cap 13 - el cine es para pobres

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Claudia suspiró mientras miraba su maleta abierta sobre la cama. Sabía que cada minuto que pasaba allí con Alvaro era un recordatorio de lo que no podía tener.

—No tardo, subiré a por mi maleta y nos vamos a Barcelona —dijo a Miguel, intentando mantener la calma.

—Vale amor, aquí te espero —respondió él, besándola con dulzura—. Si te tardas, subo a buscarte.

Subió las escaleras y abrió la puerta de su apartamento. Alvaro estaba tirado en el sofá del salón, con la mirada perdida, y Claudia pasó directo a la habitación. Él la siguió.

—Pero bueno, no, que para entrar a robar hay que asegurarse de que no haya nadie —murmuró, intentando quebrar su humor.

Claudia no respondió. Siguió organizando su bolso de mano, metiendo lo esencial para su viaje.

—¡Estoy hablando contigo! —gritó Alvaro.

Terminó de meter las cosas y se levantó, respirando hondo para contener las emociones que se le amontonaban.

—Adiós, Alvaro —dijo, mirándolo con tristeza.

—¿Y te vas así, sin más, sin darnos la oportunidad de hablar? —preguntó él, con los ojos llenos de ira y dolor.

—Tú y yo, ¿de qué vamos a hablar? —replicó Claudia—. Tú estás con Maria, y yo me voy a Barcelona... con Miguel.

El rostro de Alvaro se ensombreció. Se sentó en el borde de la cama, confuso y vulnerable.

—Claudia, no me hagas esto —susurró, intentando abrazarla.

—¿Qué haces? —preguntó ella, apartándose suavemente.

—Deja a ese idiota por favor... tú no lo quieres —dijo él, con la voz quebrada.

—¿Y eso a ti qué te importa? —respondió Claudia, con firmeza—. Él me hace bien, no me juzga ni me ofende, no se avergüenza de lo que soy.

Alvaro estaba al borde de las lágrimas; ella también. La tensión entre ambos era insoportable, cargada de todo lo que no podían admitir ni compartir.

—Lo siento... de verdad lo siento —dijo él, acercándose y abrazándola con fuerza. La besó rápido, con necesidad. Claudia intentó resistirse, pero a los segundos se dejó llevar. El deseo y los sentimientos reprimidos de meses estallaban en ese instante.

Se separó lentamente y le dijo, con un hilo de voz:

—Tú no te mereces lo que yo siento por ti.

Se levantó y salió, mientras él gritaba un último "Te quiero", pero sus palabras ya no la alcanzaban.

Bajó al auto donde Miguel la esperaba, radiante y sonriente.

—Nos vamos, amor.

—Qué ganas de una vida juntos —dijo él, tomándola de la mano—.

—Estoy loca por ti, Miguel —mintió Claudia, aunque su corazón latía con fuerza al pensar en Alvaro.

—Y yo estoy loco por ti —dijo él, con una sinceridad que dolía y a la vez aliviaba.

Llegaron a Barcelona y se instalaron en un piso cercano a la universidad. Miguel había arreglado que su coche fuera trasladado allí por un empleado del padre de Claudia.

—El piso está bastante lejos del bar —comentó Miguel mientras entraban—.

—Sí, la Barceloneta no está cerca —rió Claudia—. Pero mañana iremos a IKEA a por muebles.

—Claro, hoy cine. Me dijeron que hay uno buenísimo en Plaza España.

—Perfecto —dijo Claudia, besándolo con entusiasmo—.

Recibieron una llamada del padre de Claudia. Ella puso el altavoz.

—Hija, ¿cómo llegaron? —preguntó su padre con orgullo.

—Bien, aquí está Miguel ayudándome —respondió.

—Cuídense y cuiden mis negocios allá. Gracias a las firmas, todo va viento en popa.

Claudia se sintió incómoda y culpable por la mentira que sostenía con Miguel, pero colgó con un "luego hablamos, te queremos".

—¿De qué firmas hablaba? —preguntó Miguel.

—Ya te contaré después —respondió ella, dándole un beso antes de meterse a bañar.

Ese primer día en Barcelona fue perfecto. Cine, McDonald's, risas y complicidad con Miguel. Claudia recordaba cada momento con Alvaro, pero a su lado estaba Miguel, seguro y constante.

En la facultad, conoció a Ester, una chica rubia y encantadora que rápidamente se convirtió en su amiga. Compartieron clases, almuerzos y confidencias. Claudia se daba cuenta de lo fácil que era adaptarse con Miguel, mientras que cualquier pensamiento de Alvaro solo le provocaba un nudo en el estómago.

Por las noches, trabajaba en la barra del bar de Miguel, y cada mensaje de Alvaro le recordaba el dolor y la imposibilidad de ese amor que no podía tener. Sus palabras, aunque llenas de reproche, no podían borrar lo que sentía: un vacío que solo la presencia de Miguel parecía llenar.

—Amor, que temprano llegaste —dijo Miguel cuando Claudia volvió del trabajo.

—Te extrañaba mucho —respondió ella, besándolo rápidamente para no mentir de nuevo.

Esa noche, Ester llegó y la recibió con entusiasmo. Claudia presentó a Miguel, quien la miró sorprendido y algo incómodo, mientras Ester se mostraba curiosa y atenta.

—Miguel... —dijo Ester con una mezcla de preocupación y sorpresa—. ¿Ustedes se conocen de antes?

La pregunta quedó en el aire, cargada de intriga, mientras Claudia sonrió con complicidad. Aún había muchas piezas del pasado que nadie había contado, y ese verano en Barcelona estaba apenas comenzando.

POLOS OPUESTOSHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora