Capítulo 25

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El estremecimiento de Ethan fue imperceptible para todos, excepto para Thomas y deseó como el infierno estar en cualquier otro sitio que no fuera ése. Si al menos él le hubiera dicho que su padre era un toca pelotas, podría haber evitado esta reunión y haberse ido a algún lugar los dos solos.

— Ethan, es increíble —dijo haciendo hincapié en su nombre a la guapa y tonta chica de Blake— Soy yo el afortunado.

Por el rabillo del ojo Thomas presintió un movimiento y miró hacia las escaleras y vio una versión femenina, descolorida y más mayor de Ethan, tambaleándose por la amplia escalera curvada. Todos siguieron su mirada viendo a una mujer agarrándose firmemente a la barandilla a cada paso. El pelo le caía por el rostro y la forma de su nariz y el color de su cabello eran parecidos a Ethan. Llegó abajo sin levantar la mirada ni una vez, un camarero apareció con una bandeja con champan, tomó una copa que vació rápidamente antes de cambiarla por otra llena y dirigirse a la sala.

De repente lo comprendió: la madre de Ethan era alcohólica.

Podía sentir como Ethan se encogía de vergüenza. Todo lo que quería era que sus padres se comportaran normalmente esa noche ante Thomas. Y como suponía, eso era exactamente lo que no estaban haciendo. Su padre tenía una nueva amante haciéndose pasar por secretaria y su madre estaba ahogando su vergüenza con la bebida. Ethan no quería que Thomas viera esa parte de él y se sentía vulnerable, expuesto, le revolvía el estómago.

— Discúlpenme —dijo huyendo a la cocina, que estaría llena de personal disponiendo la comida y no le prestarían la menor atención. Thomas tendría que apañárselas solo esta noche. Ethan no podía manejar eso.

Solo pensaba en encontrar un lugar donde refugiarse, el lugar en que siempre se escondía cuando era un niño.

Su habitación.

Subió los escalones de dos en dos, y el pasado regresó.

De nuevo tenía tres años, huyendo de las peleas de sus padres, de sus voces alteradas y de sus caras desfiguradas.

Tenía seis años, se preguntaba por qué su madre hablaba tan gracioso, liándose con las palabras en la mesa cuando comían.

Tenía diez años, y odiaba a su padre por hacer que su madre se pusiera triste cuando regresaba tarde a casa, saltándose la cena y odiaba a su madre por ser débil y aceptarlo.

Tenía quince años, subía los escalones y estaba desorientado y confuso por sentirse atraído por un jugador de fútbol que ni siquiera sabía que existía.

Tenía dieciocho años, regresaba a casa por la mañana después de la más maravillosa y horrible noche de su vida, en la que había perdido la virginidad con el jugador estrella de la escuela, el mismo que no lo había mirado ni hablado durante tres años.

Ahora tenía veintitrés años y todavía subía los mismos escalones para esconderse de todo a lo que no quería hacer frente, todavía buscaba a alguien a quien amar, que lo correspondiera.

Giró a la derecha al final de la escalera y por un segundo se preguntó lo que se encontraría tras la puerta cerrada de la habitación de su infancia. Conteniendo la respiración giró el picaporte dorado, todo estaba como lo había dejado. Exactamente igual. Los libros, su cama, incluso sus ropas de adolecente seguían allí.

Todas las cosas que había abandonado, todavía estaban allí, cogiendo polvo, esperando a que regresara por ellas. Su madre no había tocado su cuarto, no había quitado nada. Eso habría sido demasiado esfuerzo para Carol.

De repente se preguntó si él y su madre no serían más parecidos de lo que pensaba, después de todo no estaba más dispuesto que su madre a hacer frente a los recuerdos y las emociones que estaban en esa habitación. Tal vez subir no había sido una buena idea después de todo. Quizás pudiera bajar rápidamente y esperar en la limusina a que la fiesta terminara. Sus padres no notarían su ausencia, no con su padre concentrado en cómo impresionar a sus invitados con Thomas, y su madre bebiendo para olvidar.

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