Claudia y Álvaro regresaron a casa en silencio, pero no era un silencio incómodo.
Era un silencio lleno de palabras no dichas, de abrazos invisibles, de promesas que flotaban entre ellos.
El coche avanzaba por las calles iluminadas, reflejando las luces de los árboles navideños en los ojos de Claudia.
Cada parpadeo parecía llevarle un recuerdo, una emoción que había estado contenida durante años, y Álvaro lo sentía igual.
—¿Sabes? —dijo finalmente Claudia, apoyando la cabeza en el respaldo del asiento—. Hoy... hoy ha sido un día raro. Pero... también ha sido necesario.
Él tomó su mano sin mirar la carretera, solo para sentirla, para anclarla en la realidad de aquel momento.
—Lo sé —susurró Álvaro—. Y estoy orgulloso de ti. No por lo que has hecho... sino por quién eres, por cómo sigues adelante, incluso cuando todo parece haberse roto.
Claudia apretó su mano, casi sin darse cuenta, y dejó escapar un suspiro largo, profundo, que parecía arrastrar todo el peso de los años.
Se sentía ligera y al mismo tiempo aterrorizada. Ligera porque alguien la había acompañado en sus secretos más oscuros; aterrorizada porque finalmente sentía que podía ser vulnerable sin que eso la destruyera.
—No sé qué haría sin ti —murmuró, dejando que su voz temblara un poco.
—Ni yo sin ti —respondió Álvaro, girando ligeramente la cabeza para besar su frente—. Hoy has sido increíble, Claudia. Has sido fuerte y frágil al mismo tiempo. Eso no es algo que todos puedan ver.
Ella cerró los ojos, apoyando la cabeza en su hombro, dejando que la seguridad de su abrazo le devolviera algo que no sabía que había perdido: confianza en sí misma, en los demás... en el amor.
—Prométeme algo —dijo Claudia tras unos segundos, apenas audible—. Prométeme que siempre podremos hablar así, de todo, aunque duela.
—Lo prometo —respondió él—. Siempre.
Y por un instante, el tiempo pareció detenerse.
No había pasado ni futuro. Solo ellos dos, compartiendo un espacio donde todo lo roto podía recomponerse, donde cada lágrima encontraba consuelo, donde cada miedo encontraba refugio.
Claudia se dejó llevar un poco más, sintiendo el calor de Álvaro, la firmeza de sus brazos, la certeza de que, por primera vez, no estaba sola para enfrentar la vida.
Y mientras la ciudad pasaba a su alrededor con luces y sombras, algo dentro de ella se asentó, se calmó: no podía borrar su pasado, pero podía elegir con quién caminar hacia adelante.
—Quedémonos así un rato —susurró, con un hilo de sonrisa—. No hace falta hablar, solo estar.
—Como quieras —respondió Álvaro—. Yo también necesito esto.
Y así se quedaron, abrazados en el coche, mientras la noche los envolvía.
No había palabras, ni planes, ni expectativas.
Solo un momento puro, de intimidad, de complicidad, de paz.
El mundo podía esperar.
Porque esa noche, Claudia y Álvaro habían encontrado su pequeño refugio.
Y eso era suficiente.
Después de regresar de aquel día en Valencia, Claudia no dejaba de sonreír. Conocer a Lulu había conectado algo profundo en su interior, y Álvaro no podía evitar sentirse conmovido por todo lo que ella había vivido. Nadie merecía atravesar experiencias así. Mientras la observaba, la imagen de su madre y sus mentiras sobre Claudia se desvanecía en su mente: aquella mujer era un ave fénix, resurgida de las cenizas, hermosa y llena de fuerza. Y en esa tarde de cena, vestida con aquel ajustado vestido rosa, estaba sencillamente deslumbrante.
—Mi amor, flipo en colores contigo... con ese vestido estás espectacular —dijo Álvaro, con la voz cargada de admiración.
—Tú tampoco te quedas atrás, chaval —respondió Claudia, silbando mientras lo miraba con picardía—. Qué guapito has quedado.
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POLOS OPUESTOS
RomancePara Claudia tener a la gente que quiere bajo sus alas es tan ley cómo llevar un outfit neón al menos dos veces por semana. La diversión y el derroche son su sello hasta que un inexplicable evento cambia completamente su realidad . Despertar en una...
