Capítulo IV

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—Tranquilo, Draco.

—¿Por qué le hablas así si siempre te ha tratado mal? —dijo Harry frunciendo el entrecejo.

—Oye, Granger... —dijo Lavender mientras le arrogaba un muffin lleno de crema batida en la cara.

—No te atreviste a hacer eso, Lavender... —dicho esto, Hermione tomó un vaso lleno de jugo de Calabaza y lo arrojó directo a la nariz de la rubia.

Lavender arrogó otro muffin por los aires, sin embargo aterrizó en la mejilla de Ginny. Harry devolvió el acto a Lavender. Mientras empezaba lo que parecía ser una promiscua guerra de comida, Draco estaba a punto de empezar una pelea real con Ron pero el mejor amigo de este intervino.

Sin pasar 30 segundos, ya todos estaban tirando comida a diestra y siniestra, Hermione, a pesar de que resbalo tres veces, seguía gritándole a Lavender.

Por otro lado, Draco se encontraba amenazando a Ron y Harry estaba en medio de los dos. En menos de 2 segundos, Draco arrojó a Harry por una esquina y Weasley fue bienvenido en el suelo.

Cuan dos niños pequeños, Ron y Draco se encontraban en un dilema por ver quien reinaba el suelo lleno de comida. El Gran Comedor era una combinación entre quejas y risas. Algunos lo tomaron como una forma de desestresarse, mientras otros realmente no podían vivir con la idea de ver puré de papa volando por los aires.

<Qué asco>, <Ja ja, mira donde quedó el tocino>, <¡Quítamelo, quítamelo!>

Niños, adolescentes y otros no tan pequeños estaban devolviendo a su cerebro los recuerdos de cuando eran niños pequeños y no recibían regaños, si no risas y aplausos por la "pequeña" e inocente travesura.

—No puedo creer que tus celos enfermos y tóxicos lleguen a querer impugnar mi amistad con Ronald.

—¡CÁLLATE, ARRUINA HOGARES! —otro muffin directo a la sien.

—Lavender, deja de ser tan infantil.

Hermione pasó de estar enojada a sentirse decepcionada, su pequeña diferencia había logrado una pelea de comida con las sobras del banquete que fue servido desde temprano. Todo ya era demasiado asqueroso para permanecer en el lugar. Sentía mucha pena y culpa por quien tuviera que limpiar el desastre.

—¡ALTO! —gritó una voz desde la puerta del Gran Comedor.

—Dumbledore —susurraron muchos a la vez.

—Señorita Granger, Señorita Brown, Señores Weasley, Potter y Malfoy —dijo Dumbledore mientras los señalaba con un delgado y arrugado dedo-, vengan conmigo, por favor.

Todo el camino estuvo en completo silencio, excepto por el rechinido de los zapatos que se encontraba empapado en diferentes viscosidades y pedazos de comida. Finalmente llegaron a la oficina de Dumbledore.

—Cucurucho de Cucarachas —dijo Dumbledore.

De repente, la gárgola revivió y se movió a un lado. Todos entraron uno por uno por el resquicio que había entre las paredes y accedieron a una escalera de caracol de piedra que empezó a ascender lentamente, se detuvo y dejó frente a ellos una puerta de roble pulido con aldaba de bronce. Dumbledore lideraba el desfile, seguido de Hermione y Lavender y, por el último; Ron, Harry y Draco. Dentro de la oficina ya se encontraban dos personas; Minerva McGonagall y Severus Snape; los jefes de sus respectivas casas.

—Creo que son obvias las razones por las que están aquí —dijo Dumbledore tranquilamente—. Señorita Granger, ¿tiene algo que decir en su defensa?

La castaña se quedó en silencio varios segundos, engañar a Dumbledore era como intentar revertir el efecto de la gravedad. Si no pensaba bien sus palabras, podía terminar con un castigo peor.

—¡Lavender empezó!

No las pensó.

—Te le estabas insinuando a mi novio...

—¡Es uno de mis mejores amigos!

—Tranquilas, señoritas. —dijo McGonagall con sorpresa en el rostro.

—Malfoy, Weasley, Potter, ¿qué hicieron? —dijo Snape con furia.

—Draco me quería golpear. —dijo Ron de forma indiferente, creía firmemente en que no había hecho nada malo de lo cual pudieran culpar, excepto claramente, el ser un Weasley.

Draco bufó para sí, no podía defenderse en este punto.

—Él lo provocó... Igual es un traídor.

—Silencio —Snape realizó una mueca nada aliviante—. Potter, imaginé que usted estaría acá.

—Él es sólo un testigo, Severus. —aseguró el más anciano de la sala.

—Testigo, ¿eh?

—Bueno, viendo lo sucedido tendremos que castigarlos, Severus, podrías encargarte de los caballeros y Minerva de las señoritas—dijo Dumbledore retirándose.

—Por supuesto—dijeron al unísono, sin embargo, Snape lo dijo en un tono mucho más frío y con un toque malvado.

—Señoritas, ustedes limpiarán el Gran Comedor, y sin reproches ni pucheros ¡por Merlín! —hizo ademanes con las manos al observar los rostros de gato regañado en ambas chicas— Ya deberían entender las consecuencias de sus actos, no son más unas niñas. Síganme, iremos por los implementos de limpieza. ¡Ah! Severus, si Weasley si termina rápido lo que sea que lo pondrás a hacer, envíalo a ayudar a las señoritas. Potter, puedes irte.

—¿De verdad?

—Sí, ¡vete antes de que me arrepienta!

—No se diga más. ¡Adiós! —el peli azabache le envió una sonrisa maliciosa a Ron y se fue.

—Señoritas, vayan a cambiarse y las espero en el Gran Comedor antes de que cuente a diez —las chicas dudaron un segundo—. Dije diez, no cien.

Hermione, Lavender y la profesora McGonagall se fueron, dejando a Snape y a los chicos solos.

—Así que peleando, ¿eh? Si tan dispuestos estaban a pelear, ¿por qué no pelean ahora? —ambos chicos se quedaron en silencio— No, ¿cierto? Bueno, entonces ¿qué tal si vamos a limpiar el Salón de Pociones?

—Pero... —dijeron ambos al unísono.

—Nada de peros. Vamos de una vez, insolentes.

—¿No sería prudente que dejara cambiarnos la ropa? Como a las chicas —preguntó Draco lanzandole una mirada asesina a Snape con los labios fruncidos.

—Tiene razon, señor Malfoy —contestó con su voz fría.

—Por supuesto que la tengo.

—Vaya a cambiarse.

—¿Y yo? —preguntó Ron mientras abría la boca.

-Usted se calla.

A un Paso del Amor -EDITANDO-Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora