VII: Cristal

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Edward pateó la mesa.

— ¡Maldito sea este puto mundo! —Exclamó— ¡McLaren es un monstruo!

— Espera... ¿conoces a McLaren? —Le pregunté extrañada.

No había llegado a nombrar al científico detrás de los experimentos.

Horas después de que aquellos extraños me recogieran en medio de la carretera y hablaran un poco de cada uno, llegamos al abandonado Puerto de Montreal donde nos recibió el amanecer. Edward aseguró que por su lejanía a la ciudad y su descomunal extensión era un punto ciego en la red de los Superiores.

El puerto brillaba por su destrucción y soledad, un único buque portacontenedores semihundido reinaba en la zona marítima, que no podía tener agua más sucia. Aparcamos a Willys junto al muelle y buscamos techo en una edificación cercana, antigua oficina de las seguridades portuarias.

Sorty se hizo un obillo sobre un panel de control y comenzó a morderse las uñas. Edward se recostó a una mesa de espalda a un descolorido mapa marítimo que colgaba en la pared; Lily se mantuvo a su lado. Vipe se arrodilló junto un montón de archivos esparcidos por el suelo y yo me senté en una silla cercana a la radio. Ya con todos acomodados llovieron las preguntas que se contuvieron a hacerme durante el viaje.

"¿Eres de la Macro-Ciudad?", "¿Cómo provocaste el apagón?", "¿Qué clase de tecnología te conforma?".

Creí innecesario esconder o mentir las respuestas, así que fui sincera y confesé mi pasado como esclava de un mercenario. Me remonté al asalto, al accidente que le precedió, a cómo había despertado del otro lado del muro y a los experimentos a los que fui sometida. El rostro de Edward se ensombrecía con cada palabra hasta que no pudo contenerse y explotó.

— Lo conozco mejor de lo que me gustaría —Admitió—. Mi nieta trabaja con él.

El asombro fue general. Solo Sorty, que consideraba sus uñas más interesantes, no abrió los ojos como platos.

— ¡Vaya! —Se sorprendió Vipe soltando los archivos que había agarrado—. Parece que el Viejo Ed también tiene una historia que contar.

— ¿Tu nieta es uno de ellos? —Me espanté.

— Ni se te ocurra compararla con esa plaga de demonios —Se defendió Edward—. Madison es diferente.

— Ya —Me limité a decir.

Edward no se tomó mi corta respuesta muy bien.

— No lo entiendes.

— ¡Explícanos! —Pidió Vipe—. Hasta hace unas segundos éramos un grupo de vagabundos sin rumbo, ni futuro seguro, mucho menos con hogar y familia. Ahora resulta que tienes una nieta, ¡y en la Macro-Ciudad!

— No les debo explicaciones.

— Y yo que pensaba que todos odiábamos al SISTEMA por igual —Murmuró Vipe.

Hacía muchísimo tiempo que los Superiores se habían ganado el desprecio del SUB-Pueblo. El abandono, la corrupción y las leyes sofocantes se encargaron de ello. Aquel que tuviera alguna conexión con los Superiores, el SISTEMA o la Macro-Ciudad, también era tachado de despreciable, como estábamos haciendo con Ed.

— Créeme, orejas perforadas, es la única cosa que tenemos en común. Nadie, en lo que queda de mundo, los odia más que yo.

La rabia contenida en su voz, la vena saltona en su frente enrojecida y los puños cerrados inconscientemente, me llevaron a creer en sus palabras. Es más, me hizo pensar que ambos compartíamos un odio personal hacia los Superiores.

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