cap 9 - El dia rosa

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La semana junto a Claudia había sido extraña, casi insoportable en su intensidad silenciosa. Cada vez que estaba cerca de ella, sentía que su control sobre sí mismo se deshacía, que cualquier gesto inocente podía encenderlo de deseo y a la vez irritarlo profundamente. Verla por los pasillos, compartir miradas fugaces, rozar sus manos accidentalmente... todo eso se había vuelto rutina, y sin embargo, le provocaba una sensación incómoda de vulnerabilidad que le costaba admitir incluso a sí mismo.

Despertó a su lado como cada mañana. Claudia dormía acurrucada, sus brazos rodeándolo, su respiración suave y constante. El sol filtrándose por las cortinas dibujaba líneas de luz sobre su piel, y Álvaro sintió un deseo incontenible de inclinarse y besarla. Pero durante el día, apenas se dirigían la palabra; era como si toda la noche y toda la intimidad compartida se evaporaran con la luz del amanecer, dejando un vacío tenso e incómodo.

—Claudia —susurró, rozando su mejilla con los dedos.

—¿Qué quieres, idiota? ¿Por qué me despiertas? —respondió ella, entre el sueño y la irritación, su voz cargada de esa mezcla de diversión y molestia que siempre lo desconcertaba.

—Voy a ver el nuevo negocio que abrirá mi hermano. Lo ayudaré con la decoración.

—¿Y a mí qué me importa? —dijo, con esa ironía que le provocaba una punzada en el pecho—. Es broma, tontolaba. Cuídate y no te metas con nadie.

—Ciao, bella —susurró Álvaro, inclinándose para dejar un beso largo y húmedo en su mejilla, aspirando el aroma de su piel—.

Mientras caminaba hacia la cafetería, pensaba en cómo cada instante con Claudia se estiraba en su mente como si el tiempo fuera maleable: la forma en que sus dedos se rozaban al pasar, la forma en que ella movía el cabello del rostro, su sonrisa apenas perceptible... cada detalle lo llenaba de una mezcla de deseo y miedo.

Al llegar, su hermano lo recibió con esa energía contagiosa que siempre lo desarmaba. Álvaro se centró en las decoradoras, explicando cómo quería que el local fuera íntimo, oscuro, acogedor. Cada palabra que pronunciaba llevaba implícito un pensamiento de Claudia: cómo se vería ella allí, cómo sería rozarla accidentalmente mientras inspeccionaban los rincones, cómo el simple contacto podía prenderlo de manera casi insoportable.

Cuando Aron apareció, todo cambió. Su presencia era un recordatorio de Claudia y de la relación imposible que sentía por ella. La forma en que discutió con su hermano y luego se marchó dejó a Álvaro inquieto. La tensión se había multiplicado: no solo la cercanía con Claudia lo afectaba, sino también cualquier vínculo que ella tuviera con otros hombres. Su corazón latía con fuerza, y por momentos sentía que su mente se congelaba mientras observaba cada movimiento de ella a través de la distancia.

—Yon... ¿y este qué hace aquí? —preguntó, intentando ocultar el brillo de celos en sus ojos.

—A ti qué más te da —respondió Claudia con indiferencia, burlándose suavemente.

El lapso temporal parecía alterarse cuando Claudia estaba cerca. Cada segundo con ella se estiraba, se llenaba de tensión sexual no resuelta: un roce accidental, un gesto inocente, una mirada prolongada... Todo era un recordatorio de lo que podrían ser, de lo que deseaban pero que nunca se atrevían a admitir. Cada instante se repetía en su mente, amplificado, mientras el mundo seguía avanzando sin ellos.

Claudia

Hoy era el Día Rosa, la celebración que ella y Nerea habían instaurado años atrás. Recordar a su mejor amiga la llenaba de melancolía y nostalgia. Nerea había muerto hace cinco años, víctima de un cáncer de mama que ningún tratamiento logró vencer. Su amiga le había pedido que celebrara aquel día con alegría, haciendo todas las cosas que más le gustaban: jugar a la lotería, comer en un chino, lanzarse a aventuras con desconocidos —preferiblemente asiáticos—.

POLOS OPUESTOSHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora