cap 18 - Estando juntos

127 7 2
                                        


La casa se sentía como un cementerio sin Aron cantando a todas horas ni cocinando sus extrañas basuras. Que él se encerrara en su cuarto un domingo no era típico; estaba más afectado de lo que quería mostrar.

Toqué a su puerta.

—Cari, ya me voy a casa de Alvaro —esperé a que me abriera.

—Vale —respondió vago.

—¿No me vas a abrir?

—Pasa, estúpida —gritó desde el interior.

Al entrar, lo encontré en gayumbos, fumándose un piti mientras veía Fight Club. Esas películas de machitos eran una mala señal: la vuelta al closet estaba demasiado cerca.

—Pibón, ¿qué haces metido en cama todo el domingo?
—Nada, aquí viendo la tele —contestó con normalidad.
—Chaval, sé que estás mal. Te conozco.
—Que no, tía, me da igual. Vete a tu cena, eso es lo que tienes que hacer.

—Todo esto está pasando por tu culpa —solté, sin medir las consecuencias de mis palabras.
—¿Qué dices? —me miró mal.
—Sí, Aron —me levanté de la cama—, ya no puedo más contigo. Eres un puto cobarde, nunca luchas por lo que quieres. Todo lo tuyo es quedar bien.

—No es tan fácil, guapa. ¿Acaso tú vas de frente todo el tiempo? No, ¿verdad? —gritó, lleno de frustración—. ¿Le has dicho a Alvaro de dónde sacó tu padre todo el dinero que tiene? ¿Le has contado lo que hacías antes de conocerlo, por qué te dispararon, cómo salvaste el negocio de tu padre? Eh, eh, ¿lo has contado?

Una bofetada impactó su mejilla.

—Eres un hijo de la gran puta, toda la vida juzgándome y nunca te miras a ti mismo. Eres una basura.

Lo miró con tristeza. Yo me fui, deseando no volver jamás. Siempre era lo mismo con Aron: como un pulpo gigante, cuando se sentía amenazado, soltaba toda su tinta sobre mí. Ayer, hoy y siempre lo haría.

Me dirigí a casa de Alvaro, intentando despejar mi mente de los líos con Aron.

—Señorita, está de regreso —me saludó Imelda.
—Sí, bueno... aquí estoy —fingí alegría.
—¿Y su equipaje? ¿Aún no lo trae?
—Sí, bueno... tuve un lío con eso —disimulé.
—Oh, ya —dijo y siguió con sus tareas.

Subí a la habitación y allí estaba Alvaro, también en gayumbos, viendo la tele: el mundo parecía sincronizado.

—Toca antes de entrar, intrusa —gritó él idiota.
—Este también es mi cuarto, ¿no?
—Cuando te conviene, sí —me miró fijamente—. No irás en chupa de cuero y vaqueros a la celebración, ¿verdad? Que mira que fue lo primero que te dije.

—No, imbécil. Tengo algo que servirá para la ocasión —bufé y me metí en el vestidor.

Saqué aquel vestido amarillo que había comprado para la boda de la madre de Diego. No era muy mi estilo, pero era hermoso. Me vestí, maquillé un poco y recogí ligeramente el cabello. Media hora después, salí del vestidor sintiéndome una versión moderna de Kim Kardashian.

—Pensé que te habías muerto allí dentro —me dijo, gracioso.
—Estaba arreglándome, idiota —respondí.

Me miró de arriba a abajo.

—¿Y bien? ¿Cómo estoy? —pregunté inquieta.
—No te ves tan horrible —dijo sarcástico.
—Tú deberías vestirte —comenté, inquieta al verlo aún en gayumbos.

Se acercó por detrás, susurrándome al oído:

—Estás nerviosa de verme con tan poca ropa.

Me estremecí y giré la cabeza hacia un lado; estaba harta de sus jueguitos.

POLOS OPUESTOSHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora