Harry probablemente era el hombre perfecto para Ginebra y, al igual que todas, suspiraba entre los pasillos y salón de clases por él. Pero tenía tres grandes problemas para poder conquistarlo. Uno, era su profesor; Dos, era el mejor amigo de su herm...
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Ginebra.
Al día siguiente, después de llegar a casa y acostarnos inmediatamente en nuestras camas, desperté con una sonrisa tonta en mi cara, recordando cada flirteo que había hecho con Harry en aquella discoteca. Quizá, ese día sábado, también podría avanzar un poco más antes de marcharme a casa. Sabía que también podría ser incómodo, porque digamos, Gus se incomodaba la mayor parte del tiempo cuando fingía coquetear con él.
¡Pero no me rendiría!
Harry caería ante mí, costase lo que me costase, él lo haría. Además, ya había dado un gran paso esa noche, no podía echarme hacia atrás después de hacer casi el ridículo.
Estiré mis brazos y piernas, como si de un gatito se tratara para desperezar el cuerpo. Solté un gran suspiro y volví a sonreír. Extendí mi mano sobre la mesa de luz, sujetando mi móvil y viendo lo raspado que se encontraba.
Mierda, había creído que tan solo era un pequeño raspón.
Hice una mueca.
—Mujer ¿estás despierta? —oí la voz de mi hermano del otro lado de la puerta—. Necesito que levantes tu trasero y vayas a la tienda por mí —dijo dando unos leves golpes a la madera.
Bufé en voz baja.
—¿Por qué no vas tú? —gruñí.
—Porque necesito ir a buscar mi auto al mecánico. Si no quieres ir, está bien. Le diré a Harry que vaya solo a la tienda entonces —me dijo, logrando que me levantara de golpe y abriera la puerta para verlo. Él frunció su ceño—. ¿Qué fue eso?
—Solo dile que me espere, voy a darme una ducha —sonreí, cerrando la puerta de nuevo.
De ningún modo perdería esa valiosa oportunidad. Al parecer, el universo estaba a mi favor ahora. Solo esperaba que no se volteara y me dejara como una estúpida, como siempre.
Al darme la ducha y, arreglarme lo mejor que pude con lo tenía en mi bolso, bajé las escaleras con algo de ansiedad, llegando hasta donde Harry se encontraba sentado, con su laptop sobre su regazo mientras jugueteaba con uno de los anillos que llevaba en su mano. Tenía su entrecejo fruncido, como si estuviera lo bastante concentrado leyendo en la pantalla y, cuando me acerqué, noté que estaba en aquella plataforma de la universidad, revisando nuestros textos narrativos.
¿Era hora de morir?
—¡Estoy lista! —chillé, sobresaltándolo.
Harry alzó su mirada verdosa para mirarme desde donde se encontraba.
—No has demorado —me dijo, cerrando la pantalla de su laptop—. Vamos, necesito terminar con esos trabajos —bufó en voz baja.
Lo miré, tratando de analizar su comportamiento. Y, al parecer, él aún no leía mi texto. Suspiré aliviada y lo seguí hasta la entrada, en donde tomó las llaves de su vehículo para luego abrir la puerta. Cuando ambos nos encontramos dentro del carro, colocó la radio y subió el volumen. Retrocedió con cuidado y comenzó a conducir.