I | La Lágrima de Coatlicue |

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| Música de Multimedia: Impermanence - Lisa Gerrand |

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"La tristeza se aleja sobre las alas del tiempo".

Jean de la Fontaine—.

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Febrero-2346

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Febrero-2346

El invierno en el hemisferio norte de la nueva Tierra estaba en sus últimos días aunque el Sol apenas daba la suficiente energía para todos los seres bióticos de la capital de la Federación.

Los habitantes de la nueva Tierra agradecieron que en aquel año, el clima había sido clemente con ellos, dejando a un lado su clara bipolaridad; las calles de la capital de la Federación renacían con los primeros rayos solares, los automóviles eficientes se adueñaron de las carreteras y las personas tomaban los transportes hacia sus trabajos soñados en los enormes rascacielos que rodeaban la Base Central de la Federación.

En uno de los lugares más apartados del centro, se alzaba uno de los edificios más imponentes y enormes de la Capital de la Federación: el Hospital Militar, una estructura de cuarenta y ocho pisos, hogar de los héroes heridos durante la eterna guerra de la Humanidad. En los últimos seis pisos los pasillos conservaban su tonalidad blanca, eran limpios y estaban vacíos, no había ni una sola capa de polvo, ahí radicaban los pacientes de planta.

En el penúltimo piso, se encontraba un niño de diez años recién cumplidos, de ojos saltones, cabello rizado oscuro y mentón cuadrado, escondido detrás de un par de camillas.

—¡No me vas a encontrar! —exclamó el infante de forma burlona—. No vas a poder encontrarme, mami.

En la divergencia del pasillo, salió una mujer de casi tres décadas de edad con unos ojos color miel, de igual cabello negro rizado recogido en una coleta alta, de complexión delgada y metro sesenta y ocho.

—Te voy a encontrar, Emmanuel —susurró con perspicacia la mujer—. No porque sea tu cumpleaños te voy a dejar ganar...

Emmanuel Ferrel se llevó las manos a la boca, aguantando la respiración ante el peligro; si algo le han enseñado las películas de guerra, es a controlar sus nervios.

Piltsin¹. —La mujer comenzó a caminar a lo largo del pasillo, viendo, de reojo, la puerta de la habitación de su hermano—. Si me dices dónde estás, prometo que te voy a comprar un chocolate enorme...

Emmanuel giró la cabeza noventa grados, moviendo sin querer las camillas, pensando en la tentativa proposición de su progenitora.

La pelinegra se dio cuenta del descuido de su pequeño, sonriendo con alegría, su victoria era cuestión de tiempo.

Dioses Decadentes: Leyenda I | *Corrigiendo* |Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora