojos de encima, pero su mirada volvía a él una y otra vez, sin poder evitarlo.

    La atracción que sentía por el vikingo era algo que escapaba a su comprensión. Incluso en aquel momento, cuando estaba tan aturdida por sus confusos sentimientos, no podía dejar de admirar su atractivo rostro, de añorar el tacto de sus musculosos brazos, de sus anchos y fuertes hombros. Él lucía el breacan feile de tartán de los MacNeil, de cuadros azules y verdes con una línea amarilla, sobre un leine de color azul muy oscuro que le quedaba muy ceñido en el pecho y marcaba las líneas de sus duros músculos. Salvo en contadas ocasiones, siempre vestía la tradicional falda escocesa que dejaba a la vista sus poderosas piernas, cosa que a ella le encantaba. De repente, se imaginó vestida con sus colores y volvió a sentir como su corazón se calentaba. Se obligó de nuevo a apartar la vista. Y había pensado que sería fácil volver a tenerlo delante... Menuda tonta.

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