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Cuando Jaemin despertó, el rubor inundó sus mejillas al ver a Jeno desnudo durmiendo a su lado. Sonrió al recordar lo maravilloso que había sido el sexo la noche anterior, o esa mañana, considerando lo tarde que había llegado al departamento. Tomó una ducha, se puso un poco del perfume del mayor, y salió a la cocina a preparar algo para desayunar mientras se movía aquí y allá al ritmo de alguna canción retro.

Se encontraba tarareando mientras, con cuidado, colocaba los últimos panqueques en un platón y con su otra mano sostenía un tazón de crema, pero el toque de manos fuertes en su cintura le hizo sobresaltarse, provocando que un poco de la crema batida que pretendía colocar encima, ensuciara sus dedos.

― ¡Jeno!

―Oh, lo siento, Nana ―Jeno rio, ayudó a Jaemin a dejar las cosas en la isla al centro y lo tomó de las muñecas, lamiendo en donde tenía crema para limpiarlo. Chupó sus dedos con devoción, besó sus nudillos y le miró a los ojos con una sensualidad que derritió el temple del menor, quien deseó mandar el desayuno al demonio para volver a la cama con su daddy―. ¿No es muy temprano para que me hagas perder el control? ―murmuró coqueto, sonriendo de lado al ver que Nana iba perdiendo la cordura.

―Pensé que te habías olvidado de mí, debo esforzarme más en tenerte contento ―Jaemin sonrió, recibiendo con gusto el beso lento en el que Jeno atrapó su boca, y jadeando ante la sensación de sus fuertes manos encerrando su pequeña cintura. Ambos respiraron agitados por el beso, y el menor sonrió satisfecho.

―Nunca vuelvas a pensar así ―Jeno lo consoló, apartando el flequillo que caía por su frente―. Vayamos a desayunar.

El desayuno se fue entre risas y besos esporádicos, y en ocasiones, más besos que panecillos y jugo, en momentos donde Jaemin se sentía volar entre nubes de estrellas.

Aunque esa atmósfera se desvaneció demasiado rápido, dando paso a un Jaemin enfadado y al Jeno indiferente que paulatinamente, comenzaba a detestar.

― ¡Pensé que te quedarías! Baby no quiere irse a casa solito ―Jaemin abultó los labios en un último intento por que el mayor se detuviera de ajustarse la corbata. Apenas terminaron de desayunar, Jeno se fue a vestir listo para irse al trabajo.

―Tengo muchos pendientes, Nana ―agregó desinteresadamente, terminando de colocarse el saco.

―Estuviste toda una semana ocupado con el trabajo, ¿y todavía te quedan pendientes?

―Así son los negocios ―suspiró, dedicándole una última mirada antes de tomar sus llaves. Jaemin se rindió ante el abrazo en el que lo envolvió el mayor, dejó que le acariciara la espalda y mimara sus cabellos, en un tenue intento de pedir perdón sin pronunciarlo como tal―. Te llevaré al dormitorio, Nana, te veré abajo en cinco minutos.

Jaemin resopló, sintiendo que el mayor lo dejaba de lado más de lo que a él le gustaría. De pronto, las palabras de Renjun volvieron a su mente, recordándole que era verdad lo de ser solo un trofeo que podía presumir para después dejar de lado.

Jaemin... o más bien, Nana, no era más que un simple trofeo.

Casi quiso deshacerse de todos esos juguetes sexuales que había llevado, algunos sirvieron, otros simplemente fueron a pasear al departamento, pero de todas formas, Jaemin no quería verlos más. Era como si fuera él quien ponía únicamente de su parte para que su dinámica funcionara, y aunque bien podría quedarse en su dormitorio sentado, esperando a que los tres meses de contrato terminaran, no iba a dejar de admitir que pasar tiempo con Jeno era agradable.

No era solo por el sexo, o por el dinero, el mayor era increíblemente atractivo y tenía ese poder magnético que lo atraía a él una y otra, y otra vez, sin descanso. Y aunque Jaemin no quería aferrarse, ahí estaba de nuevo, cayendo ante su embrujo, enojándose por sus ausencias y huidas cuando no tenía derecho alguno sobre él.

Distaste | nominDonde viven las historias. Descúbrelo ahora