Harry probablemente era el hombre perfecto para Ginebra y, al igual que todas, suspiraba entre los pasillos y salón de clases por él. Pero tenía tres grandes problemas para poder conquistarlo. Uno, era su profesor; Dos, era el mejor amigo de su herm...
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Harry.
—Deja de hacer eso —pedí con poca paciencia mientras trataba de concentrarme en mi laptop.
—¿Hacer qué?
Giré un poco mi cabeza para verla recostada de lado, viéndose más inocente de lo que parecía ser. Y, es que Ginebra solo fingía ser inocente cuando se traía algo entre manos.
—De mirarme de ese modo.
—¿De qué modo? —ríe cuando apoya su mano en su mejilla para continuar observándome—. Solo estoy viendo lo que haces con concentración. ¿Sabes que se te hace una arruga entre tus cejas?
Ella acercó su mano a mi frente, masajeando con su dedos para luego volver a sonreír.
—Relájate.
Hice mi cabeza hacia atrás para que no me tocara.
—Debo terminar de preparar mi clase para mañana. Es lunes, por si no lo recuerdas —le digo mientras vuelvo a leer lo que tengo en la pantalla—. ¿No deberías estar estudiando?
Noté como entornaba sus ojos para luego recostarse boca arriba en la cama, mirando el techo a la vez que apoyaba sus manos en su abdomen.
—Eres demasiado gruñón y mandón.
No la tomé en cuenta. Sin embargo, aquello solo hizo que Ginebra comenzará a tararear una canción poco conocida para mí, logrando que una vez mi concentración se fuera y me irritara.
Dejé el laptop a un lado de la cama, apoyándolo en la mesa de luz para luego voltear a verla con mi ceño fruncido.
—¿Qué quieres? —pregunté.
Ginebra me miró de reojo. Encogió sus hombros y solo se mantuvo así, logrando que perdiera mi completa paciencia para abordarla sobre la cama, quedando sentado sobre sus muslos a la vez que apoyaba ambas manos a sus costados de la cabeza.
—Deja de hacerlo.
Me miró sin entender.
—De provocarme.
—¿Disculpa? —rió.
Corté la distancia para tocar nuestras narices.
—Deja-de-pro-vo-car-me.
La besé. Porque sí, porque necesitaba volver a sentir el sabor de sus labios mientras tocaba su cuello con mi mano, como si nuevamente fuera mi presa; La estaba atacando de nuevo.
Gimió cuando estiré su labio inferior con mis dientes, mordisqueando con seducción lo que me encantaba hacerle mientras la escuchaba jadear.
—No soy la única —dijo cuando logré separarme de ella por una corta distancia.
No comprendí hasta que volvió hablar.
—También caes —dice cuando toca mi cabello con delicadeza—. Dices que no te gusto, pero al final terminas demostrando lo contrario.