Gato de la suerte

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Aviso: Heller emplea el lenguaje de señas para comunicarse. 

¡Ruko esta de racha!

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Heller sabía que era joven, que le faltaba tanto por conocer y entender. Pasarían siglos antes de que ella pudiera heredar el puesto de su amado padre, antes de ser considerada una digna heredera y gobernante de su pueblo.

Su juventud le hacía ser imprudente, impulsiva e irresponsable. Por más que lo negara e intentase pensar antes de actuar, no lograba controlar su curiosidad y ansias de comerse el mundo a grandes y voraces mordidas. La gula del conocimiento la engullía y ella lo sabía perfectamente; era algo con lo cual no podía combatir.

—La curiosidad mato al gato—.

Heller respingó en su lugar, apretando los puños sobre sus rodillas y la mirada fija en el suelo. El sudor frío corría de su frente hasta su cuello, sentía la piel de gallina bajo su sudadera y su corazón palpitaba frenéticamente en su pecho.

La curiosidad mato al gato y, posiblemente, a Heller. En su inmensa curiosidad terminó llegando al cielo, aquel sagrado lugar que su padre le había prohibido visitar sola. Lugar que ella había visto tan contadas veces que la seguía fascinando, lugar fuera de sus límites de juego.

Todo habría estado bien, habría regresado con su padre y callado sobre su pequeña expedición, pero terminó siendo descubierta. El ángel de largos cabellos negros la atrapó husmeando y no tardó en llevarla ante el Dios para, seguramente, ser castigada por meterse donde no era invitada.

Sabía del Dios, le había visto un par de veces en aquellas visitas que su padre hacía, pero jamás había conversado o estado frente suyo. Su padre un par de veces había soltado la lengua de cuan agraciado era el Dios físicamente, aunque a Heller le parecía más un profesor cansado y molesto ante las tonterías de sus alumnos.

El Dios retiró el cigarrillo de sus labios y exhaló. —Pero tú no eres un gato, que suerte—. Dijo sonriendo, un tinte de diversión en su voz.

Heller se permitió una sonrisa corta, aún no convencida de que hacer ante eso. ¿Significaba que estaba libre de problemas? ¿Qué no la castigaría? ¿Qué su padre no se enteraría de que lo había desobedecido? La sonrisa del Dios desapareció, regresando el nerviosismo a la chica.

—¿Tu padre te ha enviado? —. Heller dudó, pero negó. —¿Tienes algún negocio con mis subordinados? —. La chica negó una vez más. —Qué haces aquí—.

La voz demandante y contundente le dijo que el Dios no quería excusas ni mentirillas blancas, dio un largo y pesado suspiro, sabía que seguir callando causaría algo más que un simple castigo por parte del Dios y su padre. Levantó las manos y las comenzó a mover, dejándole saber al Dios por qué había andado a hurtadillas en el cielo.

Curiosidad, señor, mera curiosidad mía sobre como es el cielo—. Cerró los ojos con pesar. —Lamento mi falta de respeto—.

Dejó caer sus manos sobre su regazo una vez más, su mirada ahora fija en el Dios. Pasaron unos segundos que se sintieron interminables sin una respuesta del mayor, lo cual dejó a Heller con dudas, ¿le había entendido? ¿Y si el Dios no sabía el lenguaje de señas? El miedo reptó en ella, si él no la había entendido de seguro pensó que se estaba burlando de él.

—Tsurugigozen—.

La voz del Dios la sobresaltó y la puerta de la oficina se abrió, dejando ver al ángel que la había atrapado. El Dios se levantó e incitó a Heller a hacer lo mismo, el mayor pasó el brazo por los hombros de la chica y la guió lentamente a la entrada.

—Te lo dejare ir con una advertencia—. Dijo sin mirarla. —Si vuelve a pasar, le diré a tu padre—.

Se detuvieron en la entrada, el ángel esperando por ella. El Dios acarició los cabellos de Heller, con tal cuidado que Heller sintió derretirse ahí mismo. Una sonrisa apareció en el rostro de la chica y se apresuró a levantar las manos una vez más.

¡Muchas gracias! Le prometo que no volverá a suceder—.

Fumus asintió y le regaló una sonrisa más. —No hay de que—.

La mano del Dios bajó hasta la mejilla de la chica y acarició la tersa piel, la sonrisa aún en los delgados labios de Heller; no podía creer que se había salvado de una buena, además de que el Dios no le diría a su padre. Fumus la soltó y le indicó a Tsurugigozen que la escoltara a la salida, Heller agradeció una vez más y le dio la espalda al Dios para seguir al ángel.

A sus espaldas escuchó la susurrante voz del Dios, ronca y tenebrosa. —Suerte que no eres un gato—. Cuando Heller giró para ver si había escuchado bien, notó las grandes puertas cerradas.    

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No quiero acabar este libro ya que me quedan exactamente cuatro personajes, ¿alguien sabe como se llama la Diosa que parece egipcia/griega y su Diablo? ¿O el nombre del Dios tapir? :(

One shot, One killDonde viven las historias. Descúbrelo ahora