𝓜𝓲𝓬𝓪𝓮𝓵𝓪
Leí múltiples veces el documento escrito en el archivo. La última modificación fue hace cuatro días. Cuatro días en los que no he podido avanzar en lo absoluto. Mi sueño de pequeña siempre fue ser veterinaria por mi amor a los animales y porque nunca he tenido una mascota. Después de descubrir la biología en la escuela me di cuenta de que definitivamente no era lo mío y que tendría que ver animales sufrir. No gracias. Al final, terminé estudiando algo que jamás pensé que me terminara gustando, pero lo fue. Relacionado con el crimen, y en mi penúltimo año de carrera. Además de eso, me gustaría escribir un libro y que tenga éxito; ese sería mi trabajo soñado aparte de visitar Genovia, obvio. Pero eso nadie lo sabe. Resulta que escribir un libro es mucho más complicado de lo que pensé. Sí, lo hacen ver muy fácil en las series o películas. Es todo lo contrario: plantear la historia (y saber si eso es lo que de verdad quieres escribir y saber continuarla), desarrollo de personajes, utilizar una buena narrativa, la ortografía y por último, lograr publicarla. Como si pudiera lograr eso, apenas tengo escrito tres capítulos y me quedé sin ideas de como seguirla.
— Renuncio —cerré de golpe la pantalla del computador y revolví mi cabello—, me hago bolas.
— Lo que leí estaba bien, interesante. ¿Qué pasó?
Jennie vino de visita con la excusa de que no hay agua en su casa, pero esa historia no me la creo. Vive en el centro de la ciudad, no en el interior del país. La misma bomba de agua nos abastece y yo tengo. No quiere admitir que está aburrida y extraña las clases. Nadie las extraña siguiendo ese camino, al principio la emoción; a medida que vas creciendo, sientes que no tienes tiempo para nada. Luego viene el trabajo, la depresión, ansiedad, los hijos y comprar regalos de navidad para toda la familia y los cumpleaños; peor aun cuando la familia es abundante.
— Tengo el bloqueo del escritor.
— Ay, niña. ¿En qué capítulo te quedaste? —enseñé el número cinco con la mano. No me quiero dar por vencida ya que ni siquiera lo intenté... Como en todo lo demás que empiezo y nunca termino.
Triste pero cierto.
Se levantó del sillón para darme un pequeño abrazo por atrás. Sus ojos son rasgados pequeños con unos labios pomposos y piel extremadamente blanca. Nació en Corea del Sur, sin embargo su familia decidió mudarse cuando tenía ocho años. Es realmente mucho más alta que yo, midiendo un metro con sesenta y ocho y yo, un respetado metro con sesenta. En ocasiones, suele darme clases sobre el idioma. Ya sé leer el abecedario lo que considero un gran avance.
— ¿Tu mamá no se enteró de lo de Ethan? ¿Que durmió aquí?
— ¿Qué tiene de malo? —me encogí de hombros dejando el computador en el cuarto de atrás dentro de su maletín—. Fueron muchos compañeros hombres, uno más no haría la diferencia.
— ¿Has sabido algo de él?
Ya pasaron cinco días desde ese momento y no. Nada. Él tiene su vida y yo la mía, nuestros caminos se cruzaron solo por eso. ¿Pudo haber sido el destino? Sí, encontrarnos después de años fue extraño, no obstante fue algo que podía suceder. Es un país pequeño. Fingir una miopía severa no siempre iba a funcionar como lo hace con los compañeros de la escuela, aunque estoy segura de que la mayoría actúa de la misma forma.
— No. Me preocupa un poco, de hecho.
— ¿Por? —extendí los brazos estirándome. Dentro de poco debo ir a trabajar
— Es complicado, se veía como acabado.
— ¿Como un pedazo de popó?
— Exacto.
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La chica de las estrellas
Teen Fiction*AVISO: Esta novela se encuentra finalizada, más no corregida.* A la luz de la luna todo puede ocurrir. Un saludo, un abrazo, un beso, una declaración, una correspondencia, un rompimiento y un reencuentro. Este fue el caso para Ethan Edwards y Micae...
