Capítulo veintiuno

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Hola, familia! Antes de que me echéis la bronca, ya os digo que este capítulo es cortito. Mi intención era añadir una escena pero me han puesto ya la fecha de mi examen de oposiciones y ahora soy una mujer enclaustrada.

El próximo será más largo, lo prometo.

Besitos y feliz lectura!

Brodick sintió como ella explotaba alrededor de su miembro, temblaba y se contorsionaba de una manera tan erótica que quedó extasiado por la visión. Se apresuró a silenciar los gritos de éxtasis con su boca, tomó cada uno de ellos en la garganta; una arrogante satisfacción crecía dentro de él ante el desmesurado placer de Sarah. Podía sentir cada tirón de los músculos internos femeninos en la yema de los dedos y en la cabeza de su pene; se retorcía y sollozaba entre sus brazos, respirando con dificultad, desgarrando su corazón de pura felicidad.

Aquella dulce agonía le impulsó más alto que nunca. Embistió con ansias renovadas dentro de su apretado y caliente cuerpo, sintiendo crecer su propio clímax, hasta que miles de rayos le atravesaron y un ronco gruñido escapó de la propia garganta mientras terminaba de mecerse contra ella, de verter su simiente dentro de aquel inocente cuerpo, sintiendo que nunca volvería a ser el mismo hombre.

Después de eso, continuó abrazándola y besando las lágrimas calientes que caían por su mejilla. La mantuvo así durante largos minutos, con sus cuerpos saciados y unidos, hasta que las respiraciones se tranquilizaron; acto seguido, resignado, reacio, abandonó aquella tierna calidez que lo envolvía. Ella se quejó y arrugó la frente con una nueva punzada de dolor, que enseguida se aquietó.

—¿Estás bien?

—Mmmm, sí. —Parecía incapaz de mantener los párpados abiertos, cosa que le pareció encantadora y graciosa.

La besó en la frente y se levantó de la cama. Cogió de una mesa unos lienzos de paño y buscó algo de agua por la habitación. En la mesilla junto a la cama había una copa de peltre tallado y vertió su contenido sobre los paños. Después, se tumbó a su lado y con toda la delicadeza de la que era capaz le limpió los restos de la pasión mutua y de su virginidad. Sarah se estremeció y volvió la cara con vergüenza.

—No sientas timidez, Sarah. Es mi deber cuidar de ti, después del honor que me has concedido.

Se sentía en la obligación de demostrar cuán agradecido estaba por el regalo de su virtud. La acercó a sus brazos y la envolvió en ellos, le acarició la espalda y metió la rodilla entre sus muslos. Aquel debía ser el mejor lugar del mundo...

—¿Siempre es así? —preguntó Sarah, indecisa.

—¿Cómo ha sido para ti? —Siguió acariciando la espalda femenina hasta la unión de las nalgas, a lo que ella respondió arqueándose como un gatito. No dejaba de sorprenderle la naturalidad con que ella se prestaba a cada caricia. A pesar de su inocencia, tenía una sensualidad innata.

—Ha sido muy bello y muy... excitante. Estoy... sorprendida, supongo. Parecía como si el mundo se despedazase ante mis ojos.

Brodick rió ante su franqueza. Era otra de las cosas que le maravillaban de aquella preciosa y valiente mujer: no tenía dobleces ni ocultaba lo que pensaba.

—Aja...

La joven se echó hacia atrás, curvando la espalda sobre su brazo para verle el rostro.

—¿Tú también lo sentiste?

—Sí, Sarah, lo sentí tan intensamente como tú.

—Me alegro —dijo muy complacida.

—De modo que te alegras. —No pudo evitar la risa en su voz, el tono satisfecho y complacido.

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