10. El contrato

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𝓜𝓲𝓬𝓪𝓮𝓵𝓪

— No tenías que traerme, podía tomar el bus.

— Limosnera y con garrote.

Me quité el cinturón de seguridad y colgué la mochila sobre mi hombro. Leo insistió en traerme a la universidad después de haber dejado a mamá en su trabajo. Es imposible no sentirme un poco triste al saber que está aquí y tengo el tiempo reducido para pasar con él.

— Admite que solo buscabas una excusa para ver a mi amiga.

— Claro que no —antes de bajar, me acerqué a él y olfateé.

— ¿Te echaste toda la botella de perfume macho men que encontraste?

Sus mejillas se tornaron de un rojo carmesí. Eso respondió mis dudas. Estuvo conmigo todo el fin de semana, fuimos a comer y tuvimos una noche de películas. Roja llegó a la hora y el día estimado de siempre para la rutina de ejercicios y Leo se encontraba ahí. Ella ni le prestó demasiada bola solo el típico saludo que por fin lo conocía, pero él quedó cautivado con la belleza de sus ojos rasgados y su largo y bien cuidado cabello rojo. Lo bueno de todo esto es que conseguí algo nuevo con qué molestarlo.

— Nos vemos.

— Si ves a Ethan lo saludas de mi parte.

— Ujum.

Cerré la puerta. Me contó que se encontraron en la entrada del supermercado y decidieron ir a un café. Estuve feliz hasta que olvidó por completo comprar los víveres y me tocó salir de casa un domingo.

Valeria me esperaba en la entrada. Saludó con la mano al verme.

— Hey.

— Hola, ¿viste Twitter? —negué y me mostró la pantalla de su celular. Es lo que se le conoce como "hilos".

— ¿Qué? ¿El novio confesó? —asintió.

Vale y yo estuvimos siguiendo el caso de una mujer en los tempranos veinte años que su cuerpo fue encontrado dentro de un congelador en su propia casa, claramente desmembrado. Su novio no aparecía por ningún lado y en las cámaras de seguridad del vecindario se mostró que él fue la última persona en verla con vida.

— Te lo dije, era obvio.

— ¿Sabes lo peor de todo? —entramos a la universidad y subimos las escaleras— Que el idiota alegó que fue en defensa propia.

— Oh sí. Me estaba golpeando, la maté de quince puñaladas y luego la corté en pedacitos porque seguía viva. Nadie se comerá ese mojón.

Abrí la puerta del baño. Mientras la morena se encerró en uno de los cubículos, aproveché para colocarme mi abrigo de jean y peinar un poco mi cabello que sigue levemente mojado. Esa es una de las ventajas de tenerlo corto, es relativamente más fácil de cuidarlo y sencillo de lavar.

— ¡Agh! ¿Por qué nací con una vulva y no un pene?

— ¿Ya te bajó o son cólicos?

— Las dos, juro que no seré madre y si lo seré, no saldrá de allá abajo —reí. Salió y lavó sus manos inmediatamente—. Piénsalo Ela, para el parto normal se necesitan diez centímetros de dilatación o a veces más y yo me muero con dos centímetros en los cólicos.

— Sí, es doloroso. Pero espera, si a ti ya te bajó significa que la mía está por venir. Siempre nos viene juntas.

— Prepara esa cuca.

Chasqueé la lengua y salimos. Dentro del salón, Alina y Jennie ya se encontraban ahí guardando un puesto para ambas. Saludamos cortésmente a la profesora de psiquiatría forense y apenas el reloj marca las ocho, la clase inició.
Como siempre, me cuesta concentrarme un poco, seguirle el ritmo a la clase con tantos trastornos y enfermedades que no entendí ninguna de las instrucciones de la tarea para la próxima clase. ¿Sería más sencillo si fuera virtual y las clases fueran grabadas para así repetirlas? No lo creo, prestaría menos atención.

La chica de las estrellasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora