cap 12 - Sabia decision

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Los días posteriores a Toledo habían sido extrañamente tranquilos. Claudia y él compartían risas y pequeñas complicidades, pero la calma era engañosa: cada mirada, cada roce mantenía latente el fuego de esos días anteriores. Se repetía una y otra vez que no podía dejarse llevar, que ella no era para él, que no podía quererla.

Bajó a desayunar, y ella apareció poco después, radiante como siempre.

—Buenos días, cachoguarra —dijo, mirándola con la boca seca, incapaz de ocultar lo embobado que estaba.

—Good morning, my lord —le lanzó un beso juguetón.

Intentó proponerle algo: comer juntos y luego ir a beber algo, seguro de que sus labios se encontrarían de nuevo.

—A McDonalds —respondió ella con gracia.

—¿A McDonalds? No, a un buen lugar —le aseguró, tratando de sonreír y mantener la compostura.

—No podré ir, hoy voy a ver a Aron... aún estamos enfadados —la confesión le dolió más de lo esperado, arrancándole un suspiro contenido.

—Ah... vale —dijo decepcionado, tragando el nudo en la garganta.

—Por cierto, necesito que me firmes esto —añadió distraída.

—¿Qué es? —preguntó, inquieto.

—Nada, solo una recogida de firmas de Georgina por el cambio climático... ya tiene como 300.

Firmó sin protestar. Se despidió con un beso en la frente y se marchó, dejando a Álvaro con el corazón apretado.

Claudia se iría el domingo a Barcelona, y él aún no había digerido la idea. Cada minuto juntos había cambiado demasiado.

Se dirigió a la oficina de Yon para acompañarlo a elegir algo importante. Por el camino, vio la invitación para el baile de María: dos planes para el mismo día, y ambos lo llenaban de incertidumbre.

—Yon, snow —saludó a su hermano.

—¿Qué pasa, figura? Nos vamos a por el anillo —respondió Yon.

—Es maravilloso que hayas decidido casarte —comentó Álvaro, tratando de sonreír mientras sentía la tristeza detrás de sus palabras.

—Sí... me despeja de todas las incertidumbres —dijo Yon, bajando la mirada.

—¿Qué incertidumbres? —preguntó Álvaro.

—Nada... Blanca es la mejor, solo intento sentar cabeza —respondió Yon, y Álvaro sintió una punzada de tristeza.

—Sabes que papá está orgulloso de ti —dijo con sinceridad.

—Trato de ser como él cada día, Alvaro —respondió Yon, y Álvaro lo abrazó.

Elegir el anillo tomó la tarde, y Álvaro no pudo evitar compararlo mentalmente con el de Claudia: perfecto, hecho a medida, como ella.

—Te gusta —preguntó Yon, inseguro.

—Sí, claro... es bellísimo —respondió Álvaro, tratando de sonar tranquilo.

Pero algo en la postura de Yon le decía que la boda era más una evasión que un acto de amor. La tarde continuó con idas y vueltas, y Álvaro decidió acompañarlo al teatro para ver la actuación de María, intentando no pensar demasiado en Claudia.

Narra Claudia

Claudia pasó la tarde empacando para Barcelona, con el corazón encogido. Por un instante imaginó que Álvaro se iría con ella... y se rió de su propia ingenuidad. Lo había querido demasiado rápido, y ahora tenía que aceptar la distancia.

Su padre la llamó por la firma de documentos: todo listo para abrir la cuenta y gestionar las operaciones. Se sintió culpable, pero Álvaro no estaba perdiendo nada tangible.

Decidió pasar por casa de Aron antes de irse, necesitaba despedirse. Él la recibió con cara seria.

—¿Estás bien? —preguntó Claudia, viendo sus ojos húmedos.

Aron no respondió al principio. Claudia insistió, explicando que se marchaba a Barcelona y no quería irse sin arreglar las cosas.

—Claudia, no estoy enojado contigo... estoy enojado conmigo mismo —confesó finalmente, dejando caer lágrimas—. He vivido con autocompasión y miedo, y ahora estoy a punto de perder a la persona de la que estoy enamorado.

—¿Quién? —preguntó Claudia, ansiosa.

—Alguien muy cercano a ti —susurró Aron.

El dolor se mezcló con la confusión. Ella recordó la extraña actitud de Yon y comprendió: su hermano estaba enamorado de alguien que nunca podría estar con él, y se casaba con Blanca.

De pronto, Miguel apareció con los documentos listos y la acompañó. Claudia sintió alivio y complicidad con él. La noche avanzó, y en la casa de Miguel, todo cambió.

Intimidad con Miguel

Al entrar, Miguel la besó sin preámbulos. Claudia respondió sin pensar: se despojó de su ropa interior y se entregaron a la pasión sobre la mesa de la cocina, moviéndose con desenfreno y sincronía. Cada caricia, cada gemido, encendía la habitación como si nada más importara.

Miguel la tomó con fuerza, instintivamente, sin necesidad de palabras. Ella se aferraba a él, explorando cada centímetro de su cuerpo. El calor, la respiración entrecortada y los latidos acelerados creaban un mundo propio, donde el resto desaparecía.

La noche transcurrió entre abrazos, penetraciones intensas y besos que no dejaban espacio para dudas. Claudia comprendió, con cada roce y cada gemido, que estar con Miguel era lo correcto. Entre susurros y jadeos, sus cuerpos encontraron un ritmo perfecto, un refugio de placer y seguridad que Álvaro jamás le había dado.

Antes de dormir, abrazados en la cama, Claudia lo miró a los ojos y susurró:

—Donde estés, yo estaré bien... contigo.

Miguel sonrió, la apretó contra sí y, en silencio, comprendieron que ese era su lugar seguro, aunque el mundo siguiera girando fuera de la habitación.

Se recostaron, cuerpos entrelazados, y por primera vez en días, Claudia sintió que podía cerrar los ojos sin miedo, sin pensamientos de Álvaro, sin remordimientos. Solo estaba Miguel, solo estaba ella, y el calor de su abrazo la hacía sentir completa, segura y viva.

Mientras la noche avanzaba, ella apoyó la cabeza en su pecho, escuchando su corazón y dejando que el suyo también se calmara, entendiendo que algunas decisiones no se toman con la cabeza, sino con el corazón y la piel. Y en esa intimidad, en ese silencio cargado de deseo satisfecho, supo que su lugar era allí, con él, al menos por ahora.

POLOS OPUESTOSHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora