El fin de semana había pasado volando, y Claudia no había parado ni un segundo con la carga de trabajo en la facultad. Sin embargo, no podía sacarse de la cabeza la extraña reacción de Miguel y Ester al verse en la disco; algo en la forma en que se miraron le había descolocado. Lo habían disimulado muy bien, pero Claudia no podía ignorar que esos dos se conocían de algún lugar.
El recuerdo volvió con fuerza.
Flashback:
—Pero bueno, ustedes, ¿de dónde se conocen? —preguntó Claudia, curiosa, tratando de mantener la calma.
—De Mallorca —contestó Miguel rápidamente, con esa seguridad que no le terminaba de convencer—. Ella estuvo de vacaciones por allí, y yo trabajaba en el garito de tu padre. Bueno... de eso.
—Sí —interrumpió Ester, nerviosa, mordiéndose el labio—. Nos hicimos amigos y... nada más.
Claudia la miró fijamente, sin creerse ni media palabra, pero decidió dejarlo pasar. Al final, no era asunto suyo.
—A que está guapo mi chico —dijo Claudia abrazando a Miguel, tratando de desviar la atención.
—Guapísimo. No me contaste cuánto llevaban juntos —preguntó Ester, curiosa.
Miguel la miró de forma extraña, y Claudia no logró descifrar esa expresión.
—Bueno, no sé... entre idas y venidas, unos tres años más o menos —respondió, haciendo cuentas mentales—. Y ustedes, ¿cuándo se conocieron?
—El verano pasado —intervino Ester apresurada.
—Tengo que seguir trabajando, linda noche, chicas —interrumpió Miguel, terminando la conversación abruptamente.
Fin del flashback
Claudia no podía quitarse la idea de que quizá habían tenido algo en aquel verano mallorquino. Decidió que debía hablar con Ester para aclarar la situación.
—Barbie girl, tengo una dudilla en el trabajo de Verne. Quedamos en el Starbucks cerca de tu casa y me ayudas —escribió Claudia.
La respuesta de Ester no tardó:
—Vale, sé que odias el café y solo quedas allí porque el dependiente te da las cosas gratis para ligar conmigo. Eres muy retorcida. A las 6 nos vemos, besos.
Al llegar, como siempre, el dependiente les ofreció las bebidas sin cobrar, y Ester lo ignoró con desprecio absoluto. Claudia sonrió con cierta diversión, pero su mente estaba concentrada en lo que quería averiguar.
—Bueno, ¿qué dudas tenías? —preguntó Ester, sentándose frente a ella.
—A ver... quería hablar contigo sobre Miguel —soltó Claudia, haciendo que Ester tragara saliva y su cara cambiara al instante.
—¿Qué pasó entre ustedes en Mallorca? —insistió Claudia, sin disimular su curiosidad.
—Claudia, nada, justo lo que te contamos —mintió Ester, nerviosa.
—Sí, tía... pero no te creo. Vi tu cara. Sé sincera, soy tu amiga —presionó Claudia.
Ester respiró hondo y, finalmente, admitió:
—Vale... sí pasó algo.
—¡Ves! —exclamó Claudia, triunfante.
—Pero no fue nada importante, solo algo veraniego... además, él está loco por ti.
—Ester, tengo que confesarte algo... la verdad es que yo... no estoy enamorada de Miguel.
—¿Cómo que dices? —preguntó Claudia, sorprendida.
—Recuerdas que te dije que estaba casada... bueno, en realidad yo... —una llamada interrumpió la confesión.
Teléfono entrante
—Hola —dijo Claudia, resignada.
—Hola, hija, ¿cómo estás? —la voz de su madre surgió de la línea, helándola por completo.
—¿Por qué me llamas, madre?
—Quería saber de ti, cómo va tu vida —preguntó con una sonrisa fingida.
Claudia apretó los dientes.
—La mar de bien, espectacular —respondió con frialdad.
—Me alegro —replicó su madre, y Claudia sintió ganas de colgar.
—¿Algo más que decir o pedir?
—Sí, hija... sabes que la escuela de ballet de tu hermana es muy cara y no puedo pagarla...
Claudia perdió la paciencia:
—¿Y por qué coño te tengo que seguir ayudando? ¡Ya es suficiente!
—Te lo ruego, hija, no tenemos a nadie más —insistió la mujer.
—Yo tampoco tengo a nadie gracias a ti —escupió Claudia antes de colgar, con el corazón latiendo furioso.
Se tumbó en el sofá de su casa, exhausta y molesta, deseando que la noche pasara rápido. Miguel tenía turno largo en el bar, y ella estaba sola. Las lágrimas rodaron por sus mejillas hasta que, finalmente, se durmió.
La mañana en la facultad se le hizo eterna. Cada pensamiento sobre su madre y el traslado que había organizado la llenaba de rabia y frustración. Cuando la llamaron por el altavoz, se levantó con la boca seca:
—Claudia Salas Rimbau, preséntese en el despacho de dirección.
—Amiga, ¿qué has hecho? —preguntó Ester, preocupada.
—Nada, nada que voy a hacer yo... si soy un angelito —respondió Claudia, forzando una sonrisa mientras se dirigía al decanato.
—Sí, dígame —contestó, entrando en el despacho.
—Era para notificarle que su traslado ha sido confirmado.
—¿Traslado? ¿De qué hablas? —Claudia estaba desconcertada.
—A la Universidad Autónoma de Madrid, la solicitud fue realizada por Fiama Coloriccio —explicó el secretario, con tono serio.
Claudia se quedó paralizada. La idea de estar nuevamente en Madrid, obligada por su suegra y su esposo, la enfurecía. Su vida, de repente, estaba siendo controlada por otros.
Cuando llegó a casa, Miguel estaba allí. Claudia necesitaba contarle todo: no sus sentimientos, sino la verdad sobre el papel de su padre en este asunto.
—Miguel, regresé a Madrid —le dijo, frustrada.
Él la miró, extrañado:
—¿De qué hablas, amor? Apenas llevamos dos meses aquí.
—La madre de Alvaro, sin consultarme, me ha trasladado a la universidad. Todo para tenerme controlada.
Miguel la sostuvo por los hombros:
—Tranquila, amor... respira.
—No puedo llevar la contraria a esa gente —admitió Claudia, con el corazón encogido—. Además... crearon una cuenta a nombre mío y de Alvaro sin que yo lo supiera. Allí mi padre deposita dinero.
—Están usando a los duques para lavar dinero... —empezó Miguel, preocupado.
—No digas nada, Miguel. Sabes que esto es nuestra forma de asegurar el futuro —murmuró Claudia, triste.
Miguel la abrazó, acariciándole la espalda con ternura:
—Amor, te entiendo... pero duele ver cómo tu padre te utiliza.
—Lo sé —susurró Claudia, hundiéndose en sus brazos—. A veces pienso que estamos podridos por dentro.
—Cuando te vas —preguntó Miguel con suavidad.
—Al inicio del próximo mes —respondió ella, resignada.
—Solo queda una semana.
—Ya lo sé.
Se miraron en silencio. La idea de que la vida los empujara a tomar decisiones imposibles los abrumaba. Claudia se sentía atrapada entre el deseo por Miguel y la imposición de su familia política. Una fiera contenida, un corazón dividido, y el infierno de volver a convivir con Alvaro se avecinaba.
El infierno estaba por empezar, y Claudia lo sentía en cada fibra de su cuerpo.
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POLOS OPUESTOS
RomancePara Claudia tener a la gente que quiere bajo sus alas es tan ley cómo llevar un outfit neón al menos dos veces por semana. La diversión y el derroche son su sello hasta que un inexplicable evento cambia completamente su realidad . Despertar en una...
