Claudia llegó al aeropuerto de Fiumicino ocultándose tras unas gafas de sol enormes, como si buscara esconderse del mundo o de la resaca monumental que llevaba encima. Los auriculares gigantes, marca registrada de sus viajes, retumbaban con J Balvin a todo volumen: "Yo pedí un trago y ella la botella...". Con la noche anterior todavía pegada a la piel, caminaba como si Roma le hubiera pasado por encima.
A su lado, Georgina posaba apoyada en su maleta, maquillada como si fuese a grabar un anuncio de perfume y no a subirse a un vuelo low cost. Entre filtros, poses y vídeos para Instagram, parecía convencida de que la sala de espera era un set personal.
—¿Tía, no te cansas de subir historias? —gruñó Claudia.
—A ver, amiga, sé que tu Instagram apesta —respondió Georgina con condescendencia—, pero yo soy influencer. Mis followers esperan lo mejor de mí. —Le lanzó un beso exagerado.
—Ay, por favor, Kim Kardashian, relájate —bufó Claudia.
—No todos tenemos un padre forrado que compra flores y quilates, bonita —remarcó Georgina, saboreando la palabra.
Claudia suspiró sin humor.
—Tienes razón. Soy una mantenida... pero no será para siempre.
Lo pensó con amargura. Aquella vida sostenida por el dinero de su padre —dinero que nunca había sido limpio del todo— le pesaba cada vez más. Y aun así, ahí estaba, cargando bolsas de Michael Kors como si nada. Hipocresía en estado puro.
—Tía, ¿qué te pasa? —preguntó Georgina, pasándole la mano por la cara.
—Nada, pesada. Voy por una Coca-Cola. ¿Quieres algo?
Si su amiga intuía que algo le sucedía, se volvería insoportable. Por eso la quería, pensó Claudia: porque siempre la ponía en primer lugar... aunque a veces quisiera darle un palo.
Mientras esperaba en la abarrotada barra, vio a un chico aparecer desde la nada y colarse descaradamente en primera posición. No solo era un listo, sino que encima pidió en perfecto italiano, marcando acento como si fuera nativo.
—Per favore, voglio un'acqua frizzante e un cornetto con Nutella —soltó con una naturalidad irritante.
Claudia alzó las manos, indignada.
"Será imbécil este tío", pensó.
Le dio un toque fuerte en el hombro.
—Perdona, idiota, hay una fila. ¿O no la viste? —espetó.
Él la observó con diversión descarada.
—Mira, si habla la barriobajera. Pensé que solo ladraban.
La sangre de Claudia hirvió.
—¿Qué me has dicho?
—Barriobajera y sorda —repitió él—. ¿Eres un meme o qué?
La discusión subió de tono hasta que el dependiente, harto, los mandó callar. El chico tomó su pedido, le guiñó un ojo y se largó.
—Principessa, un placer —le dijo con descaro.
Claudia golpeó el mostrador.
—¡Imbécil! —le gritó antes de regresar con Georgina.
—¿Y mi café? —preguntó su amiga, alarmada.
—¡Qué café ni qué hostias! Acabo de discutir con un idiota de proporciones bíblicas.
Georgina, con su calma de siempre, la reprendió por su agresividad. Claudia levantó el dedo del medio en respuesta.
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POLOS OPUESTOS
RomancePara Claudia tener a la gente que quiere bajo sus alas es tan ley cómo llevar un outfit neón al menos dos veces por semana. La diversión y el derroche son su sello hasta que un inexplicable evento cambia completamente su realidad . Despertar en una...
