24. Vendajes

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"De nuestras vulnerabilidades, vienen nuestras fortalezas."

-Sigmund Freud


𝓜𝓲𝓬𝓪𝓮𝓵𝓪

Aquí estoy por fin, frente a la puerta que me separa de enfrentarme a mis mayores miedos. Jamás creí que podría hacerlo, mi futuro no se veía así. Durante mi época escolar me obligaron a un par de sesiones con la psicóloga a los meses después del fallecimiento de papá. Pensaron que podría cometer una locura, pero estaban terriblemente equivocados. No lo haría frente a Leo, debía protegerlo hasta no poder más y creo que hice un buen trabajo. Las marcas en mis brazos son el reflejo de que él no tuvo la necesidad de herirse.

— Micaela, puedes entrar. Te está esperando.

Seguía de pie mirando a la puerta de madera con la inscripción en una tablita de metal dorado: Licda. Sofía García y abajo, con una letra más pequeña abajo: Psicología.
La secretaria del consultorio fue quién llamó mi atención por todavía no entrar. Cobran una hora y media, si cagara plata definitivamente no tendría un debate en mi cabeza sobre si marcharme o entrar y dejar de ser una maldita cobarde. Respiré hondo y apreté los puños para luego abrir la mano, fue un proceso que repetí tres veces. No me inmuté en tocar porque sé que ya me estaba esperando, abrí un poco la puerta y vi parte de su escritorio completamente arreglado.

— Adelante, por favor.

Apreté los labios y abrí por completo. Una mujer bastante joven de piel olivácea y rizado cabello. ¿Y así quieren que me concentre?
Sonrió al verme. Me di la vuelta para cerrar la puerta lentamente. Estoy nerviosa, mucho, incluso mis nudillos están pálidos por el agarre al pomo.

— Micaela, ¿cierto? —asentí— Toma asiento, por favor.

Me senté en una de las sillas frente a su escritorio. Mis manos temblaban y traté de que no se movieran tanto. Eché un vistazo rápido a la oficina, todo ordenado y con colores neutrales, pero no apagados; daban ese toque de tranquilidad y serenidad. Sus diplomas colocados en una pared también había un mueble detrás de su escritorio lleno de libros. Otra placa en el escritorio.

— Bien, antes de comenzar, me presento —comencé a morder el interior de mi mejilla. Pronto sangrará—. Me llamo Sofía García, soy licenciada en psicología con maestría en psicología clínica, puedes llamarme como gustes; claro que respetando la ética y moral. ¿Cómo te gustaría que me dirigiese a ti?

Jugué con los anillos en mis dedos.

— Micaela está bien.

— Perfecto. Durante este proceso quiero que ambas desarrollemos un lazo de confianza fuerte para que no tengas miedo a expresarte. No me veas como una persona adulta ni mucho menos como una enemiga, sino como un... —se quedó callada y me atreví a mirarla. Arrugó un poco la nariz buscando la definición perfecta—. Paraguas, sí, un paraguas.

«Paraguas...»
El mismo término que me dijo Ethan hace tan solo tres días.

— ¿Cómo dijo?

— Un paraguas —repitió—. Los paraguas nos protegen desde arriba de diversos fenómenos. Creo que es la definición más apropiada. Un escudo solo te puede proteger una cierta parte del cuerpo, sin embargo un paraguas abarca todo nuestro ser ¿no te parece?

— Sí, eso creo.

— ¿Te gustaría explicarme el motivo de tu visita?

Apenas pude mirarla directamente a los ojos, supe que ella me entendería, que podía descubrir el porqué de mis sentimientos, de mis emociones, de mis enojos y de mis problemas. La raíz sigo siendo yo, pero quizá pueda cortarla un poco.
Las palabras se quedaron atoradas, ¿qué puedo decirle? Hay tantas cosas que me he guardado por temor a que se pudieran usar en mi contra para destruirme por completo; a pesar de ya estar completamente vacía.

La chica de las estrellasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora