El portazo que Claudia le dio en la cara dejó claro que venía cargada con un enfado digno de los dioses. Pero Álvaro no pensaba rendirse tan fácilmente. Después de todo, ya había llegado hasta allí, impulsado por esa extraña certeza que lo acompañaba desde hacía semanas. No sabía cómo explicar que su mente, de manera inexplicable, parecía saber siempre dónde encontrarla. Otro de los incontables sucesos raros que lo perseguían desde que ella había entrado en su vida.
Ese era el efecto del lapso temporal: un estado ambiguo, casi suspendido, en el que los acontecimientos parecían repetirse, intensificarse y alterar la lógica habitual. Nada era completamente claro, pero la vida lo empujaba hacia ella, una y otra vez.
Golpeó con fuerza la puerta color café, adornada con pequeños detalles rojos. Claudia, aparentemente, ni siquiera era sencilla para escoger una casa.
La puerta finalmente se abrió y apareció un chico rapado, en bóxer, que lo miró como si no hubiera nada extraño en recibir a un desconocido así.
«Perfecto», pensó Álvaro con sarcasmo. «Cinco minutos de discusión y ya estaba con otro. Esta tía se pasa la fidelidad por el forro».
Lo observó bien y enseguida comprendió que debía ser Aron, el tal Aron del que Claudia había hablado tantas veces. Gay. Claro.
—Hola, Álvaro —saludó el chico, como si lo conociera de toda la vida.
—Hola... ¿puedes decirle a Chun...? Perdón, a Claudia, que estoy aquí —dijo, dejando claro que esperaba que la "loca esa" dejara de hacer el tonto.
—Tío, ella no quiere ni verte —respondió Aron con absoluta naturalidad—. Pero como entre marido y mujer nadie se mete, lo mejor es que vayas a hablar con ella a su habitación.
—Gracias, chaval —respondió Álvaro, intentando mantener la calma.
—De nada, figura. Se me hace raro verlos enojados... Jamás discutían por nada —añadió Aron, intrigado—. Bueno, me piro.
Cerró la puerta de golpe.
«¿Que jamás discutíamos? Si es el ser más insoportable que he conocido en la vida», pensó Álvaro mientras avanzaba hacia la habitación. Ese lapso que estaban viviendo alteraba los recuerdos, les borraba los matices, y hacía que todos percibieran su relación como algo más estable de lo que era en realidad.
Entró de golpe.
—¿Qué haces? ¡Vete de aquí! —le gritó Claudia desde la cama.
—No seas infantil, joder. Tenemos que hablar. Es importante.
—No tengo nada que hablar contigo. Aire. —La voz de ella era un golpe seco.
—Me vas a escuchar —insistió, mirándola fijamente—. Solo serán diez minutos.
Claudia se levantó y fue a sentarse en una silla giratoria. Vestía leggings y camiseta negros, algo rarísimo en ella; el lapso temporal también parecía afectarle, alterando sus rutinas y su forma de presentarse.
Álvaro respiró hondo.
—Claudia... desafortunadamente no podemos separarnos. Firmamos un acuerdo de gananciales. Si me divorcio, me quitarías mucho dinero.
Ella se levantó de golpe, furiosa.
—¿O sea que viniste por eso? ¡Joder, soy tonta! Y yo pensando que venías a disculparte por dejarme SOLA en un puto hospital, tío.
—Te pido perdón por eso... Estaba muy enojado.
—¿Y por qué estabas enojado? —exigió ella.
—Eso no viene al caso ahora. Pero necesito que firmes un documento donde renuncias a todo lo mío. Te lo pido por las buenas.
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POLOS OPUESTOS
RomantizmPara Claudia tener a la gente que quiere bajo sus alas es tan ley cómo llevar un outfit neón al menos dos veces por semana. La diversión y el derroche son su sello hasta que un inexplicable evento cambia completamente su realidad . Despertar en una...
