cap 29 - Help me

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Saber que Miguel estaba en la ciudad era un impulso que la empujaba a salir corriendo hacia él. Siempre había visto lo mejor en ella, incluso cuando ella misma no podía reconocerlo. Hundida y con la esperanza de que, si le hablaba, él le ayudaría a poner algo de color a aquel caos, Claudia atravesó las calles de Madrid con pasos apresurados hasta llegar al pub donde sabía que estaría.

Al verla entrar, Miguel no pudo evitar comentar con una mezcla de incredulidad y preocupación:

—Si estás aquí, significa que las cosas con Álvaro están en peligro... o ya se acabaron. ¿Ya se enteró de que tu padre lavó miles de dólares usando su nombre? —dijo, tomando un sorbo de su trago.

Claudia se acercó a la barra y se sentó, pidiendo un Martini. El bartender comenzó a prepararlo mientras ella fijaba la mirada en Miguel.

—Explotó la bomba en mi cara, Miguel —susurró con tristeza, sin apartar la vista de él.

—Claudia, sabías que cuando ese chico se enterara de que estaban intentando dar apariencia lícita a lo obtenido con la prostitución, no lo iba a tomar bien —respondió él con calma, pero con cierta dureza en la mirada.

Ella se sentía destrozada. Si Álvaro los denunciaba, su padre no saldría ileso. Y allí estaba ella, sentada, intentando una vez más despertar compasión en Miguel para que permaneciera a su lado. Era patética, lo sabía.

—¿Crees que soy egoísta, Miguel? —preguntó de repente, con un hilo de voz, buscando una opinión sincera.

—Solo a veces —respondió él, sonriendo—. Pero en general, eres una chica increíble.

Claudia bajó la cabeza; la falta de sueño la estaba matando.

—¿Estás bien, Claudia? —preguntó Miguel, levantándole el rostro suavemente para que lo mirara.

—Ayúdame, sí... siento como si las paredes se me fueran a caer encima —confesó, y por primera vez dijo en voz alta algo que sentía con absoluta certeza.

—Era obvio que esto pasaría, te lo advertí. Estás aferrada a una fantasía, te aferras a lo que quieres a toda costa para no dejarlo escapar —dijo Miguel, con voz serena y directa.

—Contigo lo hice, ¿verdad? —murmuró Claudia, tomando su Martini y dando un sorbo largo.

—Puede ser... —dijo él—. A veces esperaba que me lo dijeras. Solo sigue adelante y sé feliz. Sabía que yo era tu lugar seguro, y no me molestaba serlo.

—Si pudiera ser alguien diferente, te prometo que lo sería... no quise hacerte daño —susurró Claudia, acariciando su mejilla en señal de perdón.

—No quisiera que fueras nadie diferente. Eres quien eres y eso es lo que hay. Debes aprender a vivir con ello y seguir adelante —respondió Miguel, con tristeza en los ojos.

—Tienes razón, Miguel. Te hice mucho daño... creo que estaba obsesionada contigo. Eras la ketamina de mis días —sonrió débilmente—. Sabía que no te hacía bien, pero no podía dejarte ir.

—Claudia, tú fuiste mi primer amor, y créeme, quería que fueras el último —dijo él, con melancolía en la voz.

—Pero ya no podías seguir aferrándote a mí —completó ella—. Lo entiendo, estoy feliz de que hayas continuado con tu vida.

—La verdad, estoy muy bien con Ester. No está tan loca como tú, pero está bien —sonrió con cariño.

—Miguel, quiero agradecerte por nuestro pequeño infinito —dijo Claudia, con emoción—. Me has dado una eternidad en días contados.

POLOS OPUESTOSHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora