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Tres pequeñas criaturas.

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Dieciséis

En la intimidad de mi habitación, luego de quitarme la ropa y ponerme algo más cómodo, dediqué un tiempo a arreglar un círculo de estudio en el piso. Rodeada de mis libros, estantes y pergaminos, abrí la primera carta que, por el sello, se identificaba como la de Galilea. Supe, por las primeras palabras, que no había prestado atención al mensaje que le había enviado días atrás. De haberme tomado enserio, su tema inicial sería otro.

"Joven Cala...

Las hojas de todos los árboles se han caído por completo y los días se han vuelto más cortos, está de más anunciar que el invierno ha llegado.

Ya pasaron tres lunas desde que el aquelarre se unió, y aunque para muchas no es cómodo venir luego de tan poco tiempo, considero que es pertinente debido a la llegada de Dalia. Muchas han enviado su inconformidad debido a que poco sabemos de su origen y la quieren fuera.

A mí, por otro lado, me preocupan sus avances. Faustina afirma que tiene más potencial del que aparenta y aunque no estoy del todo a favor, me gustaría que sea juzgada por ojos verdaderamente expertos.

Nos veremos entonces, muchacha, en la próxima Gibosa Creciente. Está acordado.

Trae a tu aprendiza, me temo que tendré que revisarla yo misma si es que afirmas que algo anda mal en ella. Nuestras conclusiones siempre son las mismas, pero recientemente he encontrado un método cutáneo que podría ayudarnos a saber más acerca de su maldición.

Sin más que agregar, envío mis saludos.

Tu Maestra, Galilea."

 No me agrada lo que pone, Ama.

—A mí tampoco, Lulú; Ciertamente los métodos de Galilea son... cuestionables. —Guardé la carta—. Pero yo pedí ayuda teórica; no quiero exponer a Dulce en este momento y no me apetecer que le hagan nada en la piel si no es algo certero.

¿Irá a la reunión?

—Es más probable que no, teniendo en cuenta todo el trabajo que tengo. Y sé que ellas pueden con Dalia. Esa muchacha no terminó por agradarme. Hay algo en ella que no concuerda con la imagen que emana. No logro identificar qué.

Es un poco arrogante, eso es.

—Supongo que sí.

Aún sentada, hice un círculo en el aire con un dedo y varios libros que estaban alrededor mío se abrieron en un unísono movimiento. Lulú me facilitó el frasco con el agua mezclada y la incliné para que se vaciara. Antes de caer al suelo, el agua rebotó en el aire y se disipó en varias y pequeñas gotas marrones y traslúcidas. Con dos dedos, moví las gotas para que cada una quedara sobre los libros. El sobrante volvió al frasco y Lulú lo regresó en su lugar en el escritorio.

Faltó que leyera esta carta, Ama.

Picoteó el sobre amarillento que dejé en la mesa.

—Es de Faustina, Lulú, sabemos cómo es ella: no puede ser importante.

Las gotas cayeron en los libros a mi orden. Todos ellos se abrieron y revolotearon las páginas de derecha a izquierda y viceversa, tratando de darme los resultados más cercanos a mi petición. Las páginas pasaban y los animales distaban del anterior sin darme pistas. Los híbridos fueron una opción que estuve considerando gran parte de la noche, por lo que combiné los libros que yacían en el suelo por otros que terminaron levitando alrededor mío, uno a lado del otro. Poco después, mis pergaminos se encontraban abriendo y cerrando cada dos por tres y casi podía verlos agacharse cada vez que soltaba un gruñido desesperado el no encontrar nada en ellos.

Dulce BrujaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora