doce

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—Te estás comiendo mis fideos instantáneos... —Murmuró, casi como una amenaza de muerte, además de mirarme como tal.

—Sí... Tú dijiste que estabas cansado de comer fideos instantáneos, así que, sí. Yo me los como. —Dije, llegando demasiados a mi boca— No se debe de desperdiciar nada de comida.

—¡Eres un...!

—Cállate, en la cocina hay más. Pero si ya no quieres fideos, prepárate otra cosa, yo que sé. Igual, es como si estuvieras en tu casa... —Murmuré, mirándolo de pies a cabeza, vaya que sí, acababa de tomar una ducha en mí casa.

Desapareció de ahí, dejando que siguiera viendo tranquilamente la televisión. Centrado en cada frase y movimientos de los personajes.

—Sigo sin entender porqué te gusta Harry...

Chasquee mis dientes. Preferí terminar con mis fideos antes de siquiera decir algo al respecto. Ahora con mayor razón estaría molestándome este pedazo de idiota.

—¿Puedes dejar de molestar?

—¡Qué asco! —Se quejó— ¡No hables con la boca llena de comida! Ugh.

Reí por su reacción. Obteniendo lo que quería, que se retirará.

—Yah, dime. ¿Qué le viste? —Apareció de nuevo— Tu mejor amigo quiere saberlo... —Canturreó, usando esa excusa para que le contará.

—Es lindo... —Me encogí de hombros— Llama la atención en todos, y a mi, me encanta más que nada es como... ¿De qué te ríes pedazo de idiota? —Golpeé su brazo con mi pie, empujándolo también.

—¡Eso dolió!

Daba suaves caricias en el lugar que había golpeado, la verdad es que poco me importaba el hecho de haberle pegado. Es decir, él mismo se lo buscó por reírse de mi. Si se iba a reír de mi respuesta a su pregunta, ¿Para qué me preguntaba?

—Eres un idiota. Siempre lo has sido.

—Sí y, mírame. Sigues siendo mi amigo. Mi mejor amigo. —Sonrió con cinismo— Te encanto como mejor amigo, Noah. Y vayan que han sido largos años...

—Cállate. —Le lancé el cojín, justamente en el rostro. Sonreí por ello, acomodándome mejor en mi lugar, subiendo mis piernas y abrazándome a ellas.

Continuamos mirando televisión, al contrario que él comía cereal, acabándose el poco que quedó en la caja de cereal. Ahora no tendría que desayunar para el día de mañana...







—Estúpido Mark... —Bufé. Tomé las llaves y mi cartera, guardando ambas en mis bolsillos de los jeans, al igual que guardaba mi teléfono celular.

Cerré la puerta de la casa, después de apagar todas las luces. Papá y mamá no estaban, otra fiesta de negocios, por supuesto. Una fiesta entre semana. Ya ni siquiera los entendía, tampoco quería meterme en sus asuntos.

Caminé largas calles, comenzando a adentrarme en las calles más habitadas de la ciudad, siendo más bien, el centro de esta misma. Suspire mirando a las gentes yendo y viniendo, unos cargadas de bolsas u otras simplemente apresuradas por llegar a casa después de una larga jornada de trabajo.

Tropecé con una persona al dar vuelta en la siguiente calle, me disculpe rápidamente, recibiendo a cambio un jodido insulto. ¿Se podría estar más idiota?

Ahora me reprendía por haber salido de casa, por haber dejado que Mark se acabará todo mi cereal, por haberlo dejado ir a casa, por contarle mi secreto absurdo y vergonzoso.

Pero, ¿Qué más daba? Lo hecho, hecho estaba.

Entré al supermercado. Anduve por los pasillos a pasos lentos, en cualquier momento oscurecería y yo tendría que andar por las oscuras calles de la ciudad. Como un tonto ciervo asustado.

N O T E SDonde viven las historias. Descúbrelo ahora