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Jeno era un hombre casado; Jaemin era su amante.

Pero Jeno también era un homosexual encadenado a un matrimonio arreglado, por años oculto, solitario. Pese a ello, en sus brazos dormitaba ahora el cuerpo de otro hombre, ambos acariciándose perezosamente en el silencio de la madrugada. Jaemin dejaba tiernos besos en su cuello, entre sus piernas descansaba la virilidad del mayor que descaradamente se endurecía con el contacto de sus cuerpos desnudos. Ninguno tenía necesidad de hablar o de decirlo, porque ambos lo comprendían: todo esto era un nuevo inicio, una nueva oportunidad de tenerse por completo y sin restricciones.

Jaemin respiró profundo, levantó la cabeza y unió la punta de su pequeña nariz con la de Jeno, y ambos compartieron un lánguido beso que pronto incrementó su intensidad. Se sintió renovado cuando los brazos del mayor lo apretaron más hacia su pecho, como si le quisiera hacer entender lo mucho que necesitaba de su cercanía. Jaemin lo amaba tanto, y ya no tenía que ocultar ese amor.

El chico tembló cuando los besos de Jeno subieron hacia su frente, tan suaves y cosquilleantes que le hicieron sonreír. Jaemin se acercó a su mejilla y ahí dejó más besos igual de amorosos, sonriéndose ambos con satisfacción.

―Quiero que te quedes conmigo.

Jaemin asintió, sus manos se pasearon por el torso del mayor hasta ascender a su rostro de porcelana, acariciando dulcemente su mejilla. Sus ojos destelleaban en agonía, en un sufrimiento que por tanto tiempo ocultó bajo su piel, y Jaemin lamentó haber sido cruel con ese hombre que solo buscaba un refugio en medio de su soledad.

―Me quedaré, lo sabes.

Con sus piernas aún entrelazadas, ambos hombres compartieron un nuevo beso, igual de lento, igual de eléctrico. O tal vez era la excitación en sus cuerpos, en el vientre de Jaemin que rozaba el miembro erecto de Jeno, o en la pelvis de Jeno, que con movimientos sutiles estimulaba la erección de Jaemin.

―Lo sé ―murmuró el mayor, rompiendo el beso y deseando volver a atrapar su boca, pero resistiéndose tanto como pudo por el momento―. Pero... ¿lo harías aunque no estuviera contigo siempre, Jaemin? Sabes que tengo otras responsabilidades, y aunque quisiera darte toda mi atención...

Jaemin asintió sin dudar, con los ojos cristalizados por la melancolía. El hombre frente a él estaba dividido entre dos vidas, pero Jaemin únicamente quería que él fuera uno solo. Un solo Jeno que no tuviera que elegir entre ser padre y el amor de su vida, sino que fuera ambos sin temor a perder alguno.

―Lo sé, Jeno, y no quiero que te sientas presionado, sino todo lo contrario. Sé que amas a tus hijas, y si me lo permitieras, yo también las voy a amar, Jeno. Son una parte de ti ―le aseguró con voz suave, mimando los cabellos tras su oreja―. El que estés conmigo no quiere decir que te haga elegir entre ellas o yo, eso nunca va a pasar. Además de que no hay punto de comparación, yo jamás intentaría pasar sobre ellas, ¿me entiendes?

Jeno asintió, el ceño antes fruncido en preocupación se relajó para dar paso a una sonrisa tranquila. Compartieron otro beso, y otro, y otro más para sellar ese amor, para asegurarse el uno al otro que su unión se había fortalecido como nunca.

―Ellas te amarían también ―susurró entre el beso, acomodando perezosamente al chico sobre su cuerpo―. Eres encantador, adorable, hermoso...

― ¿Soy hermoso? ―Jaemin dejó escapar una sonrisa divertida, Jeno se deleitó con la imagen de sus interminables pestañas y la amplia sonrisa que ocasionaban sus besos en la piel dorada del menor.

―Como nadie más, Nana.

Ahora las sonrisas se convirtieron en toques urgentes que luego se apaciguaron, y aunque el deseo era veloz, las manos lentas y los besos tiernos se tomaban su tiempo en el cuerpo ajeno. El mayor succionó la dulce piel a su alcance, desde el sensual cuello largo hasta el pecho firme del menor sentado a horcajadas sobre su regazo, sus besos descendiendo hasta el vientre plano y recostándolo de nuevo para alcanzar las piernas torneadas.

Distaste | nominDonde viven las historias. Descúbrelo ahora