Capítulo veinticinco.

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Harry parpadeó por unos momentos, tratando de recopilar la información que con anterioridad fue dada. Draco se mantuvo estático, con el leve temblor en su cuerpo, con el miedo de haber perdido sus momentos futuros con el auror. Tarde. Pensó de inmediato, Potter no parecía querer salir de su estupor e impresión. Tampoco dio señales de ello, su estado de estupefacción era asombrosa, lucía como un muerto estrenando su traje en una funeraria; pues había perdido el tono de su piel siendo suplantada por una pálida.

Y Malfoy sintió desfallecer su espíritu de agonía. Potter se había arrodillado delante suyo, no supo con exactitud detonar las expresiones del azabache.

—Draco. —pronunció—Perdón por este silencio, por estos minutos, siendo sincero en estos momentos no tengo ni la menor idea de lo que diré.

Y Malfoy sintió que lo arruinó, que arruinó todo lo que había obtenido con el Salvador del mundo mágico. Pero era mejor a estar callado, era mejor a cargar con aquel extenso peso de culpa.

—Ejem... —respondió escéptico, aclarando su garganta con un leve carraspeo— No te preocupes.

Harry sin embargo sonrió y negó. No iba a desperdiciar aquella oportunidad que tanto había deseado: tiempo atrás el niño-que-vivió tuvo, en frente suyo, la mano del rubio. Le había parecido tan arrogante, tan despectivo, que no dudó en rechazar su oferta.

Pero en este mismo instante, el unigénito no le había ofrecido su amistad y mucho menos eran niños de once años con altos prejuicios. Ahora eran dos personas con apariencia madura y Harry solo continuó sonriendo, miró con atención los ojos del rubio.

Orbes que ahora lucían con vida.

—Draco —masculló— Tú también me gustas.

Por unos segundos el rubio creyó que aquello se trataba de una realidad modificada por sus más deseos secretos. Que aquel no era Potter, que aquello solo era una hermosa ilusión, ilusión que él nunca se cansaría de admirar.

—¿Te gusto?
Me gustas.

Y el mundo de Draco Malfoy se sintió completo por aquel par de palabras. Era increíble como sus emociones comenzaban a depender de esa persona en cuclillas delante suyo. No fue consciente de aquel beso depositado en sus labios y mucho menos el hecho de que tanta cercanía no le molestaba, se sentía seguro, como si todo el infierno que bullía con inquietud en sus pensamientos se hubiera apagado, como el agua apaga al fuego.

Potter representaba todo aquello denominado calma. George, sin embargo era caos. Y su vida ahora mismo se dividía en calma, calma y tranquilidad.

—Potter, eres un tonto, pero me gustas.
Repitió aquello, el azabache sonrió y se levantó. Todo estaba resultando a la perfección, no como lo había planeado, pero ¿que acaso los planes jamás resultan a como lo planteas?

—Ahora que nos hemos confesado—Harry vaciló, frunció con ligereza el ceño y volvió su vista hacia su acompañante— ¿Podrías dejar de llamarme por mi apellido?

Draco sonrió con cierta arrogancia, relamió sus labios y negó.
—Me gusta tu apellido.

—¿Por eso te has empeñado en gastarlo todo el tiempo? —dijo, el rubio sólo rió. Le agradaba aquella -para nada incómoda- situación.

—No, por eso me he empeñado en decirlo y también por el hecho de que te detestaba.

—¿Podrías bajarle a tu sinceridad al menos un 90%? —Draco volvió a reír, amaba el sentido de humor del joven auror.
Spyke ladró, se habían olvidado de la presencia del cachorro.

—Alguien quiere salir. Draco, es tu cachorro, te toca.
Draco solo frunció con ligereza el ceño, pero antes de protestar, sintió unos cálidos labios posar con rapidez sobre los suyos.

Por primera vez sintió un sonrojo agradable quemar sus mejillas, tanto que, siquiera se dio cuenta el cuando Harry Potter abandonó la habitación dejándolo en un nido de pensamientos.

—Spyke. —El cachorro prestó atención ante su mención— Que esto quede entre nosotros.

Y rió, volvió a reír sin amargura, como si el tiempo le esté brindando todo lo que en aquel momento -de torturas y dolores- no supo otorgarle. La calma sumía a su cuerpo, logró dejarse caer de espaldas a la cama y la sonrisa que ahora dibujaba su rostro era intachable.

Se veía feliz. Potter le hacía feliz.

Spyke ladró aún con más insistencia, pero Draco parecía sumido a sus pensamientos que tan sólo se dedicó a mirar al techo y dibujar pequeñas líneas imaginarias sobre esto. ¿Perdía la cordura? Tal vez, ¿el rostro de Potter estaba en sus pensamientos? Desde luego, no se tomó el tiempo de dejarse vencer por los brazos del Morfeo y mucho menos a arruinarle el paseo a un insistente cachorro.

Dicho cachorro que jadeó de felicidad al ver a su amo levantarse​ de la cama.

—Creo que es hora de bajar.

Cargó al San Bernardo en sus brazos y salió de la habitación, jamás se cansaría de mencionar el hecho de que aquel lugar le era agradable y que sin duda alguna todo lucía bien estando ahí.

Harry Potter se encontraba en la sala de estar en compañía de Hermione Granger y Ron Weasley. El trío de oro, reunidos en el sofá como en los viejos tiempos. A Draco le dio nostalgia el no haber pasado su adolescencia en presencia amena del azabache. No supo cuándo y en qué momento, pero sus miradas pronto congeniaron, creando así un súbito y agradable silencio; sólo eran ellos dos, el mundo había detenido su órbita, le agradaba, demasiado.

—¿Para cuándo el beso?
—¡Ronald! —recriminó Hermione a su ahora impertinente esposo. Harry rió, tiñendo sus mejillas de rosado—Es obvio que si Harry besara a Draco lo haría en privado.

Ahora fue el turno de ver las mejillas de Draco volver a tomar un tono rosado. Harry supo dedicarle una sonrisa relajada, se sintió en casa.

Era demasiado bueno para ser real, sólo esperaba que lo siguiera siendo.


{lamento mucho la demora, pero los deberes me mantenían ocupada. Espero que les esté gustando la historia. Me encanta escribirla, aunque ahora el capítulo parezca de relleno, pues estoy esperando para que se aproxime el final y pronto las mejores partes ¿?
Voten y comenten. }

Subastado. |Harco. Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora