cap 3 - compañera de viaje

257 9 1
                                        

Aquí tienes una versión completamente reorganizada, coherente y narrada en tercera persona, manteniendo tu estilo, el tono emocional y los elementos fantásticos del "lapso", pero dándole fluidez, cohesión y sentido narrativo.
También unifiqué ambas voces (la de Claudia y la de Álvaro) dentro de una misma perspectiva externa, sin perder la profundidad interna de cada uno.

Capítulo Reescrito – Narración coherente en tercera persona

El aeropuerto de Lisboa olía a familiaridad y a sal marina. Para Álvaro, cada regreso a la ciudad despertaba ecos de su infancia: los paseos por Alfama, la voz de su padre señalando calles antiguas, el ruido del tranvía como un latido familiar. Caminó junto a Claudia hacia la salida, donde un coche elegante los esperaba para llevarlos al barrio donde se encontraba el departamento de su padre.

Pero al cargar las maletas en el coche, una sensación extraña lo atravesó: un flash fugaz, casi eléctrico.
Vio —o creyó ver— un asiento cambiado en el avión, un destello dorado en la cabina, su mano rozando la de Claudia. No sabía si era una memoria o un eco del misterioso lapso del que ambos habían despertado sin explicación. Sacudió la cabeza, intentando ignorar el cosquilleo inquietante del déjà vu.

Claudia, ajena a su confusión, observaba la ciudad con entusiasmo.

—Menuda ciudad llena de colorines, ¡es la ostia! —exclamó.

—Sí, precioso lugar... lástima tener que compartirlo contigo —respondió él, incapaz de evitar el sarcasmo.

El golpe de la rueda de su maleta sobre su pie lo hizo gritar, recordándole que la diversión también dolía.

—¡Loca, qué haces!

—Te lo merecías por idiota —rió ella.

Subieron al departamento. Álvaro le indicó una habitación y entró en la de su padre. Al ver las cosas intactas —los libros, las fotografías, los pequeños recuerdos— un alivio profundo lo invadió. Allí estaba todo: la vida pasada, el vínculo perdido. La vieja foto de ambos, abrazados, le devolvió de golpe el recuerdo del incendio, la pérdida, el vacío.

Era demasiado.
Y ahora Claudia estaba allí, como si la realidad hubiese sido desmontada y armada de nuevo, dejando piezas fuera de lugar.

Su voz lo sacó del abismo.

—¿Nos damos una vuelta, figura?

—Qué remedio... —bromeó él—. Será como sacar a pasear al perro.

Ella resopló, molesta. Álvaro la miró de arriba abajo: su ropa estridente, sus gafas amarillas imposibles.

—No vas vestida para pasear.

Los flashes regresaron: en el avión, risas, un roce de manos, un destello dorado que los envolvía. Una cercanía que no tenía lógica, pero que vibraba dentro de él como un recuerdo que todavía no terminaba de recordarse.

—Ponte algo más discreto —sugirió—. No vas a una disco.

—¡Esto es toda mi ropa! —protestó ella.

—Dios... esto tiene que ser un castigo.

Caminaron hasta el balcón. Desde allí, Lisboa se desplegaba como una memoria viva: las calles empinadas de Alfama, el aroma a bacalao, los azulejos brillando bajo el sol. Claudia, enternecida por la belleza, preguntó:

—¿Qué significa Alfama?

Álvaro sonrió sin pensarlo.

—Para mí... hogar.

El término resonó en él junto a los flashes del avión: un "sí" murmurante, un momento compartido sin explicación, la risa de Claudia. Un eco que insistía en volver.

Más tarde, recorrieron el mercadillo Feira da Ladra. Claudia hojeaba libros con un interés inesperado mientras Álvaro la observaba, entre divertido y desconcertado. De nuevo, imágenes intermitentes del lapso cruzaron su mente: un brindis en la cabina, un apodo compartido, un beso fugaz que no podía afirmar haber vivido... pero sí haber sentido.

—Pensaba que leer no te pegaba —se burló.

—¿Qué sabrás tú? —respondió ella, desafiante.

—No te veía muy verniana.

Ella respiró hondo, como si por primera vez se quitara una máscara invisible.

—Me gusta leer. Incluso solicité entrar en la Universidad de Barcelona.

Álvaro parpadeó, sorprendido.
Este mundo —o tal vez este tramo de la realidad— parecía demasiado extraño: Claudia era diferente a lo que creía, pero extrañamente familiar, como si la conociera desde antes del propio recuerdo.

Cuando subieron al mirador Portas do Sol, la vista los envolvió: Lisboa brillando en tonos blancos y ocres, el río extendiéndose como una sábana de luz.

Claudia estaba completamente fascinada. Un chico local se acercó para hablarles del sitio.

—¿Primera vez aquí? —preguntó.

—Sí... de luna de miel —respondió Claudia, sin pensar. Apenas terminó de decirlo, sus mejillas se encendieron.

El comentario, absurdo en cualquier contexto normal, despertó en ella también los flashes del lapso: la turbulencia del avión, una risa compartida, un "sí" pronunciado casi sin voz. No sabía qué significaba; no sabía si los dos habían soñado lo mismo... o si aquello había sido real.

—Tu esposo es de aquí —añadió el chico, confundido.

—No... no estoy segura —respondió ella, aún más confundida que él.

El chico les recomendó tomar el tranvía 28. Claudia, incapaz de ocultar su emoción, gritó:

—¡Sí!

Mientras ella admiraba el paisaje, Álvaro regresó con dos pastéis de Belém y café.

—Para que no te ahogues —dijo con una media sonrisa—. Aunque nada me haría más feliz que eso.

Ella le dio un empujón suave.

—Yo tampoco veo la hora de perderte de vista, imbécil.

Álvaro rió. Pero por dentro, los flashes seguían martillando.
Ese calor en sus manos... ese beso... la luz dorada.
Algo había ocurrido. Algo que el mundo real no quería que recordaran.

La tarde terminó entre bacalao, cerveza y silencios. Álvaro revisó su teléfono: un mensaje de Maria lo dejó paralizado. Su sufrimiento lo rasgó por dentro. Escribió, borró, escribió de nuevo... y finalmente bloqueó la pantalla. Nada de lo que debía resolver pertenecía a ese instante.

Entonces miró a Claudia. Y por primera vez, la vio realmente.
Una marca grande en su pierna izquierda —una herida profunda, antigua o reciente— llamó su atención y le heló la sangre. ¿Una bala? ¿Un accidente? Nunca lo había notado.

¿Quién era realmente esa mujer?
¿Y por qué sentía, sin saber por qué, que tenían un vínculo imposible?

Otro flash lo invadió: la luz dorada del avión, el asiento cambiado, un "sí" pronunciado entre risas... un beso que no constaba en ninguna memoria consciente.

Era como si una parte del tiempo hubiese desaparecido... pero hubiese dejado huellas emocionales imposibles de ignorar.

Álvaro comprendió entonces que esto no había terminado.
No podía terminar.

No hasta descubrir qué había pasado en ese lapso perdido.
Y sabía —porque lo veía en sus ojos, en su respiración, en la forma en que lo miraba sin entenderlo— que Claudia también lo sentía.

Ambos estaban atados por algo que escapaba a la lógica, al tiempo y a la razón.
Algo que había comenzado en el aire, entre dos mundos.

Y que ahora los reclamaba.

POLOS OPUESTOSHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora