Creer en la delgada línea que separa el mundo humano del incorpóreo resultaba algo imposible para Mila Crain, y aún más llegar a pensar que ese nombre y ese cuerpo pudieran en algún momento no pertenecerle.
Luego de una serie de sucesos fuera de cu...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
No pasan un par de segundos antes de que sienta que el pulso y la respiración se me cortan por completo. Escucho de nuevo aquel pitido en mi cabeza, un insonoro que no me deja tranquila y siento una delgada ráfaga de aire caliente cerca de la piel erizada de mi cuello.
Hay algo detrás de mí.
Por instinto me giro lentamente porque de alguna forma u otra tengo que enfrentar lo que sea que esté ahí, pero para mi sorpresa, me congelo al conseguir nada, literalmente, nada. La vela sigue iluminando las mesas y parte del pasillo del local, pero no hay nada, no hay lo que creía, supuse que un fantasma.
Me estoy volviendo loca.
Suspiro suavemente para volver a encontrar mi respiración, intento relajarme, intento de nuevo sacar ese miedo dentro de mí, pero no puedo. Escuché mi nombre, eso no fue el viento, no fue mi consciencia, alguien me habló. Me giro de nuevo para tomar dirección al sofá, pero doy un brinco y caigo sentada al suelo por el susto.
Ojos celestes, casi emblanquecidos se hacen visibles en la oscuridad me observan con fijeza y un fuerte escalofrío recorre mi cuerpo tendido en el suelo; Estoy apoyada de mis codos mirando lo que sea que hay en frente de mí.
El aire se atasca en mis pulmones y un grito se construye en mi garganta. Detrás de esa cosa hay una silueta más oscura que la mismísima noche, incluso más alta y ancha que aquel cuerpo, tiene la mirada fija y los labios firmes mientras me fulmina, algo buscaba, probablemente mi pulso, es lo único que yo siento que falta. Era él, era la sombra, era el hombre de mi sueño en carne y hueso.
Está aquí, en frente de mí. Joder.
Se veía diferente, más joven que el que parecía ser mi prometido en aquella paranoia. Tenía el cabello más largo, mechones oscuros caían sobre su frente, su piel tenía un poco más de color y llevaba un tatuaje poco visible cerca del cuello, solo que no era de tinta, era piel quemada y mal recuperada. Vestía con una chaqueta de cuero negra y una franela blanca bajo esta, jeans rotos y unas botas de excursión tan desgastadas como para deshacerse en cualquier instante.
Imposiblemente atractivo. Lucía salvaje, cruel y aterrador, pero a la vez tranquilo y sereno, como un depredador a punto de hacer lo que quisiese con su presa; Y en ese momento logré recordar a duras penas que la presa en esta ocasión soy yo.
¿Así lucían los fantasmas?
—No te voy a hacer daño, Mila. —Dice finalmente con una voz ronca. Solo me quedo como una estúpida repitiendo sus palabras en mi mente. —Levántate. —Ordena estirando su mano para ayudarme a levantar.
No la tomo, solo se me ocurre arrastrarme de espaldas en el suelo hasta poder alcanzar algo que me ayude a levantarme por mi cuenta, pero es en vano, ni siquiera apoyándome de la mesa soy capaz de mantener mi equilibrio. Mi corazón va a mil por hora y temo por mi pobre sistema cardiovascular, el cual, está a punto de volverse mierda.