Harry probablemente era el hombre perfecto para Ginebra y, al igual que todas, suspiraba entre los pasillos y salón de clases por él. Pero tenía tres grandes problemas para poder conquistarlo. Uno, era su profesor; Dos, era el mejor amigo de su herm...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Harry.
—No entiendo. Dijiste que no ibas a venir —frunció el entrecejo su madre, acusándola con su dedo de manera incrédula—. Ahora te veo aquí, con Harry. ¿Qué no me estás diciendo señorita? —interrogó con sus ojos entrecerrados.
Ginebra estaba como piedra a mi lado, sin saber qué decir. Pasé mi brazo por sus hombros, la moví un poco y apreté levemente su brazo para que despabilara un poco. Su madre esta vez nos observó como si hubiera visto un fantasma, sin creer que estaba abrazando a su hija de ese modo. Pronto, movió su cabeza y sonrió cuando dio unos pasos hasta nosotros, expectante.
—¿Están juntos? —murmuró muy bajo solo para nosotros—. ¿Son novios o algo así?
—¡Mamá! Basta —pidió Ginebra—. No somos novios... —gruñó para que solo ella escuchara.
—¿Ah, no? —pregunté.
Ambas voltearon sus cabezas hacia mí, sorprendidas.
—Creo que la cena ya está lista. No deberíamos hacer esperar a todos —solté con presura, dejando en suspenso lo que había dicho con anterioridad—. Vamos, vamos —incentivé para que caminaran hasta el comedor, en donde una gran mesa llena de comida nos esperaba.
Mamá se había esmerado esta vez en preparar una gran cena, como si fuera navidad o año nuevo. Y, no era de esperar, después de todo... había estado deseando hace mucho tiempo que Gemma tuviera un novio al que presentarnos.
Sentí como una mano en mi antebrazo me detenía antes de siquiera llegar.
La miré curioso.
—Harry...
—¿Mhm?
—No actúes como si no supieras —soltó molesta—. ¿Por qué le has dicho eso? —interrogó.
—No he dicho nada Ginebra.
—Le diste a entender que éramos novios.
—¿No lo somos?
Entreabrió sus labios sin saber qué decir.
Estaba nerviosa y sonrojada.
Solté una risa cuando no dijo nada, así que sin esperar mucho, volví a caminar hasta la mesa para arrastrar una silla hacia atrás, esperando que Ginebra se sentara a mi lado. Cuando lo hizo, le sonreí mientras posaba mi mano en su muslo apretándolo con confianza para calmarla.
—No diré nada. Tranquila...
—Me pones nerviosa —susurró.
Enarqué una ceja.
—¿Desde cuándo?
—Desde ahora —bufó—. No sueles comportarte así —repitió como lo había hecho hacia un rato atrás fuera de la casa.