Capítulo cinco

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Olía a rosas. Su cabello desprendía un fragante y delicado aroma a rosas, que todavía permanecía en sus fosas nasales, enardecimiento su sangre.

Le había costado un considerable esfuerzo no estrecharla entre sus brazos y enterrar su nariz en la exquisita curva de su cuello para continuar aspirando aquel aroma que le había hecho cerrar los ojos de puro deseo. Y entonces había notado como ella se envaraba al escuchar sus palabras, como un quejido se escapaba de su garganta. Había querido lamer el lóbulo de aquella oreja pequeñita y rosada, mordisquearlo; y sacar de su garganta otro quejido de pasión, pero se había obligado a apartarse. Ella no parecía muy experta y por nada del mundo quería asustarla.

La deseaba con una fuerza arrolladora. Se preguntaba si su piel también sabría a rosas, si aquel encantador aroma que la acompañaba sería igual de intenso en todos los recovecos de su cuerpo. Quería probarlos todos.

Le había sorprendido. En medio de aquel establo y después de un día de duras faenas, ella olía a rosas; y él estaba loco por poseerla. No podía esperar a que llegase la noche para tenerla tumbada sobre su lecho con sus delicadas piernas rodeando sus caderas mientras él embestía en su lujurioso cuerpo. Quería oír sus gemidos, quería lamer sus carnosos labios y aspirar su dulce aliento. Estaba convencido de que no se resistiría a su seducción; había tenido una pequeña muestra del interés que la muchacha tenía por él. Si hubiese sido indiferente a sus coqueteos, se hubiera apartado o hubiera mostrado desdén. Pero, por el contrario, se había estremecido y había gemido ante su leve contacto. ¡Por Dios, como ansiaba explorar toda esa dulce inocencia que exhibía! Era la mujer más tentadora que hubiese conocido nunca; su caminar y su forma de sonreír la convertían en una criatura sumamente sensual.

Tenía que ser esta noche, no se creía capaz de una larga espera porque la muchacha se le había metido en la cabeza y en la sangre y tenía que sacarla de allí con presteza. No se podía permitir distracciones; y esta preciosa muchacha auguraba ser una a tener en cuenta. No le ocurría a menudo que una mujer despertase en él este desasosiego y esta ansia de posesión. Tenía unos apetitos fuertes, pero solía tener un mayor dominio de sus instintos y la suficiente paciencia como para concentrarse en su trabajo hasta que encontrase un momento apropiado para desfogar su lujuria. Era una disciplina que se aplicaba a sí mismo y que también exigía a sus hombres. No era así con ella. En su cabeza no dejaba de repetirse la escena del establo. No podía apartar de su recuerdo su olor ni su formidable sonrisa. El deseo había sido instantáneo, fulminante. Tan sólo habían pasado unos minutos juntos y se le antojaba que llevaba días enteros esperando para tenerla.

En este mismo momento la estaba observando. Se había recogido el cabello dorado y debía haberse lavado la cara porque ya no lucía los tiznones que le había visto antes. Faenaba arriba y abajo con otros sirvientes, que se acercaban a ella para preguntarle cualquier cosa. Esto le sorprendió; parecía la gobernanta de la casa, pero era extraño que una muchacha tan joven ostentase tanta responsabilidad. Sin embargo, a pesar de ser la que organizaba el trabajo, también la veía arrear cubos de agua y otras tareas igual de pesadas.

No le gustó. Su delicado y menudo cuerpo no estaba hecho para las duras faenas. Tenía una apariencia frágil y una belleza tan etérea que parecía un hada, como aquellas que contaban las historias, de delicada hermosura, que ayudaban a las personas, anunciando y consolando la muerte de un ser querido, como las banshee, agachándose para evitar que tuviera que hacerlo una mujer de mayor edad que la seguía en ese momento y que había dejado caer ruidosamente una bandeja. Se comportaba de una manera protectora y dulce con el resto de los sirvientes, a pesar de ser la más joven.

Cuando se incorporó le buscó con la mirada, sólo un segundo, lo suficiente para que sus mejillas volvieran a sonrosarse de aquella forma tan encantadora. En seguida apartó la vista y llamó a uno de los soldados para pedirle que le ayudara a mover un gran banco de madera. Le hizo gracia comprobar que el soldado la hacía a un lado y sostenía él sólo la pesada pieza mientras ella correteaba detrás sujetando el borde, sin poder prácticamente ejercer ninguna fuerza. Al menos, los hombres de aquel señorío no eran unos completos imbéciles; y evitaban que las jóvenes delicadas y hermosas como aquella hicieran más esfuerzos de los necesarios.

La ofrendaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora