Nada más atravesar el dormitorio el ánimo de Anthony se vino abajo. Su amante no estaba.
La urgencia de comprobar si Peter aún se encontraba en su cama tal cual lo dejo esta mañana: Envuelto en las sabanas azul marino que hacían relucir su pálida piel y que parecían darle intensidad a todos sus sonrojos, se había llevado todo el autocontrol del hombre, arrojándolo en una frenética competencia contra el elevador, que ascendía a ritmo pausado por cada piso.
Mientras contemplaba la cama desecha y vacía, Anthony se reprendió el no haberle pedido al muchacho que se quedara y que pasar el fin de semana a su lado. Por el contrario. El estoicismo propio de su enseñanza dura y estricta, habían hablado por él, remplazando las palabras que en realidad deseaba decir por un escueto: "Descansa todo lo que quieras".
Avanzó abatido hacia la cama, sintiendo en sus hombros, todo el peso del cansancio y la desilusión. Se dejó caer sobre esta, estirando su cuerpo en el sitio exacto donde yacía su amante esta mañana, cuando él se marchó. Las sábanas se encontraban frías, nadie había reposado en ellas desde hacía horas. Las acercó a su rostro e inhaló la esencia inconfundible de la piel desnuda y sudada del muchacho, que aún permanecía impregnada en ellas, burlándose de su anhelo. De inmediato las dudas de siempre poblaron su cabeza.
¿Cuántos meses más seguirían en aquel juego sin compromisos, sin ataduras, con apenas sus nombres?
¿Hasta cuándo el muchacho dejaría de venir y regalarle la intensidad de sus caricias?
Anthony no se atrevía a preguntar. El temor de que aquellos encuentros furtivos se desvanecieran como un espejismo, silenciaban sus palabras.
Suspiró y cerró los ojos. De pronto se había vuelto todo un cobarde. Si su altivo padre lo viera en esos momentos: dubitativo y temeroso, lo azotaría con aquella regla de madera que tan bien sabía usar, para obligarlo a recuperar la compostura.
Aún estaba fresco en la memoria de Anthony el momento en que se habían conocido. Cuando una voz cantarina y sensual le había abordado en la barra del bar con una inocente petición: "¿Me invita un trago?". En ese instante había quedado prendado de los ojos cafés del muchacho, que no mucho después se habían transformado en llamaradas de fuego, encendidos por la pasión. Seguido había venido la invitación. "¿Bailamos?", había pedido: tímido y coqueto. Una argucia que Anthony había visto, muchas veces, en otros jovencitos que también se dedicaban al oficio.
El no bailaba, aun así, se había dejado engatusar. Se había dejado arrastrar por su mano fuerte y guiar por aquel cuerpo de Dios griego. Instantes después, había sido seducido por la cadencia de sus caderas que invadieron su espacio personal, arremetiendo con un vaivén sensual en una invitación silente. Invitación que Anthony había aceptado gustoso, ¡Y cómo si no! Si en el momento en que sus bocas se unieron, había recibido el veneno de la lujuria proveniente de los labios del otro. Se había sentido fascinado; hipnotizado por la sensualidad de aquel joven, y por la pasión arrolladora que despertaba en él.
Desde aquel primer encuentro. Desde aquel primer orgasmo conducido por las paredes calientes y estrechas de su interior —En el reducido espacio de los sanitarios—, el muchacho se había vuelto su obsesión. Anthony había concurrido cada noche a aquel bar de mala muerte, esperando encontrarlo, de nuevo. Y cuando por fin habían logrado coincidir, nuevamente había sido arrastrado por el joven a aquellos malolientes cubículos, y otra vez, había caído preso de su veneno.
******
El sonido de la puerta abriéndose, obligó a Anthony a pararse para comprobar quien había invadido su privacidad. Su corazón latiendo en un galope frenético, ante la expectativa de que su amante hubiera regresado. Su rostro, como siempre, una máscara de serenidad, a pesar de la ilusión que aquello provocaba en su interior.
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𝔸𝕟𝕥𝕠𝕝𝕠𝕘𝕚𝕒 𝕊𝕥𝕒𝕣𝕜𝕖𝕣 «𝕀𝕝𝕝𝕦𝕤𝕚𝕠𝕟 »
Fanfiction𝘙𝘦𝘤𝘰𝘱𝘪𝘭𝘢𝘤𝘪𝘰𝘯 𝘥𝘦 𝘖𝘯𝘦 𝘚𝘩𝘰𝘵𝘴 𝘚𝘵𝘢𝘳𝘬𝘦𝘳 𝘺 𝘙𝘰𝘮𝘩𝘰𝘸𝘯𝘦𝘺.
