Se despertó, saco a su hija alzada, media dormida y la sentó en una silla. Mientras la pequeña tomaba su chocolatada, él le hacía dos colitas en el pelo y limpiaba de sus mejillas los rastros de chocolate.
Corrió con la pequeña en sus brazos hasta la parada de colectivos, rogando porque alguien esta vez sí les dé lugar.
Si lo hacen, se sienta y deja que la niña duerma un rato más. Si no lo hacen (la mayoría de las veces), tiene que despertarla.
Morgan había sido fruto de una relación con una mujer que había fallecido al momento del parto. No mentía si decía que su hija había sido un accidente, porque fue algo de una noche que simplemente sucedió. Es más, él y Pepper no duraron más de unos meses juntos. Pero aun así él había estado presente durante todo el embarazo.
Una cardiopatía la había condenado, y Robert se hizo cargo sin ningún problema de la niña.
Tuvo que aprender mucho a sus 37 años, ya que no sabía ni cambiar un pañal. Afortunadamente, en esos momentos aún tenía cerca a muchos amigos, Happy y Rhodey lo ayudaron muchísimo con el cambio de pañales. Los mantuvieron un tiempo, pero él decidió que era hora de abandonar su pasado para empezar de nuevo. Y lo logró cuando la niña cumplió dos años.
Desde ese entonces viven en una casa un poco alejada, pero que le queda a un solo colectivo del jardín de infantes, y a dos de la construcción del edificio en el que estaba trabajando. Y así, prácticamente, toda su vida giró en torno a "Morgan" (como la llama).
El sol apenas está apareciendo por el lado este, y el frío comenzaba a hacerse presente por aquellos días de Abril. La niña aún no se había acostumbrado al jardín, y le partía el alma tener que dejarla sola en esa guardería pensando que quizás sufra frío por no llevar suficiente abrigo.
Son sus primeras experiencias llevándola al jardín de infantes. Tiene que aceptar que existe un margen de error aún.
La niña llora, patalea, se agarra del umbral de la puerta mientras grita. Él solo puede responder:
"Tranquila, Morgan. Vuelvo en un rato. " Pero siente que le arrancan un pedazo de corazón.
Se cierra la puerta, la maestra con una sonrisa histriónica saluda desde la ventana, mientras la niña se acurruca contra su cuello. Y con esa última imagen, parte hacia la obra.
Horas bajo el sol. El frío perfora su piel bajo esa remera blanca que debe usar de uniforme, la cual ya está prácticamente agujereada. Sus jeans están rotos y manchados. Sus medias, húmedas. Su cabeza transpirada, bajo ese casco naranja.
Y así es como consigue sus primeros ataques de alergia del año.
Noches completas estornudando mientras la niña duerme plácidamente. Y luego llegan las seis de la mañana, y el cuento se repite.
Al menos hasta ese día. Martes.
Abre la puerta una maestra, le dice que debe pasar para firmar unos papeles para una salida a un picnic. Lanza improperios para sus adentros porque llegará tarde al trabajo, pero lo hace de todas maneras. Y cuando deja a la niña sobre el piso, se sorprende porque sale corriendo contenta hacia la "salita verde".
La ve desde la ventana muy contenta jugar con los toc-toc, mientras el profesor toca la guitarra. No distingue qué canción es, pero todos los niños se la saben. Él, con una sonrisa rasguea sobre la guitarra, señalando cada tanto a cada niño para que toque el instrumento que tiene en su mano.
Van desde bombos, toc-toc, triángulos, xilófonos, hasta alguna que otra flauta. El aula es un revuelo de sonidos sinsentido, pero aun así, todos están contentos. Ninguno llora. Ni siquiera Morgan.
