Adiós

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"So one, two, three, take my hand and come with me because you look so fine that I really wanna make you mine. I say you look so fine that I really wanna make you mine... Big black boots, longs blonde hair, he's so sweet with her back stare"

Por un momento su objetivo se había visto casi por completado. Era una fiesta más; ¿una fiesta más?

Jesús claro que no era una fiesta más

Lo único que tenía en común con las otras fiestas era el fuerte ruido de la música que se fusionaba en una imperfecta armonía con las voces, el ruido de los vasos de plástico, y los cánticos animosos de la gente. Tenía también en común esa sensación de no poder caminar entre las personas, por los angostos dos centímetros que separaban a unos de otros.

El trigreño sabía a ciencia cierta que no estaba allí por pasarlo en grande, como solía ser. No había ni un solo lazo que le uniese al gran barullo en el centro del salón de la casa de Tom. Bueno, quizás sí había uno. Quizás su lazo con toda aquella pantomina era simple y llanamente el torturarse. El buscar con la mirada a unos rizos dorados entre las cabezas.

Quería ver la misma imagen que vio el primer día que vio a Billy, para al menos convencerse de que era el capullo que cuadraba en su teoría. En su teoría, qué planeado suena todo. Sin embargo era consciente de que de haber sido planeado no estaría en lo más alto de la escalera, con una botella y un vaso de chupito. Porque todos se quejaban del angustioso calor, pero nadie se quejaba de los cuarenta grados del whiskey; ni siquiera él lo hacía.

Steve se preguntaba si su salvador y berdugo pensaba en él como bien hacía ahora mismo. Si vislumbraba su rostro entre la gente, o si escuchaba su voz en cada voz extraña.

Era tal el sentimiento que tenía, que ni dos botellas de Belvedere le hubiesen hecho balancearse ligeramente a los costados al caminar.

Se levantó de la escalera abriendo paso a una juguetona pareja, directa a una de las habitaciones a hacer las camas, pasar la escoba, y regar las plantas, (claramente). ¿Qué otra cosa podían hacer dos adolescentes cachondos en una habitación ajena?

Tenía un mal presentimiento de todo aquello, después de todo cabía la posibilidad de que ya no correspondiese a esa clase de sitios. Por esta razón e innumerables otras más, comenzó a bajar los escalones de uno en uno, pesado, como si en lugar de zapatos llevase placas de plomo. Vale, puede, tan solo puede, que se hubiese excedido ligeramente con el whiskey.

Me detuve en el penúltimo escalón a penas sin inmutarse, tratando de discernir la ficción de la realidad.

El rey de la fiesta había llegado, no lo sabía por su pelo, sino por el fuerte (si más se podía) jaleo.

Me apuré todo lo que pude hasta la puerta; quizás la compañía de Dustin no era tan horrible después todo, y quizás aún podía llegar a tiempo de jugar a algo en la consola.

Hubiese sido posible de no haber sido de la fuerza que me atrapó en el segundo que pisé el césped del jardín.

POV. NARRADORA

—Espera, espera... ¿Ya te marchas?

Steve tenía esta tensión en cada músculo de su cuerpo que le gritaba golpear al bonito rostro ahora yaciente frente a su jepeto.

—Sí, creo que estaba bien hasta que has aparecido.—Rió amargamente. Billy solo cargó todo el peso en una pierna, pasando la lengua por el interior de su mejilla.

—Mira... Siento lo de... Ya sabes el qué. Si fuese algo malo me hubiese escondido de ti, ¿no crees?

—Oh, no, para nada es algo malo, tan solo le metiste la lengua hasta el paladar delante mío a la puta novia de Tom.—Un par de personas que llegaban miraron de reojo, juzgando. Steve decía cada palabra con énfasis e ironía. Ya no solo por el exceso de whiskey (que también) sino que su carácter le hacía actuar así cuando algo le dolía.

—Quería vengarme del todo de Tom. Ya está, él lo vio, y decidimos quedar en paz.

—¿Ahora estáis en paz? Me alegro de que hayáis retomado la amistad. Ahora aléjate de mí.—Aceleró hasta llegar a su coche, tratando de no parece demasiado ebrio. Billy le perseguía sin acercarse demasiado, y con miedo de verle cenando el bordillo de la acera.

—Eh, no te he dicho que te largues. Quieto.—Y como si un mecanismo se hubiese activado en Harrington, se detuvo antes de abrir la puerta del vehículo.—Sé que fue una estupidez. No debí hacerlo. Lo siento. No he pedido perdón en mi vida. ¿Qué más quieres que te diga?

—¿Me quieres?—Billy frunció el ceño en una mueca de incomprensión.—Quiero saber si me quieres o todo esto es un juego temporal.

—Te he hecho ilusiones para nada, lo siento.—Steve estaba atónito. Miró a los ojos a Billy por unos segundos. —Estoy bromeando no me mires así te lo ruego.—Puso su mano en la mejilla del moreno, echando breves ojeadas a sus labios, como pidiendo permiso. Y esa vez no miró si había alguien cerca, solo dio un tierno beso.—¿Responde eso a tu pregunta?—Pero la respuesta de Steve no fue la esperada. Agachó la cabeza en culpabilidad.

—Quiero estar contigo. Sin juegos, sin problemas. Entiendo que tú llevas otro ritmo. He intentado adaptarme pero no puedo... Busca un trabajo, o algo... Pero no puedo seguir con esto. Ni siquiera he logrado sacarme la puta formación profesional. Mi padre me va a echar de casa, he perdido todo el año. Lo siento.

Intentó entrar al vehículo de nuevo pero Billy cerró la puerta instantáneamente, aprisionando el cuerpo del menor entre él y el frío material.

En condiciones normales el rubio hubiese sacado un cigarro y hubiese respondido.

"Bien, haz lo que quieras, me da lo mismo".

Pero no podía. Era incapaz de perderle, el simple pensamiento de hacerlo le parecía abrumador. Sin embargo era malo para expresar lo que sentía. Era un chico extrovertido, ¿debían venirle las palabras, no? Pues no. Se quedó en silencio sin saber qué decir, como si toda su seguridad se hubiese desvanecido e ido a otro lugar.

—Madura, Billy.—Empujó con suavidad el brazo del susodicho, entrando al coche, y arrancando.

Así empezó, en un coche con uno de los dos borrachos tras una fiesta, ¿y así acabaría?

 Chico Bonito | HarringroveDonde viven las historias. Descúbrelo ahora