| Primera Parte de la Trilogía "Leyenda" |
"El límite entre lo correcto e incorrecto es endeble".
La humanidad ha llegado a la cúspide de su evolución, sin embargo la vida en la Nueva Tierra no es pacífica.
La guerra ha transformado los ideales de...
"Exponte a tu miedo más profundo; después de eso, el miedo no tiene poder, y el miedo a la libertad se encoge y desaparece. Eres libre".
Jim Morrison—.
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El frío viento del amanecer penetró a través de la ventana alta de la celda, provocando que un ligero sabor a óxido penetrara, causado por las barreras que separaban a los presos de su libertad.
El olor le llegó a la nariz de Luis Perales, Identificador: Wisconsin, el cual comenzaba su típico rondín matutino en la zona C-2, vigilando a los presos. Había de todo: personas rezando a sus respectivos Dioses, algunos lanzaban insultos y otros exigían su libertad, argumentando su inocencia, otros tantos, dormían sin preocupaciones.
Pero había un ruido que Wisconsin identificaba por encima de todo, uno que se había asegurado de proteger desde que comenzó a ser un guardia. Silbando animadamente, Luis se acercó a la última celda, el lugar donde se encontraba su mejor amigo.
—¡Despertaste temprano, Gabriel! —exclamó mientras se detenía enfrente a los barrotes de titanio y campo de energía . Gabriel sonrió.
La celda de Gabriel Dankworth, Identificador: Apolo, estaba muy vacía, cosa que reflejaba la limpieza del lugar, los únicos artefactos que él tenía era una cama, un saco de box y una letrina. Gabriel estaba cómodo con lo poco que tenía. Con su buena conducta, lograba trabajar lo justo limpiando el patio de la prisión, justo para poder mantener la protección de la Federación y así evitar que lo movieran con los miembros capturados de la Resistencia, aquellos con sed de venganza.
—Es el día, Wisconsin —respondió Gabriel mientras golpeaba el saco de box con júbilo. El guardia negó—. Por fin desaparecerá esta maldita marca.
—Han pasado dieciocho meses y ¿sigues diciéndome por el Identificador? —Perales desactivó el campo energético y se recargó sobre los barrotes mientras sacaba una barra de chocolate. Gabriel detuvo su entrenamiento, moviendo su melena a la par de elevar su faz—. ¿Qué? Es para celebrar que por fin te irás de aquí, Apolo.
Gabriel se acercó a la puerta, aceptando el regalo de su amigo y chocando tableta con tableta. Este era un gran día para él. Había aceptado el trato de la General.
Por fin sería libre.
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